Holandeses errantes: Gouda, La Haya y Róterdam

El segundo día de viaje nos lo planteamos como un triple salto: Gouda por la mañana, La Haya a medio día y Róterdam al caer la tarde.

Nos despertamos con la luz entrando por la ventana abuhardillada de nuestra habitación del Airbnb en el centro de Gouda —desde ahí se veía perfectamente la torre de la Sint-Janskerk recortada sobre los tejados— y bajamos a desayunar a una cafetería en la calle principal que se llama de Huyskamer van Herfst: pegada a la Banketbakkerij Herfst, sillas amarillas, pizarra con Koffie & Taart escrito a mano y un mostrador del fondo donde nos sentamos. Un café latte y croissant.

Después del desayuno fuimos a una librería grande que tenían casi al lado, de zaak, con sus estanterías de doble altura y la bandera azul colgando sobre la calle. Allí nos llevamos: De kleine prins, el Principito en neerlandés, porque el Principito en cada idioma local es costumbre ya en cada viaje desde 2016.

Salimos de la librería en dirección a la Markt, la plaza principal con el Stadhuis en el centro, y por el camino entramos en un par de tiendas de queso porque… porque estábamos en Gouda.  Nagore no podía probar mucho, los quesos sin pasteurizar quedaban descartados por el embarazo, pero recuerdo perfectamente una bandeja con dados con palillo en la entrada de una de ellas, otra boerderijkaas familiar (queso de granja), y la pared de ruedas selladas con cera de colores: rojo, negro, verde, amarillo, hasta el de la cera verde que llevaba algo de Heineken. Probamos algunos – a Nagore le dijeron alguno que sí podía probar, y seguimos camino. Este día no compraríamos nada aún.

Pasamos por el lateral de la Sint-Janskerk —la iglesia más larga de los Países Bajos–  y nos asomamos a la entrada principal con dos banderolas Sint-Jan colgando del pórtico, pero no entramos: se pagaba y queríamos llegar a tiempo al tren de La Haya. En la fachada de Achter de Kerk nos paramos a leer el cartel dedicado a Erasmo, y de ahí enfilamos hacia el centro.

Llegamos a la Markt y era día de mercado: la plaza entera puesta con puestos de flores —tulipanes, jacintos, narcisos en abundancia—, panaderías, dos puestos amarillos de pescado con cartel de Gebakken Kibbeling y Vissnacks, un puesto de waffles holandeses —los stroopwafels, los poffertjes—, y al fondo el Stadhuis gótico con sus persianas rojas y blancas. Dimos un buen paseo por los puestos, hicimos las fotos de rigor con la fachada del ayuntamiento, e ibamos a seguir hacia la estación cuando sonó el carillón del Stadhuis: un pequeño balcón en el lateral oeste con figuras animadas que salen a marcar las horas —un poppenspel, dicen aquí— y que conmemora justamente los derechos de ciudad otorgados a Gouda por el conde Floris V de Holanda en 1272. En el suelo de la plaza, una placa redonda en latón con la palabra Kaasstad Gouda —Gouda, ciudad del queso— certificaba lo evidente.

De camino a la estación nos metimos en dos sitios más que merecen mención: una librería de segunda mano, 1e keus in 2e hands — llenos de comics holandeses en cajones—, donde Nagore reconoció enseguida los Tintines (Kuifje) y los Asterix. Allí compramos un libro de Miffy, Nijntje, el conejo blanco de líneas elementales que el ilustrador Dick Bruna inventó en Utrecht en 1955. El libro de Miffy era el primero de Julen. Iba a llegar al mundo unos meses después y lo iba a estrenar al estilo bebé: babeándolo entero, mordisqueándolo… y paramos también en una tienda de discos en la misma calle, Free Music — high fidelity, con un cartel desvaído de Hits Lex Harding sobre el mostrador, vinilos amontonados sobre el suelo y CDs ordenados con la prolijidad de las tiendas que llevan décadas abiertas. Me suena haber visto un disco o shazamer algo de Gonzalez, pero no compramos nada: salimos y echamos a andar hacia la estación. Nos cruzamos con una garza preciosa. 🙂

En el supermercado de enfrente de la estación, al que entramos, vimos un cartel naranja a tamaño póster con la fecha 26 y 27 de abril. Faltaba un mes para el día del rey y la ciudad ya andaba preparando el ambiente; nosotros nos lo perderíamos por solo unas semanas.

