Arrancamos la crónica de un viaje que ya quedaba marcado por algo que en ese momento aún no tenía nombre. Sería el último vuelo de los dos, en mucho tiempo. Bueno, de los dos visibles, porque dentro de Nagore viajaba ya Julen, con dieciséis semanas de embarazo. Pero claro, en aquel momento aún no era Julen. It´s very difficult todo esto.
Para mí era mi segunda visita a Países Bajos – solo que entonces se llamaba Holanda – y para Nagore era además su primera vez. (Me recortó país brrrr)
Habíamos organizado el viaje como parece lógico en un país pequeño y un sistema de trenes tan bueno como el holandés. La decisión fue quedarnos seis noches en un Airbnb precioso en Gouda, mucho más barato que Amsterdam, y movernos desde allí a lo que se cruzara —Ámsterdam, La Haya, Róterdam—. La elección de Gouda, además, tenía algo de guiño: la ciudad del queso y de los stroopwafels, ni demasiado turística ni desconocida.

La pizzería del agua a 3 €
A las tres y media yo ya estoy con la tarjeta de embarque abierta en el Passwallet —Iberia Express IB MAD-AMS, salida 16:50— y veinte minutos después junto a las puertas H9 y H11, en el ramal H de la T4 donde salen casi todos los vuelos cortos al norte de Europa. Llegamos a Schiphol ya entrada la tarde, con las dos torres de control características recortadas al fondo del finger.
El vuelo lo compartimos con un grupo de músicos españoles. La terminal de Schiphol nos recibió con los carros azules característicos, el león naranja del Welcome to Holland, un anuncio enorme de Sixt —Loves Oranje. Choose orange in the country of orange— sobre un Mini naranja.
Ya en el Schiphol Plaza, esa enorme nave central con tiendas, bajamos directamente a la Schiphol Railway Station: el aeropuerto de Ámsterdam está justo debajo del andén, una maravilla de ingeniería sin la cual la idea de quedarnos en Gouda no habría salido nunca.
Bajamos la app de los Nederlandse Spoorwegen, (todos los días usaríamos ya la lógica de buscar los horarios y comprar los billetes directamente en la app al llegar a cada estación) y nos plantamos en el andén con el itinerario ya cargado en la app: Schiphol Airport → Den Haag Centraal → Gouda, con transbordo en La Haya. Los intercity azules y blancos de NS son una de esas cosas pequeñas que terminan formando parte del recuerdo de un país. El primer tramo fue largo y ya anochecía cuando salimos; en Den Haag Centraal dimos la vuelt completa al andén con las maletas y cogimos el regional rumbo a Gouda. Llegamos pasadas las ocho y media de la noche.
Los míticos parkings de bicicletas gigantescos de las estaciones holandesas se cumplen ya en el primer minuto de salir del andén: el de Gouda nos pilló en el paso subterráneo, doble altura, decenas de filas. Y encima un mural pintado en azulejos blancos y azules en el pasillo bajo las vías. La Stationsplein tenía un letrero luminoso con la palabra GOUDA en cursiva dorada, casi como una escultura, y la estatuilla del Gouds Marktbeeld presidiéndolo. Cogimos las maletas y en marcha.
Nuestro Airbanb estaba en el centro. En una casa preciosa propiedad de Damien and Tash. A pocos minutos de Hoogstraat, que a esa hora estaba ya casi desierta. Una casa típica holandesa, estrecha y alta, con las escaleras empinadísimas que ya nos habían avisado y que, con la barriga de Nagore, se convirtieron en un primer rito. Nos abrió Damien, conocimos al único otro huésped — de Tasmania – y dejamos las cosas en nuestra habitación, una buhardilla en el último piso con baño propio, lo cual era un pequeño lujo. A mí flipó el jabón de manos que tenían en la repisa del lavabo: olía increíblemente bien.
La pizzería del agua a 3 €
Salimos a cenar al sitio menos exótico posible: la pizzería justo a la vuelta de la esquina del alojamiento. Y aquí entra una anécdota que ya forma parte de nuestro lore familiar.
Pedimos agua. Dos vasos de agua, sin más, esperando lo de cualquier sitio. La camarera nos los trajo. Comenzamos a cenar. Sonaba Andrea Bocelli. Nagore me explicó que es ciego. La camarera nos preguntó si queríamos más agua. Dijimos que sí. Yo creo que la vi apuntarlo en su control de comanda en la barra o algo así, porque ahí ya pensé que nos los iban a cobrar. Cuando vino la cuenta nos habíamos gastado 12 euros en cuatro vasitos de agua. No lo recordamos particularmente como algo malo, fue tal la sorpresa que ese sentimiento ganó. La pizzería en sí estaba bien de precio, la camarera fue toda amabilidad y tuvimos pizza para cenar en casa dos días.
