El lunes de Pascua en Países Bajos amanecimos un poco más contentos: el cielo se había despejado de verdad y por delante teníamos un día rico en imprevistos. Plan oficial: Utrecht por la mañana, Delft por la tarde. Plan real, como se vería pronto: una maratón en mitad de la visita, un semáforo de Miffy sorpresa, la primera prenda europea de Julen y una exposición de cerámica azul a la que entramos por urgencia de baño.
Nos levantamos en el piso y bajamos hacia la estación con calma. Hicimos un alto interesante por el camino: nos asomamos a la Chocoladefabriek, la antigua fábrica de chocolate Joha reconvertida en biblioteca pública, café y centro comunitario; entrábamos por primera vez pero la cafetería todavía no había abierto, así que dimos una vuelta breve por dentro y enfilamos hacia la estación. Para desayunar bajamos a un Albert Heijn que hay frente a la entrada principal: café y al tren. Yo intentaba que me dieran monedas para coleccionar, pero no padre: los Países Bajos hace años que redondean al cinco en los pagos en efectivo —Zwedese afronding, el redondeo sueco— y por tanto no acuñan monedas de uno ni dos céntimos. (Por cierto que cenando el primer día en la pizzería me llegó la notificación de que había ganado la subasta para la compra de varios sets de florines.
Utrecht es probablemente la ciudad más antigua de los Países Bajos en activo: los romanos levantaron aquí el fuerte de Traiectum hacia el año 47, en el limes del Imperio, y de ahí saltó su nombre actual. En la Edad Media fue sede del obispado más importante del norte del continente, y a finales del siglo XIII la ciudad construyó su gran proyecto: la Domtoren, la torre catedralicia más alta del país con 112,5 metros, separada de la Domkerk desde que un huracán derribó la nave central en 1674. La línea que une ambas en el Domplein —el suelo marcado con letras metálicas que dicen DAVBIVS— recuerda exactamente por dónde discurría la nave perdida.
La ciudad es también la cuna de Dick Bruna (1927–2017), creador de Nijntje —Miffy en inglés y español—, el conejito blanco de líneas elementales que es seguramente el icono cultural más reconocible del país. Bruna nació, vivió, ilustró y murió en Utrecht, y la ciudad le rinde homenaje con un museo dedicado (Nijntje Museum), un semáforo con forma de Miffy en el centro y la dedicatoria del tren de Nijntje que vimos en la estación.
Para mí, claro, Utrecht hasta entonces era sinónimo de «Paz de Utrecht»: firmada entre 1713 y 1715, fue un conjunto de acuerdos que puso fin a la Guerra de Sucesión Española. Este tratado supuso el reconocimiento de Felipe V como rey de España a cambio de la renuncia a sus derechos al trono francés y la pérdida de los territorios europeos en favor de Austria y Saboya
Día de carreras en Utrecht
El intercity nos plantó en Utrecht Centraal. Salimos por Hoog Catharijne, el centro comercial subterráneo gigantesco que une la estación con el casco viejo, y a medida que avanzábamos hacia el centro empezamos a cruzarnos con corredores. Era día de carrera en la ciudad: el itinerario pasaba por el corazón comercial de la ciudad y nos abrió una pequeña ventana de suerte: el Museum Speelklok, normalmente exige entrada para ver su colección de autómatas y cajas musicales —cajas de cuerdas, miniaturas, órganos callejeros monumentales—, pero como su entrada estaba en pleno recorrido lo habían dejado abierto para que pasara la gente. Nos colamos a curiosear, justo unos minutos antes de que cerraran al pasar los últimos corredores. Vimos la colección con el museo prácticamente vacío. Casi mejor regalo no se podía hacer.
De ahí encaramos la Oudegracht —el canal central de Utrecht, único en el mundo por sus muelles a la altura del agua, dos plantas por debajo del nivel de la calle— en dirección a la Domtoren. Llegamos al Domplein con la línea metálica que dice DAVBIVS marcando en el suelo la antigua nave caída, la Domtoren ya separada de la Domkerk desde el huracán de 1674 —un campanile a la italiana, lo más parecido que tiene Holanda al de Florencia—. Lo cierto es que la torre lleva siglos en mantenimiento permanente porque la piedra arenisca se erosiona con la lluvia, y ahora mismo termina justo una restauración integral.
Entramos a la Domkerk y dimos una vuelta breve. La nave gótica con las sepulturas en el suelo, las vidrieras restauradas, el órgano monumental. Lo que se nos quedó más grabado fue que en el baño dejan ver pared original. Salimos al Pandhof, el claustro gótico con el jardín de plantas medicinales y, en plena Pascua, una explosión de tulipanes —corona imperial naranja incluida— en los parterres. .