Tren a La Haya bajo el diluvio

La estación de Gouda tiene una arquitectura curva muy distintiva, con un techo metálico que en el vestíbulo se traduce en una cúpula con vidrieras de colores —azules, verdes, ámbar— que filtran la luz incluso en un día gris. Subimos al andén, NS app en mano, rumbo a Den Haag Centraal Mordisqueamos un bocadillo en el tren, asistimos a los primeros molinos serios del viaje desde la ventanilla y, cuando bajamos en La Haya, estaba diluviando. De esos días de lluvia con gotas grandes que parecen sacados de un cuadro flamenco gris.

Den Haag Centraal sorprende por dentro: el techo se resuelve con un patrón geométrico de rombos vidriados que parece más un atrio de aeropuerto japonés que una estación europea. Cruzamos el vestíbulo, salimos al Koningin Julianaplein, compramos un paraguas – un clásico de nuestros viajes -y nos metimos por la Wijnhaven rumbo al centro.

La Haya es una rareza institucional: capital de facto pero no de iure de los Países Bajos. El reino tiene su hoofdstad en Ámsterdam por imperativo constitucional, pero la sede del gobierno, los ministerios, el Estado General y la Corona están en Den Haag desde el siglo XIII. El núcleo histórico es el Binnenhof, un complejo gótico construido alrededor de la Ridderzaal —la Sala de los Caballeros, de finales del siglo XIII— y rodeado por el estanque del Hofvijver, donde los condes de Holanda tenían su pabellón de caza. De ahí el nombre de la ciudad: Den Haag, ‘s Gravenhage —el seto del Conde—.

Frente al Binnenhof, asomado al mismo estanque, se levanta el Mauritshuis: una mansión barroca construida en 1641 para Johan Maurits de Nassau-Siegen y convertida en museo en 1822. Aunque pequeño —apenas quince salas—, atesora algunas de las pinturas neerlandesas más célebres del Siglo de Oro: La Joven de la Perla de Vermeer, La Lección de Anatomía del Dr. Tulp de Rembrandt, El jilguero de Carel Fabritius, decenas de Steens, Frans Hals, Ruisdael, Potter. En 2024 acogió la gran exposición Roelandt Savery’s Wonderlijke Wereld, dedicada al pintor flamenco-utrechtés y a su catálogo de animales exóticos, dodos incluidos.

El primer impacto, aún con el paraguas chorreando, fue la galería comercial De Passage, el más antiguo pasaje cubierto de los Países Bajos (1885). Es ese tipo de espacio decimonónico con bóveda de cristal y arcos pintados que ahora cobija un par de docenas de tiendas: pasamos por delante de P.W. Akkerman, una histórica tienda de plumas estilográficas, y por la boekhandel de turno. Salimos por el otro extremo al Spuistraat, donde un tranvía rojo y amarillo de HTM —los tranvías de La Haya— circulaba con cuidado entre los charcos. Vimos también el tranvía histórico turístico, un modelo antiguo color crema con publicidad de Madurodam.

El paseo nos llevó a la Grote Markt, la otra plaza histórica, con la Grote Kerk (o Sint-Jacobskerk) al fondo, y de ahí al pequeño laberinto comercial del centro: en el camino fichamos una Warhammer Store en pleno escaparate y, especialmente, una tienda de videojuegos con la que disfrutamos un rato Gameshop, llena de cajas de juegos retro, estatuas de Fallout 3, carteles de Zelda y un letrero juguetón que decía alle dozen zijn leeg —todas las cajas están vacías—. No compramos nada. Pero, justo al lado, encontramos un Gamestate —una sala recreativa morada con varios arcades de Mario Kart, otro clásico de nuestros viajes, o el Space Invaders gigante, que descubrimos en Nueva Zelanda años atrás.

Salimos al Plein, la plaza con la estatua ecuestre de Guillermo de Orange en bronce mirando hacia el horizonte como si estuviera apuntando al mar del Norte, y rodeamos el Buitenhof hasta llegar a la Gevangenpoort —la antigua puerta-prisión medieval—. Allí, junto al estanque del Hofvijver, se nos abrió la postal típica de La Haya (y de la que nosotros no teníamos ni idea): el Binnenhof reflejándose en el agua, con sus torres góticas, las banderas naranjas a media asta por obras y a la izquierda, asomando, la fachada amarillenta del Mauritshuis.

Frente al Mauritshuis vimos una furgoneta amarilla de churros españolesSpaanse Churros, decía con todas las letras— aparcada bajo un árbol del Hofvijver. Nos hizo gracia: lo más español de la plaza del parlamento neerlandés. Junto al estanque también vimos el Haags Historisch Museum y, antes de entrar al museo, la estatua sedente de Johan van Oldenbarnevelt, el landsadvocaat ejecutado en 1619 por orden del propio Mauricio de Nassau.