Gouda es una ciudad de unos setenta mil habitantes en la provincia de Holanda Meridional, atravesada por canales y rodeada de pólderes. Recibió sus derechos de ciudad en 1272 de la mano del conde Floris V de Holanda, y rápidamente se convirtió en un nudo comercial entre el Ijssel, el Rin y el mar del Norte, especializada en la cerveza, los textiles y, sobre todo, el queso que aún hoy lleva su nombre.
El centro medieval se ordena alrededor de la enorme Markt, una plaza triangular dominada en su centro por el Stadhuis de mediados del siglo XV, uno de los ayuntamientos góticos más antiguos de los Países Bajos, levantado entre 1448 y 1450 como un volumen exento con escalinata frontal y contraventanas pintadas en rojo y blanco. En esa misma plaza se sigue celebrando, los jueves de verano, el mercado del queso —el Goudse kaasmarkt—, herencia directa de los privilegios medievales que convirtieron a Gouda en el principal punto de venta de quesos de Holanda.
Como aún era pronto y nos quedamos con ganas de paseo, nos lanzamos a conocer el centro de Gouda de noche, prácticamente para nosotros solos. Bajamos por el lateral del Stadhuis, el ayuntamiento gótico que preside la Markt desde mediados del siglo XV: la plaza ya vacía, iluminada en amarillo cálido, con el edificio recortado contra la oscuridad. (Estaba las terrazas con gente cuando habíamos pasado con las maletas un par de horas antes)
Pasamos por la fachada de una tienda de quesos ya cerrada, con un cartel circular GOUDA sobre la vitrina y las ruedas amarillas apiladas iluminadas como si fueran objetos de museo. Lo eran, un poco.
Y siguiendo el contorno de la plaza llegamos a lo que rápidamente bautizamos como «el vending más bonito del mundo»: una pared entera de máquinas expendedoras de stroopwafels, con casilleros iluminados en azul, pantalla táctil central y un sistema parecido al de las taquillas de Amazon —eliges el waffle en la pantalla, se abre una ventanilla pequeña con una persiana, lo recoges—. Eran cerca de las once de la noche y, según el cartel, la cosa estaba abierta hasta las dos de la madrugada. Compramos un par para probar y nos los llevamos en la mano.
Casi pegado, en el primer escaparate digital con el que nos topamos, vimos un anuncio de bol.com, la Amazon holandesa Yo lo reconocí al instante porque años atrás, cuando estuve estudiando neerlandés unos meses, me había comprado los libros desde allí, reconocer su logo en mitad de una calle de Gouda fue un guiño bonito.
La Sint-Janskerk, dedicada a Juan Bautista, es la iglesia más larga de los Países Bajos: 123 metros de nave en una sola alineación, lo bastante para que la silueta domine el casco antiguo de Gouda incluso visto desde lejos. Hay registros de un templo en el lugar desde el siglo XIII, pero el edificio actual nació tras los incendios sucesivos de 1438, 1552 y 1572, que obligaron a reconstruirla cada vez que parecía terminada.
Su fama, sin embargo, no descansa en la planta sino en las Goudse Glazen: un conjunto de vidrieras del siglo XVI diseñadas en su mayoría por los hermanos Crabeth, que sobrevivieron milagrosamente a la Reforma protestante porque la ciudad —en una decisión tan pragmática como inhabitual— prefirió pagar para conservarlas en lugar de destruirlas. Sesenta y ocho vidrieras en total, repartidas entre ciclos católicos (los anteriores a 1572) y protestantes (los posteriores), conviven en el mismo edificio: una rareza en Europa que hace de la Sint-Janskerk un caso de estudio del propio relato religioso de los Países Bajos.
Antes de volver, bordeamos un tramo de la Sint-Janskerk sin entrar —a esas horas estaba ya cerrada— y por un club abierto, con su neonrosa apagado sobre uno de los pequeños canales del barrio, una postal que nos hizo pararnos.
Y vuelta al Airbnb, escaleras empinadísimas mediante. Nuestra buhardilla, como la llamó Nagore esa noche. El jabón olía bien también la segunda vez. Cerramos el día con la sensación de que el viaje empezaba pisando con buen pie y con esa idea que comenzábamos a ser tres.












































