El faro d’Eckmühl y el granizo universal

Hoy será un día un poco extraño. Día por la punta occidental del FinistèreLe bout du bout — Penmarc’h, el Phare d’Eckmühl. Comeremos mejillones y tomaremos el sol frente a la playa. Pero nos caerá un temporal de granizo descomunal que nos tendrá bloqueados un rato. Hubo tiempo para todo.

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Yo me he levantado a las 7:00 a apagar la música clásica que suena cada mañana en el altavoz Sonos. He tomado mi café, se me ha quemado el resto, he comido galletas de Pont-Aven y he dejado dormir a los otros dos un rato largo.

Según nos vamos acercando al pueblo, me van llamando más y más la atención las casas bretonas. Ni siquiera las de tejado de paja, que ya hemos visto algunas y que recuerda, claro, a las de una aldea gala irreductible que estaba muy cerca de esta zona. Me refiero a las de piedra con dos chimeneas. Leo que colocar una chimenea en cada extremo de la casa permitía crear dos puntos focales de calor. Esto no solo calentaba la vivienda de manera uniforme, sino que generaba una corriente de aire constante que ayudaba a ventilar la casa y reducir drásticamente la humedad interior. Más adelante, se convirtió en un símbolo de estatus.

Penmarc’h: el Phare d’Eckmühl

Llegada a Penmarc’h hacia las 12:15 — el pueblo, o mejor dicho el conjunto de núcleos costeros Saint-Pierre, Saint-Guénolé y Kérity, vive de la pesca y del turismo del faro —. Aparcamos junto a la explanada. El señor de la tienda a pie del faro nos avisa: a las 12:30 cierran. Pregunto si hay ascensor, y me mira como diciendo… Así que vuelta al faro por fuera y a otra cosa.

El Phare d’Eckmühl se levanta en la Pointe de Saint-Pierre desde 1897: 65 metros de altura, granito de Kersanton, alcance de 54 kilómetros mar adentro. Es uno de los «phares du bout du monde» del Atlántico francés, y uno de los cinco faros más altos de Francia. Su nombre viene del Príncipe de Eckmühl — Louis-Nicolas Davout, mariscal de Napoleón —, cuya hija Adélaïde-Louise Davout, marquesa de Blocqueville, legó a la Academia de Ciencias 300.000 francos-oro en 1882 para construir un faro «en expiación por la sangre derramada en las guerras napoleónicas». Se abre al público: 307 escalones de granito hasta la linterna, y ahí arriba, en un día despejado, se ven las Îles de Glénan al sureste y el Raz de Sein al noroeste. Al pie del faro, la placa de bronce del Naufrage du Huerta recuerda el rescate en octubre de 1937 de los republicanos españoles — muchos de ellos asturianos huidos tras la caída del frente Norte — que embarrancaron en estas rocas huyendo de la guerra civil.

Paseo largo por la explanada, con el mar picado y el aire salado. La marea muy baja. En la piedra, la placa dedicada al Huerta.

Comida en Le Lak Atao

Aunque era pronto, decidimos comer que Nagore tenía hambre y a mí no me importaba. Terraza sobre la plaza, mantel de tela. Nuestro clásico en Francia (Cannes, Royan…) mejillones y Orangina. Los mejillones bretones que hemos visto son muy pequeñitos. Los tomamos a la forestier, que es una salsa que yo hacía mucho que no oía, pero que comía muchas veces cuando curraba en el Riviera

Cerveza artesanal Sant Erwann — cerveza de Bretaña — para acompañar. Julen se come su propio plato — patatas fritas con salchicha —, muy cómodo en la trona. Dedico un rato a leer sobre Atao, pues el restaurante de debajo de casa también se llama así y veo que significa siempre y que está relacionado con la cultura y nacionalismo bretón. 

Parte del plan del día es encontrar un ejemplar del L’Équipe como souvenir. Lo veo en la barra y lo leo. Ojo puesto en él, para intentar comprarlo después.

Église Saint-Nonna, techos como quilla de barco y el Ouest-France nº 25.000

Después de comer, paseo por el Comptoir d’Eckmüh, buscando un estanco para comprar el periódico. Un policía nos pregunta si no hemos visto que estaba cerrado. Le decimos que no, y dice «ah, vale, habrán abierto ya, hay otro detrás vuestro». Entramos al estanco y a falta de L´Equipe, compramos el periódico regional, el Ouest-France número 25.000 (¡qué casualidad, número redondo!) para llevárnoslo de recuerdo.

De ahí en coche hasta el centro parroquial de Penmarc’h para ver la Église Saint-Nonna — iglesia gótica flamígera del siglo XVI —. Fachada de granito rosa, portal ojival esculpido con motivos marineros (barcos, redes, peces), interior sobrio y unas vidrieras policromadas que no esperábamos — muy bonitas, con colores muy vivos —. Lo que también nos llama la atención son los techos de madera, en forma de quilla de barco invertida — la voûte lambrissée en carène renversée, sello arquitectónico bretón —, más frecuente en las iglesias del Finistère que en cualquier otro rincón de Francia.

