Por la mañana, todavía medio dormido, oí a Nagore subiendo por la escalera del hostal. Y el viaje volvió a ser cosa de dos. La duda del día anterior — la de viajar solo — se evaporó en cuanto entró. Mucho mejor con ella 🙂
Plan: improvisar. Acabaríamos cruzando Londres de norte a sur, hacer todo el South Bank de un tirón hasta Tower Bridge, y volver de noche por el centro. Como Nagore ya había vivido en Londres antes, este día le tocaba ejercer de cicerone oficial.
La Massería y bajada por Oxford Street
Primero, desayuno. Econtramos La Massería, un italiano pequeñito que estaba a cinco minutos del hostal — todavía sigue abierto, por cierto—, y del que tenemos muy buen recuerdo. Volveríamos cada día. Recordamos a un chico y una chica como camareros. Cappuccino, brioche, mermelada. La foto de la entrada de rigor. Para empezar un día así, no se podía pedir más.
Carnaby Street
De allí enfilamos por Oxford Street. A diferencia del día anterior, hoy lucía un precioso sol. Pasamos delante de Selfridges con la marquesina dorada, los autobuses rojos cada veinte segundos, peatones que no esperan al semáforo.
Nos metimos por Carnaby Street, la calle peatonal del Soho donde nació el swinging London de los sesenta. Arco con el rótulo «Welcome Carnaby Street» colgando, tiendas independientes, mucho color. Justo detrás, doblando una esquina, lo inesperado: la Liberty London. Una fachada Tudor falsa, de los años 20, construida con las maderas de dos navíos de guerra desguazados. El edificio más Tudor que verás en pleno Londres del XXI, y todo es escenografía.
Bajamos por Regent Street con su curva característica de John Nash hacia el sur. En algún punto antes de Trafalgar, nos desviamos a una sucursal de la CECA que había cerca que Nagore conocía porque se podían sacar libras sin comisión —.
Trafalgar Square sin entrar a ningún museo
Llegamos a Trafalgar Square a media mañana. La National Gallery al fondo, los cuatro leones de Landseer, las dos fuentes, la columna de Nelson en lo alto. Yo me planté frente a la portada de la National. Pero en este viaje no íbamos a entrar a ningún museo.
El Trafalgar Square es el centro turístico de Londres por consenso colectivo más que por planificación. Levantada en 1844 sobre los antiguos establos del rey, fue concebida por John Nash y completada por Charles Barry como una plaza-monumento dedicada a la victoria del almirante Horatio Nelson en la batalla naval de Trafalgar en 1805, en la que murió. La columna central, de granito de Aberdeen, mide 51 metros y la estatua del propio Nelson 5,5 metros: siempre mirando hacia Portsmouth, hacia el mar.
Los cuatro leones de bronce a la base son obra de Sir Edwin Landseer, instalados en 1867 — dieciocho años después de la columna — y fundidos con metal de los cañones de los barcos franceses capturados en la batalla. La National Gallery, en el lado norte, abrió en 1838 con sus 38 cuadros fundacionales y hoy tiene más de dos mil; la entrada sigue siendo gratuita.
Lo dijimos en voz alta como recordatorio: el plan era andar Londres. Nagore tenía gente de Trafalgar a la espalda y me iba explicando todo lo que tenía detrás, como una guía improvisada — el British, las plazas, los caminos —. Yo no tenía tampoco ningún interés particular por entrar; era de esos viajes para andar la ciudad.
Westminster, Big Ben en obras y la orilla del Támesis
De Trafalgar bajamos por Downing Street, creo que fue este día. Y después el Palacio de Westminster apareció, con la Elizabeth Tower recortada — el Big Ben estaba en obras, andamiado por la base. Pasamos por la Abadía de Westminster por fuera, sin entrar (otra vez, sin museos), y enfilamos hacia el puente.
Cruzamos Westminster Bridge. London Eye, County Hall, el rótulo «AQUARIUM» del SEA LIFE.
Caminando por la orilla con la marea baja
Y de ahí empezó la media maratón a pie por el South Bank — curiosamente en el sentido contrario al que la haríamos años después en otro viaje—. Desde Westminster hacia el este, pegados al río, hasta llegar al City Hall y Tower Bridge. El Támesis estaba con la marea baja dejando ver los guijarros del fondo.
