Teotihuacán y Guadalupe, casi nada.

El día empezaba bien. Teníamos excursión prevista. Santana sonaba en El Cielito. Habíamos pillado una excursión organizada y fuimos a esperar al minibus al hotel Ganges. Los domingos, se cierra parte del paseo de La Reforma para que la gente ande en bici.

La primera fue una breve parada en la Plaza de las Tres Culturas, escenario de múltiples hitos de la historia de lo que hoy es México. Desde las ruinas del mercado de los tlatelolcas, hasta una de las primeras construcciones religiosas españolas o construcciones del México contemporáneo de estilo modernista. Agustín, nuestro guía, nos comentó brevemente sobre el lugar. No tuvimos tiempo de verlo con más detalle.

Salimos por la ruta 850 en dirección norte. Pasamos al Estado de México. El más densamente poblado del país y de enormes contrastes, que se ven desde la carretera. En poco más de dos horas llegaríamos a la puerta 6 del acceso a la antigua ciudad de Teotihuacán.

Una pausa para la publicidad

Pero antes, como íbamos con la excursión organizada, paramos en una finca en San Martín de las Pirámides, a que nos intentaran vender un poco de todo. 🙂 La verdad es que estuvo interesante. Lo malo es que nos quedó menos tiempo para ver las piramides.

Nos estuvieron contando sobre el ágave. No sólo se saca tequila, oye. Se usaba como papel, como tejido textil (llamado isti) y por supuesto para obtener bebida. Cuando la planta tiene 8 años se corta y se raspa y en el interior se queda el agua, a la que llaman aguamiel. Se sacaba con una calabaza soplando y se dejaba fermentar 24 horas. Ya tenemos pulque. Para el tequila y mezcal, sin embargo se cuecen las piñas. Al día siguiente, la planta había segregado de nuevo y se repetía la operación.

Un paseo adicional para ver cómo se trabajaba – y trabaja – el jade y la obsidiana (mucho más valiosos que el oro para los aztecas, como se sabe) y ya nos enfilamos hacia las piramides.

Teotihuacán, donde los hombres se convierten en dioses

Cuando los nahuas (aztecas según la historiografía tradicional española) llegaron en torno al 1300 al sitio que ellos bautizaron como “lugar donde los hombres se convierten en dioses” ya hacía unos 1000 que la ciudad estaba abandonada. El nombre que le pusieron sugiere la sensación que experimentaron. Que es parecida a la que puede experimentar el viajero o turista moderno. Y eso que en nuestro caso había tanta gente que teníamos que hacer cola en una mastaba para subir a la siguiente. En lo alto de la pirámide, mucha gente intenta llenarse con la energía positiva del sol.

Veríamos la semana siguiente que gran parte de la ornamentación de la pirámide del sol, la de la luna y de la ciudadela, se encuentra en el museo antropológico de la CDMX, aún así el paseo por el camino de los muertos entre ellas, es una experiencia muy interesante. Un sitio al que posiblemente merezca la pena intentar volver en un momento de menor gente. Fuimos a comer en plan buffet a El Jaguar y ya de ahí de vuelta a la ciudad.

La Guadalupana

Yo me eché una siesta la mar de maja en el minibús. Así que cuando me desperté estábamos ya en la entrada de la Insigne y Nacional Basílica de Santa María de Guadalupe, que es el segundo recinto religioso católico más visitado del mundo. Está formada por dos edificios, ya que en el terremoto del 85 se vio dañada la que poco después pasó a ser la antigua. Es impresionante cuando entras en ella como se siente la cuesta arriba en un suelo que debería ser plano.

Nosotros entramos primero en el nuevo, hay misas cada hora, así que había una en marcha. Es curioso que cuando entras una pasarela mecánica no te deja detenerte frente al cuadro que ilustra la aparición de la Virgen a Juan Diego. Quedaban cinco días para la llegada del Papa, así que el recinto se estaba poniendo de gala.

Tuvimos suerte y el minibús nos dejó a los primeros en casa. Estuvimos un rato escribiendo y pasando la tarde. Por la noche, fuimos con Sandra a disfrutar de un  calpis y a cenar al Daikoku. Un pedazo de finde terminaba.

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