Al lado, la Librairie Atlantide, seguíamos buscando El Principito en bretón, pero la tienda estaba cerrada, así que nos quedamos con las ganas.

La siguiente parada será en Plomeur, el pueblo de al lado. Entramos al estanco/bar a buscar L´Equipe. No padre. Pero resulta una visita muy interesante porque en la tele ponen una carrera de trote enganchado (o courses de trot attelé, muy popular en Francia). A diferencia de las carreras de galope tradicionales, en esta modalidad: el jinete (llamado driver) no va montado sobre el caballo, sino sentado en un pequeño carro de dos ruedas llamado sulky y los caballos deben competir manteniendo un aire específico, el trote, y son descalificados si empiezan a galopar.

Enfilamos hacia el este por la D785 y cruzamos el Pont de Cornouaille, el gran puente colgante que salva el río Odet a la entrada de Bénodet. Puente de tirantes de 610 metros, inaugurado en 1972, con vistas al puerto y a la ría más abajo. Coche, mar, Bretaña.

Bénodet: centro, Librairie de la Plage, Plage du Trez y café con hielo

Llegada a Bénodet, uno de los balnearios clásicos de la costa sur de Bretaña — el «Cannes bretón» según la publicidad turística, aunque de Cannes tiene lo mismo que Fisterra —. Cruzamos el puente, dejamos el coche y paseo por el centro. Escaparate del Taxi Bénodetois, entrada en la Librairie de la Plage — mesas de novelas de Bernard Larhant, pilas de la revista Bretons, guías y cuentos de faros, pero ni rastro de El Principito. Una de las señoras de la tienda, me pregunta si soy galoise,  le digo que no que español, todo con mi francés de A2…

Bajada a la Plage du Trez: playa larga de arena fina abriéndose al mar de Iroise, con el Grand Hôtel de la Plage asomando entre pinos, la caseta de vigilancia de rojo y las tentes de rayas de los antiguos hôtels balnéaires. 32 grados y muchísima humedad: Julen dormido en el carrito casi todo el rato.  Nos sentamos en un banco a la sombre y me voy a por dos cafés con hielo. Me cuesta lo mío explicarle  qué ha de hacer a la chavala del bar. Mañana pasará lo mismo. Voy a por el coche mientras Nagore no se toma su café (con un hielo poco frío va a estar) Ya en el coche y saliendo del pueblo, foto obligada en el cartel monumental #BENODET,de esos hashtag installations plantados por las oficinas de turismo de medio mundo.

Vuelta caótica: 2CV descapotable y granizada descomunal

Al recoger el coche y salir de Bénodet, se ve el cielo cargándose por el norte. El plan del día era seguir en Quimper, la capital del département. Salimos por la carretera hacia el norte y por delante asoma un Citroën 2CV descapotable con el capote abierto. Nagore lo mira: «ahí lo tienen, los dos caballos… vamos a seguirle a ver qué hace cuando caigan chuzos de punta». Y en cinco minutos, chuzos de punta.

Se pone a llover — y en medio minuto la lluvia pasa a granizada descomunal —. De 32 grados a 18 en 30 minutos. No se ve nada: el granizo cubre entero el arcén, los coches paran donde pueden. Nos metemos en una vía de servicio detrás de un autobús con los intermitentes puestos, sin saber muy bien qué está pasando. Estaríamos unos 20 minutos os largos ahí. Al final un conductor se acerca y nos dice que va a organizar a todos para que echemos marcha atrás. Nos dice que  hay un árbol atravesado cortando el carril, arrancado por la tormenta.

El plan de Quimper y el Concarneau se cancelan — con el diluvio, con Julen y con las ventanas de casa abiertas, mejor volver a casa —. Rumbo Pont-Aven. A los 2 minutos, ultrasoleado…

De vuelta al pueblo y compra en el Intermarché

De vuelta en Pont-Aven. Llegamos a casa y no había pasado nada, pues no había llovido. Eso sí, antes de subir, un señor que estaba moviendo listones de madera me dió un buen golpe en el brazo con una de ellas, mientras llevaba a Julen. Pas de problem. Decidimos salir a dar una pequeña vuelta a comprar en el Intermarché del cruce D24/D783 — el que está a la entrada del pueblo, junto a la gasolinera AVIA —. Llegamos justos: son las 19:22 y cierran a las 19:30 clavadas. Cuando estamos terminando, comienzan apagar las luces de los pasillos uno a uno — la manera educada muy francesa de decir «se van, por favor» —. Me recordó a cuando en Suiza con mis padres, simplemente nos pidieron que dejáramos las cosas sin pasar por caja, que cerraban.

Cena en casa: tabla de charcutería y Argentina en la tele

Cena tranquila en la cocina del Kindred. Abrimos una tabla de charcutería La Belle Planche Petitgasjambon Vendée, rosette, coppa, noix de jambon —, pan,, de fondo, Toy Story en la tele para Julen. Yo me quedé dormido en cuanto empezó el partido de Argentina. Pero luego me desperté, terminé de ver el partido y me puse a escribir posts. Nagore — con Julen ya dormido – salió a por un yogur 🙂 Se cierra un día bretón redondo: mar, faro, plaza, despensa, y una granizada de recuerdo.

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