Mi primer día de viaje solo, en Londres

El primer día de viaje fuera de España, solo de mi vida. Literalmente. Nunca había aterrizado en ninguna ciudad sin que me esperara alguien o sin ir con alguien. Nagore llegaba al día siguiente — trabajaba el viernes

Era la tercera vez que pisaba Reino Unido. La segunda en la que salía del aeropuerto. La primera por carretera. Lo de la carretera importaba: el bus desde el aeropuerto te enseña Inglaterra desde otro plano. No te bajas en una terminal del centro y te metes al metro. Sales del avión y atraviesas treinta o cuarenta kilómetros de campo verde, motorways anchas, salidas a pueblos con nombres impronunciables.

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Bus desde Stansted con escala mental en Cambridge

Madrid-Stansted. Ryanair FR 5993. Aterricé a las 8:00. Había salido a las 6:30. Recuerdo que había ido a dormir a barajas porque no había metro abierto a esas horas. Y también que tocó un tío gracioso de Ryanair que iba diciendo bromas cada dos por tres mientras intentaba dormir.  Aterricé y enfilé directamente al National Express que conecta el aeropuerto con la Victoria Coach Station.

Me llamó la atención cruzar tan cerca de Cambridge. La M11 pasa al borde y se ve el cartel verde por la ventanilla. Pensé que algún día tocaría ir. Tocaría 17  años después. Nagore repetiría, pero habría uno más 🙂 Me dormí un rato en el bus. Me desperté entrando a Londres y aquello, lo de la periferia, me sorprendió: casas bajas, tiendas de barrio, terrazas de ladrillo, kilómetros y kilómetros de Londres residencial antes de que aparece el Londres de las postales.

El hostel estaba cerca de Marble Arch, en pleno borde norte de Hyde Park. Berkeley Court: un sitio cutrillo, típico b&B con mil escaleras. Que nos había costa 217 GBP por 4 noches. Me acuerdo de una cosa: todos los trabajadores del hostel parecían ser de origen indio. Encargada en recepción, limpieza, todos. Londres me explicó en cinco minutos algo del Imperio que no había leído. Mi madre había vivido en Londres y me había contado mil historias, pero no esperaba tanta separación. 

Londres es el reservorio de capas urbanas más espesa de Europa. Fundada como Londinium por los romanos hacia el año 47 en el cruce más bajo del Támesis, fue sede del Reino de Mercia, capital del Imperio Británico desde el siglo XVIII y, todavía hoy, una de las dos o tres ciudades que articulan la economía mundial. Su centro histórico se ordena alrededor de la City — el kilómetro cuadrado del Banco de Inglaterra y la London Stock Exchange — y se extiende por el West End con Trafalgar Square, Westminster y St James’s, y por el South Bank que arranca al otro lado del río.

El eje turístico arranca en Trafalgar Square con la National Gallery presidiendo, baja por Whitehall hasta el Palacio de Westminster con el Big Ben — apodo cariñoso de la campana, no de la torre, que oficialmente se llama Elizabeth Tower desde 2012—, y cruza el Támesis por el Westminster Bridge hasta el London Eye, la noria de 135 metros instalada en 1999 como Millennium Wheel y nunca desinstalada. La Regent Street de John Nash, las pantallas de Piccadilly Circus, la columna de Nelson y los cuatro leones de Landseer en Trafalgar, ese tipo de iconografía urbana es tan reconocible en cualquier parte del mundo que las fotos no aportan nada nuevo. Y aun así, una vez allí, las haces.

Oxford Street, Pret a Manger y mi primera sopa miso

Dejé la mochila en el cuarto y salí a la calle. Plan: caminar. Lo que tenía claro era que de Marble Arch al centro se hacía andando perfectamente, así que enfilé por Oxford Street rumbo a Tottenham Court Road. Día gris, esa luz británica blanda de octubre que ni es de día ni es de tarde y aguanta horas. Oxford Street es la calle comercial más bestia que recuerdo haber visto en aquel momento con autobuses rojos cada veinte segundos y peatones que no esperan al semáforo.

Tenía hambre. Entré a un Pret a Manger,  por Leiceste Square o por ahí. Y como era la sopa del día y lo más barato, cogí una sopa miso. La primera de mi vida. No tenía absolutamente ni idea de qué era el miso. La tomé y, como la tomaría cualquier persona que no sabe lo que es, supuse que esto comían en Inglaterra los locales. La sopa me supo suficientemente bien.

Trafalgar Square y los leones de Landseer

De Oxford Street tiré hacia abajo, por Regent Street, esa curva característica que va trazando John Nash desde principios del XIX. Pasé por Piccadilly Circus y sentí otro de esos momentos de «aquí estoy yo, check» y enfilé por Lower Regent Street hasta Trafalgar Square.

