Descenso del Aven, y Brest existe (y es distinta)

Miércoles doble: por la mañana, descenso del Aven en barco — el que reservamos ayer en el guichet del mercado —, y por la tarde escapada al otro extremo del Finistère hasta Brest. Casi 300 kilómetros de coche para volver a Pont-Aven ya casi de noche.

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Descenso del Aven en las Vedettes Aven-Bélon

Diez y media, embarque en la vedette con el resto del pasaje del día. La guía joven va contándolo todo en francés y a nosotros nos han dado un folleto «Red Trip / Port Aven» en inglés, con la ruta clásica marcada — así vamos siguiéndolo mientras ella habla —. El barco va bajando el Aven desde el mismo puerto de Pont-Aven, entre las orillas altas del bosque del amor, y aparecen dos châteaux con torreón (uno abandonado sobre un promontorio, otro habitado, casas aisladas al agua con embarcadero propio, la marea baja dejando el limo brillante en las orillas. La guía va señalando por el camino los épaves — algunos barcos hundidos en el fondo del estuario — y explica que buena parte del granito con el que se construyó la zona se sacaba de las canteras de estas mismas orillas.

Pasamos por Rosbras y Kerdruc, los dos pueblitos de embarcadero en el estuario, con las barcas de pesca amarradas contra los muelles bajos y algunas piraguas cruzando entre las boyas. Se ven las villas escondidas entre los pinos, muchas con banderas y tejados de pizarra. Julen encantado con las gafitas rojas puestas y las manos en la borda — el barco no se mueve nada porque la ría está en calma perfecta, aunque salimos también un ratito a mar abierta al final —.

Al llegar al oceano, el barco comienza a moverse un poco más, pero viramos en seguida hacia el norte y remontamos el Bélon — la ría vecina, famosa por sus ostras —. Se ven los parcs à huîtres alineados en la marea baja, y también los palos de las bateas de mejillones en el otro lado. En el fondo, otro pequeño puerto deportivo. Vuelta subiendo el Aven de nuevo hasta el puerto. Casi dos horas de barco. El paseo es más lento y menos íntimo que la ruta a pie por el Bois d’Amour que hicimos hace unos días — se ve el mismo río desde arriba y desde abajo —.

Buffalo Grill camino a Brest — asignatura pendiente de la infancia

Al bajar del barco, decisión rápida: aún queda mucho día y tenemos ¿ganas? de ver Brest. Coche a la N165 rumbo oeste, y por fin cae la asignatura pendiente que se nos había olvidado la semana pasada en Vannes: comida en un Buffalo Grill (el de Concarneau). Tótem indio en la entrada, camión repartiendo los víveres justo en ese momento, dólares falsos en las paredes, maniquí de vaquero en un rincón. Al principio hace un poco de calor y hay algo de lío con los camareros al pedir, pero después se está bien a gusto. Assiete de carne, rica pero convencional de este tipo de restaurantes. Terminaremos con Julen subido al caballito, pero no fuimos capaces de que funcionara. Hubiera sido su primera vez.

Esta cadena me hacía especial ilusión desde hace años. En mi infancia, en los 90, había un Buffalo Grill en Utebo (Zaragoza), en la salida hacia el Alcampo Toys «R» Us de la carretera de Logroño, que veía desde el asiento de atrás del coche de mis padres cada vez que íbamos a comprar, y nunca entramos — el plan de comida familiar era siempre el McDonald’s de la avenida Independencia —. Estos días de Bretaña llevamos vistos ya más de un Buffalo Grill al lado de la autovía – es una empresa francesa – y hoy tocaba.

Brest, por fin — o mejor dicho, Brest existe y es distinta

En el trayecto tanto Julen como Nagore se han dormido. Julen todavía seguiría un rato dormido hasta que Nagore entra a un Carrefour a comprar dos cafés con leche fríos y en ese mismo momento pasa el tranvía por delante, el sonido de las ruedas contra el raíl le espabilará del todo y se levantará del carrito al grito de «tren, tren».

Aparcamos casi los pies del Château de Brest, junto al puerto militar. El primer paseo es por afuera las murallas del castillo y el Cercle Naval, con la Rue Malbert y los murales grandes de la Recouvrance — el barrio del otro lado de la Penfeld, al que iremos después por el téléphérique —. Una zona bastante fea, como cabe suponer. (Mis primeras impresionese serán similares a Alicante, una ciudad que sin embargo me encanta)

Ya de entrada la impresión es rara: comparada con las otras ciudades bretonas que hemos ido cruzando estas semanas — todas con casco medieval o barroco a la vista —, Brest se ve moderna, ordenada, casi austera, y al principio nos deja fríos. En seguida sabremos que la ciudad fue arrasada durante la batalla de Brest. Pero fue una ciudad claramente de menos a más: cuanto más rato pasamos por ella, más nos gusta.

