Penúltimo día de nuestro viaje en Reino Unido. Día de Todos los Santos. Cambridge. Al organizar el viaje habíamos previsto dormir el último día en Cambridge, que está cerca de Stansted. La idea era meter Oxford en el plan, el viernes anterior – para visitar las «dos universidades» -. Pero las combinaciones de tren no acompañaban: dos horas ida, dos vuelta, y vuelta a dormir a Tottenham. Lo descartamos y pasamos el día anterior, Halloween, en Londres.
Hoy sí, hoy Cambridge. Es una ciudad que siempre había formado parte de mi imaginario. Mi madre vivió aquí un verano de finales de los 70 y siempre nos había hablado encantada de esta ciudad. Muchos años después yo me leí la biografía de Stephen Hawking: Quest for a Theory of Everything, que cuenta la vida en la ciudad. Así, que sí, tenía ganas de venir.
Recogiendo la casa de Tottenham y tren a Cambridge
Mañana de recoger la casa con cariño. Doblamos toallas, vaciamos la nevera, dejamos en la cocina las flores de regalo que nos habían dado en Amazon Fresh dos días atrás y un mensajito de agradecimiento para Abbie.
Mientras esperábamos el tren en la estación, dimos un paseo por la zona y entramos en una tienda gigantesca de ropa tipo outlet del barrio — esos espacios enormes que en Reino Unido recuerdan más a sitios de Estados Unidos —. Después a Tottenham Hale Station a coger el tren a Cambridge North.
Una hora larga de trayecto por el corredor del este de Inglaterra. Al llegar pasamos por delante del Cambridge Science Park con sus edificios de biotecnología — la AstraZeneca con su Discovery Centre nuevo —. La estación, llegada en Cambridge North, me recordó un poco a la de Pisa: un tamaño medio, sin pretensiones, en las afueras, que teníamos bastante reciente.
Llegada al Cambridge Central Rooms y un enfado breve
Andando hacia el centro hasta el Cambridge Central Rooms (Tas Accommodations). Era pronto y la habitación todavía no estaba lista. La solución nos la dieron por teléfono: «dejad las maletas en el bed and breakfast de en frente, que también es nuestro».
Salida a pasear. No recuerdo el motivo, pero nos enfadamos por alguna chorrada, poco a poco se nos pasaría. Teníamos que ir al baño, así que aprovechamos para visitar el University Arms Hotel frente al parque Parker’s Piece, que nos llevaba hacia el centro. Fue un sitio muy bonito. El interior destaca por su diseño de estilo eduardiano renovado por el famoso interiorista Martin Brudnizki, caracterizado por sus paneles de madera en color «azul Cambridge» (que tira a verde salvia claro), los techos altos abovedados, el suelo de mármol con diseño geométrico y el llamativo diván central de cuero capitoné. Al fondo a través de las puertas acristaladas se accede a su conocido restaurante y bar, Parker’s Tavern.
Primer college, la Pillar of Poppies y la plaza del mercado con hambre
Caminando, llegamos a nuestro primer college del viaje — la universidad de Cambridge tiene 31 colleges autónomos federados, así que «entrar a un college» es un acto repetible un montón de veces —. Entramos a ver el patio. La capilla de Wren al fondo. Esa solemnidad de tres siglos en quince minutos.
Después pasamos por un centro comercial (el Grand Arcade) donde estaban recaudando para los veteranos: la Pillar of Poppies en el atrio central, esa columna entera cubierta de amapolas de papel, y la silueta del soldado del Lest We Forget. La iconografía del Remembrance que ya nos había acompañado todo el viaje.
Llegamos a la plaza del mercado con hambre. Mucha hambre. Ni siquiera nos acercamos a los puestos, porque queríamos buscar un restaurante. Pasamos primero por la calle del Cambridge Corn Exchange — la antigua bolsa del maíz, hoy sala de conciertos — porque tenían restaurante. Pero esa tarde tenían un problema de suministro y no podían dar de comer. Seguimos buscando.
Comida feliz en The Pint Shop (con scotch egg poco hecho)
Acabamos en The Pint Shop, en 10 Peas Hill. Y fue una «comida súper guay». Hablada muy bonita, comida rica, ambiente guay, mesa al lado de un grupo de profesores de la universidad… Julen dormido 🙂 Ambiente perfecto. Salimos súper felices. (En la web del sitio he encontrado una ilustración, que saltando la norma, he puesto como foto de portada de este post)
Pedimos fish & chips y un plato de estofado de de cuya identidad no me acuerdo bien. El único pero del menú fue un scotch egg que pedimos: el huevo rebozado de toda la vida (nuevo para nosotros) en una de sus formas y, al cortarlo, descubrimos que no estaba cocido del todo, con carne picada. Ni bueno ni malo ni todo lo contrario.
Vuelta al mercado, merienda en itsu y zona de juguetes
Salida del Pint Shop, paseo por la zona, vuelta a la plaza del mercado… pero tampoco nos pondríamos a verlos porque Julen se despertó y, vamos: no había comido. Solución a tiempo y a la vista: itsu — la cadena británica de comida japonesa-fusion — justo en una esquina del centro. Le pedimos una sopa, le dimos de comer ahí. Y «había cosas de niño, juguetes» en una mesa para los pequeños. Itsu como solución salvavidas para padres viajeros que descubrimos sobre la marcha.
Round Church, Magdalene Street y puntos de punting
Reanimados, seguimos el paseo. Pasamos por la Round Church normanda de hacia 1130, una de solo cuatro iglesias redondas medievales que sobreviven en Inglaterra —. Su pórtico normando, los muros circulares de piedra y pedernal, las tejas escalonadas.
Bajada por Magdalene Street hacia el río Cam. Y aquí, la postal de Cambridge en formato puro: la gente haciendo punting en las barcazas planas con pértiga — la actividad turística obligatoria por antonomasia, esa pértiga en vertical contra el agua —. Las hojas amarillas caídas, el reflejo del Magdalene College tudor al otro lado, las barcas vacías amarradas en cadena en el embarcadero de Scudamore’s. Mucha menos gente en noviembre que en verano, pero el punting funcionando.
