Toulouse: una serie de medievales sorpresas

Hoy nos toca un día largo muy largo. Pero eso es también emocionante, no? Nuestro vuelo sale a las 6:30. Así que a las 4:30 ya estamos en pie. :( Gracias Ryanair. Aunque cuando el vuelo te ha costado tan sólo 35 euros ida y vuelta, no te puedes quejar. Taxi al aeropuerto 30 euros. :) (casi lo mismo que dos vuelos). Destino: Toulouse.

El vuelo, como no, se pasó volando (guiño-guiño). A esas horas de la mañana las azafatas de Ryanair se portan, y no intentan vender cada 10 minutos algo por los pasillo. Aunque puede ser que estuviéramos tan dormidos que no nos enterásemos de la misa la media.

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Al bajar del avión encontramos sin mucho esfuerzo la navette (bus) del aeropuerto. La encontramos sin esfuerzo aunque no sin antes comprar un ticket de tranvía que no era el correcto) 8 euros y arriba. Nos dejaba al lado de nuestro airbnb, en la zona comercial de Compans Caffarelli. Maxance nos había dicho que hasta las 10 de la mañana no podíamos entrar, así que a buscar una cafetería cerca de nuestra nueva casa por 4 días. A pocos pasos del consulado argelino terminamos en una boulangerie. Café et croissant. Muy francés todo. A las 10 nos encontramos con nuestros anfitrión. No habla prácticamente inglés ni nosotros francés suficiente, pero nos entendemos. Todo  perfecto. (Eso creemos. Al final del día veremos que no) Dormimos 50 minutos (el madrugón se notaba).

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Pateando como nos gusta: capitolio de Toulouse y Convento jacobino

Decidimos bajar por el Boulevard de Strasbourg, hasta llegar a Juana de Arco. De allí decidimos recorrer la calle de Alsacia y Lorena. Una zona comercial con tiendas y más tiendas. (Y un Primark enorme en construcción) Pero es domingo. Todo cerrado.  Quizá tengamos más suerte la próxima vez.

Sin darnos cuenta terminamos en frente del Capitolio de Toulouse. Pero por la parte trasera. Allí se encuentra la plaza de Charles de Gaulle y la oficina de turismo situada en la antigua torre del archivo. Una chica nos habla de los cruceros fluviales por el Garona. Veremos :-)

Toulouse es una ciudad de la que muy poco sabíamos. Pedro estuvo aquí, allá por 1999 (!) pero sólo visitó el que, por otro lado, es uno de los lugares más frecuentados: La cité de l´espace.  Lo bueno de conocer una ciudad sin haber leído mucho sobre ella (apenas algo sobre los cátaros) y sin planificar es que te vas encontrando sorpresas constantemente. Durante los días que pasaremos aquí descubriremos una ciudad bonita, con un pasado importantísimo y con un entorno muy mejorado, frente a quizá los años 90 y tras la enorme explosión del 2001.

El capitolio es la estampa más representativa de la ciudad (o una de las que más). Ha sido desde el siglo XV nada menos, y sigue siendo, el ayuntamiento de la ciudad. Debe su nombre a un templo en honor a Júpiter erigido ya por los romanos en el mismo lugar. Tras cruzar el umbral de entrada y el patio de Enrique IV (donde murió decapitado el último enemigo del cardenal Richeliu) entras al edificio propiamente dicho. Hay varias salas que merecen la visita, siendo la principal la llamada de “los ilustres” donde impresionantes frescos ilustran la vida del Languedoc.

La verdad es que la cosa empezaba bien. Lo dicho, seguimos caminando sin rumbo preciso. Tomamos por la calle Gambetta. Fue así como dimos con el convento de los jacobinos de Toulouse.  El convento es la estampa más representativa de la ciudad (o una de las que más). Nada más entrar en la iglesia sobrecoge la altura del crucero y la bóveda, con la famosa palmera de 22 nervaduras. La iglesia, por cierto, es el lugar de reposo del teólogo y filósofo Santo Tomás de Aquino. (Sus restos volvieron en 1974 tras varios siglos en el monasterio de San Sernín, que veremos estos días)

La entrada al convento cuesta 4€ y para allí que nos fuimos. Prácticamente no había gente y disfrutamos de los paseos por el refectorio y el claustro. A la salida fue cuando por fin vimos gente en Tolouse. Estaban todos ahí.