BrestBrest también en bretón — es la gran ciudad del Finistère occidental, capital histórica de la Marine nationale francesa y sede desde el siglo XVII del principal arsenal militar del Atlántico. Fue arrasada al 90 % por los bombardeos aliados de 1944 dirigidos contra la base submarina alemana. Se reconstruyó entera en los años 50-60 con estilo reconstruction — hormigón claro, calles anchas y rectas, monumentalidad sobria —, obra sobre todo del arquitecto Jean-Baptiste Mathon. Por eso su casco urbano no se parece a ninguna otra ciudad histórica bretona: no hay entramado medieval salvo en pequeñas manchas (la Recouvrance, la Rue Saint-Malo), y en su lugar hay una modernidad ordenada que a mucha gente le decepciona la primera vez y le acaba enamorando con calma. Hoy es una ciudad de 138.000 habitantes con universidad, uno de los grandes puertos comerciales franceses, y sede del festival Astropolis — el veterano festival electrónico bretón — y de las Fêtes Maritimes Internationales cada cuatro años. El icónico Château de Brest — fortaleza en el mismo emplazamiento desde época romana, remodelada por Vauban — es hoy el Musée national de la Marine y sigue siendo cuartel operativo de la Prefectura Marítima del Atlántico, uno de los pocos castillos habitados-en-funcionamiento de Francia.

Place de la Liberté, rue de Siam y una hora larga en Librairie Dialogues

Fuimos subiendo por la Rue de Siam es el eje comercial. Nombre curioso: se llama así desde 1686, cuando la embajada del rey Narai de Siam desembarcó aquí para reunirse con Luis XIV, y los pescadores brestois vieron por primera vez a hombres asiáticos vestidos de seda bajar por esta calle.

Y ahí está el sitio: la Librairie Dialogues, una de las grandes librerías independientes de Francia — no una, sino un núcleo de librería principal y varios anexos alrededor: una tienda de cómics y manga, otra de discos, otra de material para artes plásticas —, con cafetería dentro. Nos la encontramos de casualidad y nos pasamos una hora larga entre las secciones: Brest y Bretaña, kids, manga (con estanterías enteras dedicadas a Ghibli y Pokémon), Tintín completo, banda sonora y vinilos. Y aquí — por fin, después de días y días asomando la cabeza en librerías bretonas — cae el pequeño trofeo del viaje: El Principito en bretón (Ar Priñs Bihan), en el estante de idiomas locales. Nos llevamos también unas cuantas cosas más, y en la tienda de mangas del anexo, un Totoro de peluche. Uno de esos sitios que uno querría tener en su barrio. Por cierto que, hablando de lengua bretona, es una de las pocas – aunque no tan pocas – que tiene la letra ñ. Lo descurbimos al leer algún cartel de nombres de ciudades en la carretera estos días.

Le Chat de Geluck, Église Saint-Louis y las esculturas por el centro

Al salir de Dialogues, sorpresa: por el paseo peatonal hay esculturas de bronce de Le Chat de Philippe Geluck — el gato caricaturesco del dibujante belga —, plantadas por la ciudad como parte de la exposición itinerante «Le Chat déambule à Brest, 19/06 – 05/10». Cada estatua en pose distinta: leyendo, saludando, tocando el saxo. Nos cruzamos varias. Nos recuerda a las exposiciones urbanas por las que hemos ido pasando estos años — los SuperLambBanana de Liverpool, las vacas o las Meninas de Madrid —, ese modelo tan europeo de sacar el arte del museo a la calle.

Entramos también a la Église Saint-Louis de Brest, la parroquial moderna y brutalista reconstruida en los años 50 tras los bombardeos — estilo reconstruction puro, con planta rectangular, vidrieras contemporáneas y un aire de austeridad. Interior sorprendentemente sereno para lo que espera uno de una iglesia de hormigón. La descubrimos con calma: la wikipedia la compara con algunas iglesias racionalistas de Basilea — donde precisamente pensamos ir este noviembre — y encaja. Julen, al que dejamos andar descalzo por dentro un rato, sale con los pies negros hasta el tobillo. Nos encantó esta iglesia.

