Pont-Aven, Quimper y Concarneau — día largo del Finistère bretón

Día largo del Finistère bretón, con muchas cosas: mañana en  la Foire Antiquités del Square Botrel, mercado con puestos y desvío por la comida y siesta en el Kindred, y por la tarde excursión doble: Quimper y Concarneau al atardecer, con la Ville Close. Un plan para terminar  «lo de ayer»

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Mañana en Pont-Aven: Foire Antiquités, mercado

Desayuno tranquilo en la cocina de la casa de piedra. A media mañana bajamos otra vez al centro. Postal previsible del puerto, con las galerías de arte del pueblo abriendo (hay más de 60, en un pueblo que no llega a 3.000 habitantes) — la histórica Galerie M. Guenaïzia («depuis 1954»), el Musée de Pont-Aven, la boutique Armor Lux & Bermudes y la Biscuiterie de Pont-Aven con las galletas Traou Mad expuestas —.

Llegamos a la Foire Antiquités del Square Théodore Botrel — la brocante organizada por Christian Mouton. Nos gusta más de lo que pensábamos, porque sí que hay cosas molonas. No solo cosas de decoración:  biografías de Bobet, Anquetil, Bartali y Vietto, un enorme cartel esmaltado de «Bière Ancre Pils Strasbourg-Schiltigheim», un álbum Panini de Astérix por los 60 años, libros de postales vintage…

Son apenas seis o siete puestos, pero suficiente —. Compramos juguetes de Kinder Sorpresa de coleccionista (esos que los dos guardábamos religiosamente en los años 90 y que se nos perdieron), unas cuantas cajas de cerillas vintage de distintos países y motivos… Hace bastante calor y Julen no tiene ninguna gana de estar en el carrito, así que aceleramos. En el último de los puestos, una señora le habla bastante y le dice dos o tres veces caillou,  que nos llama la atención.

Alto en la cafetería del cruce — la del centro del pueblo, la que hace esquina . De nuevo, díficil hacernos entender para que nos preparan dos cafés con leche y hielo. Zumo de piña para Julen, que tampoco le echa muchas cuentas.

Antes de volver a casa, pasamos por delante de la iglesia parroquial (Nagore posando fuera con una baguette de las buenas) — bastante curiosa por dentro con su techo particular de color azul.

Vuelta al Kindred a comer: fusilli con tomate, en un bol con nombres de pastas grabados — no salió especialmente buena la pasta, pero el plato es de los que dejan huella. A las 14:30 ya habíamos comido y descansado 🙂

Quimper nos moló, por fin

Media hora hasta Quimper, la capital histórica de la Cornouaille bretona. Aparcamos cerca de la estación y subimos por la Rue Kéréon, la calle-eje del casco medieval — casas de entramado de madera, escaparates, gente sentada en las terrazas al sol —.

QuimperKemper en bretón, «confluencia» — es la préfecture del Finistère, en el punto en que los ríos Steïr y Odet se juntan. Fundada por los romanos y evangelizada en el siglo V por San Corentin — pescador milagroso convertido en primer obispo —, fue capital del pequeño reino y luego ducado de la Cornouaille bretona hasta su unión a Bretaña en el XI. La Cathédrale Saint-Corentin (siglos XIII-XV, torres del XIX) es una obra maestra del gótico bretón, célebre por su coro desviado — la nave gira ligeramente en el crucero, para adaptarse al terreno pantanoso —, y por la escultura ecuestre del rey Gradlon encajada entre las dos flechas. Quimper es también la patria de la faïence — cerámica esmaltada policroma de motivos bretones producida aquí desde 1690 —, del festival Gouel Etrekeltiek Kerne («Fête de la Cornouaille») del último domingo de julio, y de la lengua bretona, que resiste con vigor en toda la ciudad — carteles bilingües, librerías propias, escuelas Diwan —.

Buscamos primero un rato el montón de librerías que hay alrededor de la catedral — Quimper es ciudad de libros —, entrando en varias, preguntando por El Principito en bretón.

Entramos en la Cathédrale Saint-Corentin. Interior gótico bretón imponente, vidrieras del XV, columnas rosa-granito, la nave desviada que se ve enseguida entre el crucero y el ábside. Un cartel del Gouelioù Meur Kerne / Kemper 23>26 Gouere 2026 anuncia el festival de la Cornouaille de la semana siguiente. Los carteles de calle son bilingües: «Rue du Paradis / Straed ar Baradoz».

Anécdota bíblica-ridícula: vimos una barra de pan, suponemos que tipo «banco de alimentos» al pasar por fuera de la catedral de nuevo un poco más tarde, oímos gente aplaudiendo dentro, decimos entre risas: «habrá pasado el milagro de los panes y los peces». Nunca sabremos qué habían aplaudido.

Halles de Quimper, mercadillo de libros y helado de limón

Macarrons en Les Glaces de Philomène, terraza en la Place Terre-au-Duc, y paseo por Rue Kéréon con la catedral de fondo. A la vuelta, junto a la catedral, sacamos algo de dinero del cajero y nos compramos un helado de limón en barquillo — una maravilla —. Al pagar, la chica nos devuelve el cambio con las nuevas monedas francesas de 20 céntimos del año 2025  que Pedro llevo días queriendo pillar para la colección —. Suerte doble: limón y numismática.