All Saints Garden con joyas de ADN y el manzano de Newton
Subiendo al norte, pasamos por algunos colleges con la puerta cerrada al público — varios estaban en horario reducido del fin de semana — y aterrizamos en el All Saints Garden Art & Craft Market, un mercadillo de artesanía que se monta los fines de semana en el jardín delantero de la antigua iglesia de Todos los Santos (que justo era hoy). Vimos cosas curiosas — joyas con motivos de ADN en colgantes, esas que reproducen la doble hélice en plata, una solución estética muy fina —. (De hecho, el otro libro que había leído situado en Cambridge, este hacía un par de años, lo cogí de casa que me lo recomendó mi padre, fue el de «La doble hélice» de James Watson, quien junto a Francis Crick realizaron su histórico descubrimiento de la estructura de doble hélice del ADN en el Laboratorio Cavendish de la Universidad de Cambridge en 1953.
Y de ahí, Trinity College. La Great Gate con sus torreones gemelos almenados. Entramos. Y delante de la capilla, el manzano de Newton — descendiente directo del árbol original del jardín familiar de Newton en Woolsthorpe, replantado aquí en 1954, conmemorando que el científico estudió en Trinity y formuló desde Cambridge la teoría de la gravitación —. Bastante gente delante. Foto.
Cruzamos al Great Court y entramos a ver los jardines hasta donde nos dejaron pasar — los colleges tienen sus zonas restringidas a estudiantes y miembros, pero suelen dejar entrar al patio principal —. Trinity Hall al fondo, fuente central. Patios cuadrangulares de cuatro siglos.
Cambridge University Press: 5 siglos y mi madre hace 50 años
Salimos de Trinity y, dos pasos al sur, la Cambridge University Press Bookshop, en el nº 1 de Trinity Street. Cartel: «Books sold here since 1581». La librería en activo más antigua del mundo de habla inglesa. Cinco siglos vendiendo libros en el mismo número.
Y aquí, momento personal. Mi madre vivió un verano en Cambridge hace unos 50 años. Nos contó muchas veces historias de esa ciudad. Le encantó siempre. Y entrar a la misma librería donde casi seguro estuvo ella hace medio siglo, viendo las mismas vigas, las mismas estanterías y los mismos suelos de madera — la CUP es de las cosas que no cambia —, fue un detalle bonito. Pensar que tu madre pisó ese exacto suelo cuando todavía no eras ni una idea.
Corpus Clock, King’s Parade y la tienda retro
Vuelta hacia el sur por King’s Parade. Y, en la pared del Corpus Christi College, ahí estaba el Corpus Clock — el reloj dorado con un saltamontes mecánico encima, devorando el tiempo —. Bastante impresionante. Es obra de John C. Taylor (2008), inaugurado por Stephen Hawking. El saltamontes se llama Chronophage (el «devorador del tiempo»). De las pequeñas obras de arte público que Cambridge esconde.
Por la calle, músicos tocando, esa banda sonora de centro universitario inglés. Pasamos por delante de la King’s College Chapel con su fachada lateral perpendicular gótica, esos pináculos contra el cielo morado de la tarde.
Y ya de vuelta para recoger las maletas y llevarlas a nuestro B&B, casi en la puerta del Cambridge Central Rooms, descubrimos algo que no entraba en ningún plan: una tienda retro de juegos y juguetes prácticamente al lado del alojamiento. El señor estaba a punto de cerrar, pero pasamos un buen rato dentro mirando. Y, fiel a mi obsesión coleccionística, encontré monedas de 50 peniques antiguas en lote, pero cuando me las iba a llevar, cambié de opinión y me llevé solo la de Sherlock Holmes en estado menta.
Fuegos artificiales por casualidad en Midsummer Common
Tocaba volver al centro a cenar. Paseando cerca del centro comercial, nos encontramos con un detalle raro: mucha gente caminando en la misma dirección, no de paso. Nagore se dio cuenta primero: la gente se estaba congregando, no dispersando. Yo, pensándolo, recordé que había visto carteles por la ciudad anunciando la noche de los fuegos artificiales — el equivalente local de la Bonfire Night del 5 de noviembre, adelantada al sábado más cercano —.
Nos dejamos llevar por el flujo de gente. Y llegamos a un parque enorme: Midsummer Common, la pradera del este del centro. Multitud, niños con bastones LED, escenario con DJ, puestos de bebidas. Y el espectáculo arrancó bastante pronto — serían las 6 y media de la tarde —. Para nosotros, era raro. Pero estaba ya completamente oscuro. Es lo que hace el invierno británico de noviembre con la luz.
El espectáculo fue bonito. Diez minutos, fuegos de calidad, esa textura específica de los fuegos británicos con burst sincronizado y muchas variedades. Selfie con los tres y los fuegos detrás. Julen contento, era la primera vez que veía fuegos al aire libre. (Los del Barrio del Pilar desde el salón no cuentan)
Cena con sopas de itsu y vuelta al alojamiento
De vuelta al centro paseando con la multitud. Y como ya conocíamos el sitio: volvimos al itsu de la comida de Julen y nos compramos unas sopas.
Paseo de vuelta superbonito por las calles de Cambridge ya con la noche cerrada y el centro vacío después de los fuegos. Cogimos la habitación y a dormir. Mañana, vuelta a Madrid.









































































































































































































































