Día de playa en Névez y Musée de Pont-Aven

Día de playa y museo. Mañana en una cala de Névez — a un cuarto de hora en coche del Kindred —, estrenamos parasol nuevo que compró Nagore, castillos de arena y Julen enganchado a un charco de agua que se le queda a medio camino entre piscina y mar. Vuelta a casa para siesta, y por la tarde, paseo por Pont-Aven: Musée de Pont-Aven (con la escuela de Gauguin y una temporal preciosa de Camille Claudel), recogida de la cena en la Boulangerie Gourmandises y vuelta a casa con Toy Story de fondo.

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Pont-Aven → Playa de Kercanic (Névez)

Alternamos, como cada mañana nos está pasando, quién se levanta primero. Hoy toca a Nagore por muy poco. Desayuno rápido, preparamos las mochilas de playa — bañadores, toallas, protector, cubo y pala, y el parasol pop-up nuevo que compró Nagore en Madrid —, cargamos el coche y salimos hacia el sur. Un cuarto de hora largo por carreteras estrechas de la costa del Finistère, cruzando Névez con mucho tráfico, y llegamos a la Anse (ensenada) de Rospico. 

Playa de Névez: charco, olas, parasol y castillos de arena

Aparcamos y bajamos por el sendero. Antes de llegar a la orilla, sorpresa perfecta para Julen: entre el roquedal y la arena se forma una charca de agua templada — no es todavía el mar, ni siquiera está fría. Se lanza sin dudar, chapoteando de pie con los pies en el agua, contentísimo.

Después ya avanzamos hacia la orilla propiamente dicha. Estrenamos el parasol pop-up — se abre solo, se planta a la primera —, montamos la base, sacamos la toalla grande y colocamos a Julen bajo la sombra. Nagore se lo lleva un rato al agua en brazos, saltando olas pequeñas: Julen contento pero no se fía del churro. — todavía no está para soltarse a nadar —. De abracitos, sí; de flotar solo, aún no. A mí me cuesta entrar, pero al final, por supuesto que entro jeje.

Nos turnamos: uno en el agua con Julen, el otro tomando el sol; luego cambiamos. En la orilla, un montón de minicangrejos ermitaños. Julen maravillado con poder coger arena humeda y jugar con ella. Un par de horas larguísimas en esa cala, con la playa medio vacía y el ruido de las olas de fondo. La luz de la Bretaña baja, ese sol claro sin humedad. Sin calor, sin frío. Hemos estado muy a gusto.

NévezNevez en bretón — es un pequeño municipio del Finistère sur, entre Pont-Aven y Concarneau, con menos de 3.000 habitantes y un litoral de calas de granito rosa entre pinares. Su rasgo más característico son los villages de chaumières — pueblos de casas con tejado de paja —, uno de los últimos rincones de la Bretaña donde se conserva esta arquitectura vernácula. Sus playas más conocidas son Rospico, Kercanic, Dourveil, Tahiti y la ría de Port-Manec’h, todas ellas con menos afluencia que las grandes playas turísticas del Morbihan porque están escondidas al final de sendas rurales y sin urbanizar.

Comida a solas y siesta grande

Volvemos a casa reventados de la playa — sol, agua salada, arena hasta en las orejas —. En el coche, Julen cae redondo — el clásico «se ha dormido en el coche» — así que Nagore lo sube directo a la cama. y se pega una siesta buena, buena. Nagore prepara la comida: pasta de ayer, patatas gratinadas… En la tele, bajo el póster gigante del Jardín de las Delicias del Bosco preside este rato, el salón de la casa. Duchas, lavadora puesta, y nosotros también nos tiramos un rato en el sofá. Me ha tocado ir a mover el coche, porque se terminaba la ota, eso sí. 🙂

Tarde en Pont-Aven: Musée de Pont-Aven

Julen se despierta a media tarde con energía renovada. Le damos un biberón, ducha rápida, y a las cinco y pico salimos a dar una vuelta por el pueblo. Objetivo del día: el Musée de Pont-Aven, que es la razón por la que Pont-Aven es Pont-Aven.