El Mauritshuis estaba con cola en taquilla y decidimos no hacerla: bajamos por la entrada subterránea acristalada y nos plantamos en la Brasserie de abajo, donde – otra de nuestras tradiciones – comimos en el muse. La sopa del día estaba buenísima. En la tienda del museo nos llevamos un libro sobre «cómo ver cuadros» y dimos una vuelta por el espacio expositivo del vestíbulo: un mural gigantesco de la Joven de la Perla con su mirada que persigue, postales con La Lección de Anatomía del Dr. Tulp, reproducciones de Frans Francken, el cartel de la exposición de Roelandt Savery con sus pájaros exóticos. En una caso de meta-meta-meta narración hicimos una foto a la postal de Apeles pintando a Campaspe que representa el cuadro que a su vez está representado en el (divertidísimo) juego Procession to Calvary

Bordeamos después el Mauritshuis hasta la Mauritspoort y nos acercamos pero no pudimos entrar al patio del Binnenhof: la Ridderzaal medieval, con sus torres puntiagudas como un cuento de hadas, estaba envuelta en andamios. Un cartel oficial explicaba el proyecto Binnenhof Renovatie, una restauración integral que ha tenido el parlamento mudado a una sede temporal en otro edificio de la ciudad durante años. Salimos por el otro lado, al Plein otra vez, con Willem van Oranje vigilando otra vez la escena.

De vuelta hacia la estación pasamos por el cine Pathé IMAX en la Spuimarkt —una mole moderna que rompía el ritmo monumental del centro— y como a ambos nos sonaba estuvimos investigando un poco: la marca la fundaron los hermanos Charles, Émile, Théophile y Jacques Pathé en Francia en 1896, productores pioneros del cine y la industria del disco, y que su gallo dorado sigue siendo el logo más antiguo del audiovisual europeo. Cruzamos por delante de Chuck —la sala de conciertos bajo el viaducto del tranvía, con el mural urbano característico— y llegamos a Den Haag Centraal empapados pero contentos. Nos despedimos del andén de los intercities y nos metimos en la línea Metrolijn E (R-NET), rumbo a Rotterdam.

Róterdam: Markthal, cubos y Erasmusbrug

Cambiar de La Haya a Róterdam es una de esas transiciones que se notan inmediatamente. Después del barroco gris y los tranvías clásicos, Róterdam nos recibirá con su skyline contemporáneo a quince minutos del Hofvijver. Llegamosa la estación —nos costó algo entender el sistema de billetes porque parte era metro y parte cercanías y había que validar tarjetas distintas— y empezamos a andar, enfilando hacia la Lijnban, con su letrero vintage.

La Lijnbaan es la calle comercial principal de Róterdam, inaugurada en 1953 sobre el solar arrasado por el bombardeo alemán de mayo de 1940. tiene la distinción de haber sido la primera calle peatonal exclusivamente comercial de Europa, un experimento urbanístico al que el resto del continente miraría durante décadas: la idea era radical para la posguerra: jardineras corridas, bancos, esculturas, pajareras y marquesinas de madera que protegen del clima, todo organizado a escala humana y sin un solo coche. A pesar del escepticismo inicial de los comerciantes, la fórmula funcionó: la Lijnbaan se llenó de tiendas de gama alta y se convirtió en destino de paseo dominical desde todos los Países Bajos. Los años ochenta la dejaron languidecer —los comercios familiares cedieron a las cadenas, las persianas metálicas se cerraban temprano— pero a partir de la década de 2010 el barrio se ha ido reactivando como zona de encuentro para un público más joven, en paralelo a las grandes reconfiguraciones del centro comercial del Beurstraverse y del Markthal a pocos pasos.

Desde allí y tras pasar por una enorme librería, iríamos hacia el puerto, rumbo al único elemento visual que yo tenía en la cabeza de Rotterdam, las torres donde se encuentra el Nhow.