Tomamos unas patatas para picar, café yo, Coca-Cola Nagore. Sentados en una de las muchas terrazas. Yo tengo un recuerdo muy guay de todo ese paseo.
Continuamos por la orilla: Hungerford Bridge, Royal Festival Hall, Gabriel’s Wharf con sus talleres de colores, el Millennium Bridge apuntando hacia St Paul’s, el Tate Modern en la antigua Bankside Power Station. Otra vez la decisión de no entrar, ni siquiera al Tate. Caminar por Londres. El Shakespeare’s Globe, con su tejado de paja, anunciaba «Young Hearts» en la fachada para esa noche. Nagore me declaró su amor, cual Julieta con Pringles.
Southwark, More London y un barco que no identifiqué
Cruzamos por Southwark Bridge en algún momento — o lo bordeamos sin cruzarlo — y atravesamos la zona vieja del Bankside con sus pubs y la Clink Street, la calle empedrada con los restos del antiguo Winchester Palace medieval encajados entre edificios modernos.
Pasamos por delante de un barco amarrado en mitad del río que en aquel momento no supimos identificar. Y desembocamos en More London, el complejo de oficinas modernas de Foster & Partners a la orilla sur del Támesis, con sus rampas, sus láminas de agua, los bancos de granito con el grabado «morelondon» y, en el centro, el icónico City Hall — sede del alcalde Boris Johnson en aquel momento—.
Tower Bridge a pie y una silla que estaba en Domestika
Y allá, al final, Tower Bridge. El puente que es moderno y antiguo a la vez. Fotos reglamentarias desde la orilla sur, los dos juntos con el puente al fondo, el puente solo con el sol a contraluz. Y lo cruzamos a pie por la pasarela peatonal de abajo. Cada vez que cruzo ese puente pienso en Spice World con el autobús saltando entre los dos tableros levantados.
Ya en el lado norte, salimos a la zona de la Torre de Londres con sus muros de granito y las almenas. Lo del museo, tres cuartos: no entramos 🙂 Hoy en día (2026) seguimos sin haber entrado.
Volviendo hacia el oeste, en algún escaparate de tienda de diseño, paramos en seco. Una silla Eames que costaba un sueldo entero. Me paré a hacer una foto porque esa la teníamos en Domestika». Era la época en la que yo aprendía que hay muebles de diseño y eso 🙂
Piccadilly y Trafalgar de noche
Metro de vuelta al centro. Los pies cansados, la cabeza llena. Salimos al anochecer otra vez a Oxford Street y nos pegamos un paseo lento por los escaparates iluminados del Selfridges, por Carnaby con las luces colgantes, por Kingly Court. Soho de noche, pubs llenos, gente fuera a pesar del frío.
Acabamos en Piccadilly Circus a la hora a la que cobra todo su sentido. Las pantallas curvas rugiendo con Coca-Cola, Samsung, Sanyo, TDK, Intel, Barclays. El Eros, el London Pavilion con el rótulo de Ripley’s en rojo. Los autobuses rojos pasando cada veinte segundos.
Pensamos cenar en un italiano cerca pero no nos cuadró ninguno — uno estaba lleno, otro caro, el tercero cerraba la cocina—. Acabamos picoteando en otro sitio que ya no recuerdo. Y vuelta otra vez a Trafalgar Square, ahora con las fuentes iluminadas y la Columna de Nelson recortada contra el cielo oscuro. Después bajada al Támesis a observar el South Bank iluminado, apoyados en uno de los muretes .
De vuelta al hostal: todo estaba cerca, efectivamente, como dice Nagore. Después de un día así, Londres parece manejable. Habíamos andado el equivalente a media maratón y al día siguiente nos esperaba más.


















































































































































