À L’AIZE GAME, téléphérique urbano y Ateliers des Capucins

Callejeamos por rue Louis Pasteur y pasamos por otra tienda de retrogaming que se llama Banzai — no compramos nada, aunque el expositor de Super Nintendo es una maravillosa reliquia. A la vuelta de la esquina À L’AIZE GAME, tienda de retrogaming con GameBoys, Megadrives y cartuchos originales apilados hasta el techo. Nos llevamos aquí varios juegos de PlayStation 1 muy baratitos (5 € cada uno), todos en versión francesa.

Aquí ya parece que nos vamos hacia el coche cansados, pero como todavía queda tarde tiro yo — un poco — para acercarnos al téléphérique urbano de Brest. Nagore acepta y llegamos justo con dos minutos de margen antes de la siguiente salida: pequeña victoria del día. Es el primer teleférico urbano de Francia integrado en la red de transporte público, inaugurado en 2016. Cruza la Penfeld en tres minutos y te deja al otro lado en los Ateliers des Capucins. Ese el segundo teleférico de Julen, tras el de San Marino a Borgo Maggiore. Este es urbano-urbano. Las vistas del puente elevable de Recouvrance desde la cabina son fantásticas.

Al otro lado, sorpresa mayúscula: los Ateliers des Capucins — la antigua nave industrial de mantenimiento de la Marina reconvertida en 2017 en place couverte pública gigantesca: 22.000 m² bajo un techo azul de acero y cristal, con biblioteca, café, rocódromo Vertical’Art, sede de la French Tech Brest+, restauración, exposiciones, y el Canot de l’Empereur (el bote imperial de Napoleón I fabricado en Amberes en 1810, traído a Brest y expuesto ahora aquí) dominando la nave central. Murales bilingües bretón-francés: «HOLL GANET EUS BEZAÑ FRANK…» (todos nacidos para ser libres…). Nos recuerda al Matadero de Madrid, o al de Toulouse que vimos hace unos años, o a la Tabakalera de Donostia: mismo modelo de nave industrial reconvertida. Un espacio precioso, muy vivo — la gente lo usa como si fuera plaza pública, con corros de capoeira, gente patinando, alguien haciendo malabares, y de fondo la biblioteca y las cafeterías llenas —. La luz de la tarde caía en diagonal por las cristaleras. Cierra la sensación de la ciudad entera: Brest es un sitio donde uno podría acabar viviendo — capital de departamento, tamaño humano, mar a la vuelta —.

Atardecer en Recouvrance, Place de Strasbourg y vuelta por Pont de Térénez

Cruzamos de nuevo en el teleférico y de nuevo vemos el Pont de Recouvrance — el puente levadizo más grande de Europa cuando se inauguró en 1954 —, con las vistas del arsenal a los lados. Última vuelta por la rada al atardecer, con las gradas del Cours Dajot iluminándose en naranja.

Antes de arrancar, Nagore ha pensado en recoger una caja Too Good To Go en un Carrefour del centro; nos dan a cambio dos cajas enormes cargadas de fruta — que iremos comiendo estos próximos días —.

Salida de Brest ya con el sol cayendo. Pasamos junto al Stade Francis Le Blé (el del Stade Brestois 29) y, siguiendo el GPS, el propio coche nos regala un pequeño broche antes de la autovía: nos cruza por la Place de Strasbourg, una plaza redonda del noreste del centro. En la Librairie Dialogues, hace un rato, había hojeado un libro de fotografías de Brest en el que me había fijado en una escultura de escaleras entrelazadas — una «homenaje a las escaleras», de aspecto casi giratorio — y me había apuntado mentalmente que estaba en esta plaza. Fotillo rápida desde el coche y a la autovía.

Enfilamos la RN165 en sentido este y a medio camino cruzamos el Pont de Térénez — el puente colgante sobre el Aulne, en el límite de la Presqu’île de Crozon —. Es un puente atirantado precioso: lo veíamos por primera vez a la ida a la luz del mediodía y ahora nos lo devuelve el GPS por el mismo trazado y el Moby Dick del audiolibro reanudando el capítulo pendiente para el trayecto de vuelta.

Llegamos al Kindred casi a las diez. Cena de pizzeta y unas chiches Fleury Michon para Julen que aguantó despierto hasta las 23:07 viendo Toy Story (4, esta vez) como si fuera la primera que la veía en su vida. Que para nada.

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