El museo martítimo estaba cerrado, aunque nos dejaron entrar al baño.  Antes de ir hacia allí, en la ribera frente al museo  había gente metida en un jacuzzi flotante: una de esas curiosidades rotterdamesas, con unos cuantos bañistas disfrutando del agua caliente al borde del río mientras nosotros mirábamos con cierta envidia.  Seguimos avanzando y cruzamos hacia el Nhow. Es un hotel que recuerdo de cuando trabajaba para NH, que era su propietaria en aquel momento. Entramos al vestíbulo, dimos una vuelta y nos fuimos 🙂

Róterdam tiene una identidad arquitectónica radicalmente distinta a la del resto del país porque fue prácticamente arrasada el 14 de mayo de 1940 por el bombardeo alemán que destruyó casi 25 000 edificios en el centro. La reconstrucción se decidió no como restauración sino como reinvención, y desde entonces la ciudad es un laboratorio permanente de arquitectura contemporánea: la Erasmusbrug de Ben van Berkel (1996), los rascacielos de la Kop van Zuid, el Markthal de MVRDV (2014), las Kubuswoningen de Piet Blom (1984), la De Rotterdam de Rem Koolhaas, el Depot Boijmans Van Beuningen de MVRDV (2021): la ciudad puede recorrerse como un catálogo en vivo de arquitectura de los últimos sesenta años.

En la ribera sur del Maas, en la Kop van Zuid, sigue de pie uno de los pocos edificios prebélicos del puerto: el Hotel New York, antigua sede central de la Holland-America Line entre 1901 y 1971. De aquí salieron, durante setenta años, los transatlánticos que llevaron a Estados Unidos y Canadá a casi tres millones de europeos —entre ellos buena parte de los emigrantes neerlandeses, alemanes, polacos y judíos del siglo XX—. El edificio, con sus dos torres gemelas neoflamencas, es hoy un hotel y restaurante de referencia y uno de los puntos imprescindibles del paseo por la ciudad.

Salimos de vuelta hacia el norte, cogimos el metro otra vez en una parada justo al lado de la Wilhelminapier —la zona del antiguo puerto reconvertida en barrio residencial con rascacielos firmados por los mejores arquitectos del cambio de siglo— y bajamos en Beurs, en pleno centro. Nos pedimos un café en McDonald’s, Nagore puso su cara de pensar y fuimos hacia el Markthal, sin saber muy bien lo que nos encontraríamos. Ese arco gigante diseñado por MVRDV e inaugurado en 2014: un edificio de obra civil enorme con forma de túnel vivido —apartamentos en el exterior, mercado dentro— cuya cubierta interior es la mayor obra de arte del país, un mural digital de 11 000 metros cuadrados llamado De Hoorn des Overvloeds —el Cuerno de la Abundancia— con frutas, verduras, peces y flores ampliadas a tamaño catedral. Entramos. El mercado estaba ya recogiéndose porque era tarde, pero todavía olía a especias, queso, salmón curado, hierbas. Hicimos las fotos de rigor mirando hacia arriba con la boca abierta —no se puede no hacerlas— y nos quedamos un rato dando vueltas entre los puestos.

Justo detrás del Markthal están las Kubuswoningen —las casas cubo de Piet Blom, de 1984—: treinta y ocho cubos amarillos basculados 45° sobre pilares hexagonales que conforman una aldea elevada peatonal sobre el viaducto del Blaak. Hay una de ellas habilitada como Kijk-Kubus, museo abierto al público, pero no entramos: nos quedamos con el paseo por la plataforma y las miles de fotos desde abajo y desde el lateral. Justo al lado se levanta el Blaaktoren —apodado het potlood, el lápiz— y se ve la estación Blaak, con su techo en forma de plato volador.

Saliendo de los cubos cogimos rumbo al sur. Cruzamos el Blaak, bordeamos la zona de la Beurs y nos metimos por el laberinto de calles peatonales hasta llegar a la orilla del Nieuwe Maas. El sol se había abierto un hueco entre las nubes —después de la lluvia de La Haya parecía un regalo— y a contraluz se nos plantó el Erasmusbrug, el puente que todo el mundo asocia con Róterdam: blanco, con su torre asimétrica de 139 metros, los tirantes de acero abriéndose como las cuerdas de un arpa.

Estaba ya atardeciendo cuando volvimos a entrar al Markthal, esta vez con la luz cálida del sol que entraba en horizontal por los dos extremos del túnel: la cubierta cubista con las frutas digitales encima reluciendo como una catedral pop. Casi nos gusta más esa segunda visita que la primera, con la luz casi rasante y los puestos en silencio.

Cogimos el último tren a Gouda. Justo al salir de la estación de Gouda nos metimos en el Albert Heijn de la propia estación —el supermercado neerlandés por excelencia—, compramos algo para acompañar y ya a casa a calentar las pizzas del día anterior, las que nos habíamos llevado de la pizzería del agua a tres euros. Estaban mejor de lo que esperábamos.

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