El Musée de Pont-Aven, inaugurado en 1985 y reabierto tras una gran reforma en 2016, es la referencia mundial de la Escuela de Pont-Aven: el círculo de pintores que se formó en el pueblo alrededor de Paul Gauguin a partir de 1886, con Émile Bernard, Paul Sérusier, Charles Filiger, Meijer de Haan, Armand Séguin y una lista larga de artistas americanos, ingleses e irlandeses que vinieron a Pont-Aven atraídos por la «pintura barata» — buena luz, alojamiento a mitad de precio que en París, comida bretona sencilla —. Aquí Gauguin y Bernard formularon el sintetismo (colores planos, contornos gruesos), Sérusier pintó en el Bois d’Amour «El talismán» — la tabla fundadora del grupo Nabis —, y de aquí salió toda la carga que llevó al simbolismo y, por extensión, al modernismo europeo. La colección permanente muestra piezas de todos los grandes, con una sección dedicada al «Japon Artistique» — las estampas japonesas que obsesionaron a Gauguin y a Bernard —. Además, el museo programa cada verano una gran exposición temporal: en 2026, «Au temps de Camille Claudel — Être sculptrice à Paris», sobre las mujeres escultoras de finales del XIX, con Camille Claudel como figura tutelar y esa cita suya que abre la sala: «Ce n’est plus du tout du Rodin».

Entramos al museo: primero la colección permanente — cuadros de Gauguin, Bernard, Sérusier, la sección japonesa, una puerta pintada con marinas por el propio Gauguin, una foto histórica del Musée Stivell (el embrión del museo actual) —.  Julen anda un poco inquieto y armando un poco de ruido, pero Nagore lo coge y ya bien. Después la temporal, «Au temps de Camille Claudel — Être sculptrice à Paris», con esculturas y estudios de las contemporáneas de Rodin — una exposición muy bien montada, muy bien contada —.

Y remate familiar: en la sala del taller infantil: «Bienvenue chez Mademoiselle Julia» que recrea la sala de la pensión donde los pintores se juntaban, (mola el cartel de «pese a que este sitio represente un espacio de comida y bebida, no se puede comer ni beber») , Julen se sienta a colorear con lápices de colores

Paseo por Pont-Aven: Gourmandises, puerto y reserva del barco por el Aven

Salimos del museo, calle abajo. Paso obligado por la Biscuiterie des Régions — escaparate de galletas, kouign-amann y caramels au beurre salé —, la vieja Pension Gloanec (la histórica pensión donde se alojaron todos los pintores de la Escuela de Pont-Aven; hoy sirve de teatro/exposición), tiendas de cerámica y souvenirs bretones, y a recoger la cena. Nagore ha estado lista y ha visto que podíamos pillar un par de Too Good to Go. Recogida de traiteur en la Boulangerie Gourmandises — rótulo rojo cursivo en la fachada, «Pain · Pâtisserie · Viennoiserie · Glaces · Snacking» —, donde el chico nos atiende «súper guay» y nos monta una bolsa de croque-monsieurs y algún bocadillo enorme más, cantidad suficiente para dos días.

De ahí, paseo hasta la zona del puerto para informarnos del barco de mañana. Los pontones del Bell’Aven«Balade commentée sur l’Aven — Bateau électrique — 07 65 70 48 42» —, con la pizarra puesta con el próximo Départ Samedi 18 Juillet à 18h20. Anotado — mañana quizá cogemos un barquito por el río Aven —.

Vuelta por murales, canal, Bois d’Amour y cena con Toy Story

Subida tranquila por el pueblo, con esas casas de piedra rosada tan bretonas. Aparece un letrero de «Jaguar Parking Only» en una plaza (guiño irónico), un mural bilingüe «Ti Guastell» («la casa del bizcocho») en la fachada de una biscuitería, un mural grande dedicado a los pintores de la Escuela de Pont-Aven — Gauguin, Sérusier, Bernard, en tamaño gigante — y una pegatina street-art de Bob Dylan en un post eléctrico. Bajamos al canal del molino con el cartelito rojo de «Accès interdit inondation» y llegamos hasta el arranque del Bois d’Amour — el bosque en el que Sérusier pintó El Talismán de Sérusier —. Pero lo dejamos para otro día.

Vuelta al Kindred  todavía de día. Julen cena otro potito, con muy buen apetito. Nosotros nos abrimos las bolsa de Gourmandises: los croque-monsieurs y algún bocadillo grande — comida sencilla, salada, muy francesa —. De fondo, Toy Story otra vez en la tele para Julen — Buzz, Woody, Rex y Slinky —, Hemos estado un rato grande viendo la tele y preparando posts y yo acabo de terminar este 🙂

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