De ahí a las Halles — el mercado cubierto —, la Place Maubert y un mercadillo al aire libre de libros bretones (con puestos de «Bookish Kemper» y «Librairie & Curiosités»), donde Nagore rebusca a fondo. Compramos alguna revista antigua de Bretaña, un libro para colorear de Toy Story. Sorpresa del día: la tienda retro Kokoro No Manga & Games, en Rue Élie Fréron. Nos llevaremos un MP3 para la Nintendo DS y un juego para la PlayStation 4.

Quays del Odet, Préfecture, Musée Départemental Breton y última vuelta

Bajamos a las orillas del Odet, el río que atraviesa Quimper — jardines, puentes de piedra, terrazas en los muelles —. Zona preciosa alrededor de la Préfecture del Finistère (con la catedral por detrás), la vieja redacción del Ouest-France, la oficina de correos con el edificio de piedra y el teatro municipal — un tramo de ciudad muy bien puesto —. Entramos a una tienda de electrónica de segunda mano, y por una tienda de bicis. Y por una tienda de cámaras fotográficas antiguas — Pedro se queda un rato mirando el escaparate —. Julen ya en el carrito, vamos negociando «andando, bracitos y carrito» cada rato 🙂 No llegamos a acercanors a la estación. Yendo a recoger el coche, nos encontramos con un Toyota Celica tuneado como el de los juegos de rallies 🙂 Cuesta arriba y cuesta abajo, y rumbo Concarneau.

Concarneau (por fin): puerto y entrada a la Ville Close

Salida de Quimper a las siete de la tarde. Media hora en coche hacia el este por la D783 y llegamos a Concarneau — el tercer puerto pesquero de Francia y el gran icono medieval de la costa del sur del Finistère —. Aparcamos a unos 15 minutos andando del puerto (cero problema), y bajamos frente al gran cartel «Concarneau — Ville Bleue». Cruzamos la pasarela peatonal sobre el puerto que lleva directa a la Ville Close — la ciudad amurallada sobre un islote —, con la valla publicitaria de «Armor Lux — EN FACE DE LA VILLE CLOSE» a un lado y los barcos pesqueros al otro. Como muchas veces, que vamos sin mirar ni leer antes, la ciudad nos pilló de sorpresa. Y nos encantó.

La Ville Close de Concarneau es un islote de 350 metros de largo por 100 de ancho, cerrado por una muralla en herradura que Vauban rediseñó a finales del XVII sobre defensas medievales previas. Se llega por una pasarela desde el continente, se entra por la Porte de la Ville y se recorre por la Rue Vauban — la calle-espina del islote, hoy una sucesión de creperías, tiendas de marinière y galerías —. Encima de las murallas se puede caminar el perímetro entero con vistas al Port de Plaisance por un lado y a la Baie de la Forêt por el otro. Concarneau vive del atún (tercer puerto pesquero de Francia por tonelaje) y de la fábrica Armor Lux — la marca bretona de las camisetas a rayas, fundada aquí en 1938 —. Su fiesta grande son las Fêtes des Filets Bleus, en agosto, herederas del siglo XIX cuando la ciudad organizaba colectas para socorrer a las viudas de los pescadores del arenque tras los malos años.

Ville Close: Rue Vauban, patio de juegos y café L’Écurie

Cruzamos la Porte de la Ville, entramos por la Rue Vauban — muy turística, muy bonita, dos o tres calles estrechas armadas como una «ciudad de muralla» en miniatura — y hacemos parada en un plaza interior. Ahí sucede el mejor rato del día: nos pasamos un buen momento chocando con Julen, pero con la pierna, inventos que se le ocurren a uno y los tres felices.

Descanso en el café L’Écurie, en una placita con una Breizh Cola — la «Coca-Cola bretona» — y una gaseosa. El camarero se pone a hablar en español con mucho acento andaluz —. Ambiente relajado en las mesas exteriores.

Ramparts al atardecer y vuelta a Pont-Aven

Última hora del día en las murallas de la Ville Close. Subimos al camino de ronda con la luz cayendo en el Port de Plaisance, las banderas bretona, francesa y europea ondeando, y la belfry del ayuntamiento asomando. Vuelta paseando por el otro lado de las murallas hasta la salida — nos gustó muchoel paseo, con el sol poniéndose sobre el puerto.

De camino al coche, escaparate de una tienda de cámaras de fotos antiguas que me llamó la atención. También pasamos por delante del cartel del Marinarium de Concarneau / Aencrage y de la vieja Gare SNCF Concarneau / Penn-ar-Bed. Vuelta tranquila con la noche ya cayendo.

Vuelta a Pont-Aven: Julen resistiéndose a dormir y cena casi a las once

Vuelta a Pont-Aven ya de noche. Julen viene entero — apenas ha dormido siestas en el coche, y las que ha hecho han sido cortísimas —, y al llegar a casa se resiste a acostarse un buen rato. Yo le doy un potito y Nagore intenta dormirle.  Al final son casi las once — tablita de charcutería, bocadillos. Justo antes de dormirme descubro, porque me sale en la tele que Fort Boyard, frente a La Rochelle, cuya existencia descubrí en un viaje anterior, es desde hace muchos años, principalmente, un reality show!!

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