Estábamos hambrientos. Nos habíamos levantado a las 5:00 así que era buena hora para comer. Aquí. Riquísima sopa miso. (Nos sacaron dos por error :-) Un tesito y a continuar camino.

El Garona y el barrio de San Cipriano

La ciudad ha vivido en los últimos años, como decía, una nueva época de reconstruir la relación con el río. De ser zonas degradadas, las orillas del río han visto como se han reconvertido en parques y embarcaderos por los que da gusto pasear. Nos encontrábamos muy cerca del embarcadero de la Dorada, junto a la basílica homónima, así que entramos a echar un vistazo y comenzar así nuestra tarde. Lo que recordamos del templo es su poquísima iluminación y por supuesto su virgen negra. 

Nos dirigíamos al margen sur del río. Al barrio de San Cipriano. Cruzamos por el pont neuf, el puente nuevo.  Ordenado construir en el siglo XVI para sustituir al antiguo, que se encontraba en un estado lastimoso. (Y por lo que pasaban todos los peregrinos a Santiago de casi toda Europa) El puente es la estampa más representativa de la ciudad (o una de las que más).

Al otro lado del río se encuentra el antiguo hospital de peregrinos. La presencia del camino es constante en la ciudad que fue una de las ciudades más importantes de Europa hasta el siglo XIV, en el que las presiones de los reyes del norte de Francia y la peste que asoló el continente. Hoy en día el edificio se reparte entre un hospital público y el museo de la historia de la medicina.  Decidimos que bien merecía una visita y entramos. (gratuito) No sé si el señor del mostrador estaba más molesto por el hecho de que no habláramos mejor francés o directamente por el hecho de que entráramos.

Poco a poco el cielo se iba poniendo más gris. Estábamos en el barrio de San Cipriano. Una rápida mirada a los nombres de las calles y de los establecimientos sugería que la presencia española era – o había sido – alta en esta parte de la ciudad. Muy pronto averiguaríamos que la ciudad, y particularmente este barrio, fue la capital del exilio republicano español en Francia. 

El barrio es tranquilo, con callejuelas pequeñas. Dimos un paseo hasta la iglesia de San Nicolás y comenzamos la vuelta al norte de la ciudad. Nos cogió cruzando el puente de San Pedro. El diluvio. ¿Paragüas? Para qué… así que corriendo a buscar un aterpe. No sabíamos muy bien qué plan tomar. La verdad es que estábamos disfrutando mucho del día.

Optamos por irnos a la plaza del Capitolio. El hogar de una enorme cruz del Lanquedoc incrustada en el suelo. La cruz es la estampa más representativa de la ciudad (o una de las que más). Pues lo dicho, a merendar. Como unos señores. Seguía lloviendo un poco pero las sombrillas eran nuestros aliadas. El escogido fue, por casualidad, Le Florida. No fue barato, pero probamos el mejor helado de Francia. 

La catedral de St. Etienne y en la diana

Todavía era pronto. Dudamos un rato de si ir al cine, pero no vimos ninguna película subtitulada al inglés así que fuimos a por el último paseo del día. Pasamos por el teatro Nacional y de ahí por el boulevard Carnot hasta el monumento a los caídos. Soplaba un viento de mil demonios que levantaba hojas y papeles en vendavales.

Del viento nos resguardamos en el penúltimo templo eclesiástico que veríamos hoy. La catedral de Tolouse. Un templo curioso con su mezcla de estilos gótico y románica. Cuentan que en 1794, la campana mayor, la Cardailhac, fue tirada desde la cumbre del campanario y se rompió, a pesar de que se había colocado varias capas de paja para amortiguar su caída.

Pues ya estaba casi todo el pescado vendido. Habíamos andado mucho y bien. Enfilamos ya para casa. Todavía tuvimos tiempo de pasar cerca del museo de los agustinos, que estaba a punto de cerrar. Parada en Casino a comprar cena y a casa. O eso creíamos. ¡Tanto Maxence como nosotros nos habíamos olvidado de la llave de entrada al portal!  Unos minutos después y al oir los golpes en la puerta – por si se abría – salió el vecino a abrirnos. Con una sonrisa.

Sin internet, ni televisión dedicamos la soiree a jugar a los dardos (ganó la Nagore) y leer Nada. Poco después estaríamos ya durmiendo. Buenas noches.

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