Trafalgar Square era exactamente lo que esperaba. La National Gallery al fondo con su columnata neoclásica, la columna de Nelson al centro coronada con la estatua del almirante, los cuatro leones de Landseer alrededor de la base — sí, leones de bronce, sí, descansando en posición de esfinges, sí, gente trepando — y las dos fuentes encajadas a izquierda y derecha. Foto, paseo lento y hacia el Big Ben.

Big Ben, Westminster Bridge y una limpiadora amable en un baño victoriano

De Trafalgar a Westminster es paseo corto por Whitehall. El Palacio de Westminster apareció a su tiempo con su Elizabeth Tower recortada contra el cielo gris, andamiada en la base por esas restauraciones constantes que la pobre lleva un siglo aguantando. Foto con el autobús rojo de dos pisos, claro. Recuero pensar «está todo al lado»

Antes de cruzar el puente paré en unos urinarios públicos subterráneos de los antiguos — esos baños victorianos descendentes con barandilla de hierro forjado y azulejos blancos abajo, que sobreviven en algunos puntos del centro—. Recuero que un señor me dijo algo amable que no entendí del todo. Le devolví un thank you. Cosas pequeñas que se quedan grabadas precisamente por su poca importancia.

Crucé Westminster Bridge. El London Eye ya allí enfrente con el County Hall al pie, ambos en la orilla sur. La noria estaba ya tan asentada en el skyline que ni recordaba que era un cacharro montado para el milenio. Y junto al County Hall, en un cartel grande, una exposición de Dalí en curso. Dalí en Londres. No entré — el día era para callejear, no para colas en taquilla — pero apunté que sí, que el Dalí Universe estaba ahí.

El primer Apple Store de mi vida

De vuelta hacia el norte, callejeando por Whitehall y subiendo otra vez por Lower Regent Street, ya anocheciendo llegué al Apple Store de Regent Street, el primero que abrió fuera de Estados Unidos en 2004, edificio neoclásico convertido en una nave de cristal y madera clara con miles de iPhones e iPods sobre mesas alargadas. Era el primer Apple Store que veía en mi vida. En Madrid no había todavía. No entré a comprar nada pero estuve dentro un buen rato como en un museo, navegando por internet y recuerdo llamar a casa o a Nagore desde un iphone, no bloqueado :-)Calle abajo, otra parada: la Ferrari Store de Regent Street, con los modelos en el escaparate, los polos rojos y las cosas para coleccionistas.

El primer Apple Store fuera de Estados Unidos abrió en Regent Street en noviembre de 2004, en un edificio neoclásico de 1898 de la Liberty Mortgages reconvertido al lenguaje de Apple: tres plantas, escalera central de cristal, mesas alargadas de madera clara, tableros táctiles de pruebas y un Genius Bar al fondo. Para una ciudad que en 2009 todavía no había abierto su primera Apple en Puerta del Sol — esa llegaría en 2014—, ver una tienda así por dentro era casi un acontecimiento.

El edificio cerró sus puertas en 2017 para una reforma profunda de Foster + Partners que dejó el espacio en algo más parecido al concepto actual de town square que Apple ha perfilado en Milán, Macao o Bangkok. Pero la versión de 2009, con los iMacs de aluminio y las mesas separadas por categoría, es la que se queda en el recuerdo de quienes nunca habían pisado una. Quien la pisó por primera vez, no la olvida.

Piccadilly Circus de noche

Cayó la tarde y volví hacia Piccadilly Circus a horas en las que ya estaba encendido del todo. Las pantallas curvas de la esquina — las clásicas, con TDK, Sanyo, Coca-Cola, Samsung, Intel, Barclays— funcionando a tope con su luz parpadeante. TDK y Sanyo aguantarían en la fachada hasta 2011, después se irían — pero esa noche todavía estaban como llevaban estando desde los años 80—. Foto larga, autobús rojo pasando, el Eros del centro con su arco, el London Pavilion con su rótulo de Ripley’s Believe It or Not! encendido en rojo. La escultura de The Horses of Helios de Rudy Weller en Haymarket — esos cuatro caballos de bronce embistiendo sobre una fuente — me llamó la atención porque no la había visto en ninguna foto antes. La encontré yo solo, andando.

Subir las escaleras del hostel echando de menos

Al final del día subí al hostel cansado. Mucho. No solo del andar, también de la cabeza. La sensación rara de haber paseado por una ciudad enorme con la voz interior trabajando: echaba de menos a Nagore. Tampoco mucho — al fin y al cabo, era cuestión de horas — pero lo notaba. Y me preguntaba si esto de viajar solo, hasta qué punto era mi cosa.  Me dormí pronto. Al día siguiente, ya bien entrada la mañana, oí un suspiro familiar subiendo por la escalera del hostel hasta la última habitación. Nagore. Asomé la cabeza y desde aquel momento el viaje empezó otra vez.

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