Saliendo del Domplein por la otra cara, callejeamos hasta una tienda de Miffy que se cruza en cualquier paseo por Utrecht. Y aquí pasó la primera compra de ropa para Julen: nos llevamos unos pantaloncitos de Nijntje. Era la primera prenda que le comprábamos a nuestro hijo —que en ese momento mediría como un mango. 🙂
Comimos en un FEBO, la cadena automática neerlandesa de comida callejera con sus paredes de casilleros calientes: eliges en pantalla la croqueta o el snack que quieras, una persona detrás recarga el casillero —ya no es la automatización total del original—, pagas, abres la puerta y te lo llevas. Nos pegamos un par de kroketten, dos frikandellen y unas patatas con curry: el almuerzo más holandés posible, automatizado y bueno. Estábamos solos y hacía bastante frío 🙂
Lo siguiente lo encontré en Google Maps y llevé a Nagore sin decir nada. Mirando el móvil hasta una esquina concreta del centro: el semáforo de Miffy. Sí, existe: un cruce normal con su semáforo de peatones en forma del conejito blanco de Dick Bruna, en verde cuando se puede cruzar y en rojo con las orejas levantadas cuando no. Justo al lado había uno de las salas de conciertos del centro —entramos al vestíbulo, miramos los carteles y, sin entrar más, seguimos camino.
Cogimos rumbo al barrio de Lombok, al oeste de la estación, esa zona con fuerte presencia de la comunidad turca y marroquí que nos encantó atravesar a pie. La Ulu Camii, la mezquita más vistosa de la ciudad con sus dos minaretes neo-otomanos, presidía la calle principal. Y al fondo, ya casi rozando el canal del Leidsche Rijn, llegamos al Molen De Ster, un molino blanco de torre con base de madera todavía en activo —persoonlijk, ambachtelijk, inspirerend, decía la carta del café— con su pequeña granja anexa: gallinas y ovejas paseándose. Subir a tomar algo arriba del molino estaba prohibido ese día por una reserva privada, así que tomamos algo abajo, en una de las casetas pegadas al molino. Otra postal que se queda.
Cruzamos el canal y volvimos al centro por el otro lado, deshaciendo el camino. Por el camino vimos una especie de paseo de la fama de de florines, la colección de las monedas neerlandesas anteriores al euro montada en un panel: 1 florín, 2,5 florines, 5 florines, 10…
Delft: TRIPLE blue y jersey verde
Volvimos a Utrecht Centraal por la Lange Viestraat, hicimos las fotos del Stadskantoor reluciendo contra el cielo a media tarde y cogimos un tren rumbo al sur. La estación de Delft, levantada por Mecanoo sobre el túnel ferroviario soterrado, nos recibió con su acristalado moderno. Desde el andén ya se veía a media altura la torre de la Nieuwe Kerk en el centro, y enseguida nos pusimos en marcha. Yo me meaba un montón y eso terminó marcando la primera parada del paseo por Delft.
Sin saberlo, nos topamos con el cartel azul de la exposición «TRIPLE blue», una instalación de los hermanos Christoph & Sebastian Mügge en un espacio expositivo del centro que cerraba justo ese día —1 de abril, último día—. Como vimos que tenía aspecto de tener baño, entramos un poco por necesidad, otro tanto por curiosidad. Y el lugar resultó mejor de lo previsto: paredes enteras de cerámica azul y blanca tipo Delftware, fragmentos sobre el suelo, instalaciones cromáticas que jugaban con la propia identidad de la ciudad —el famoso Delft Blue imitando la porcelana china azul y blanca del siglo XVII. Estuvimos solos en la galería. Pero no había baño en el espacio.
Delft nació en el siglo XI como una delf —una zanja artificial, de ahí su nombre— y se convirtió en uno de los centros mercantiles de la edad de oro neerlandesa. La ciudad está atravesada por canales estrechos —los grachten centrales— bordeados de tilos y de las casas-canal típicas, y es la sede histórica de la Real Casa de Orange: Guillermo I, el padre de la patria, fue asesinado aquí en 1584 y está enterrado en la Nieuwe Kerk, en el Markt, junto al resto de la dinastía. Su sepulcro de mármol negro, obra de Hendrick de Keyser, es uno de los más visitados del país.
La Oude Kerk, en cambio, tiene como inquilino célebre al pintor Johannes Vermeer (1632–1675), nacido y muerto aquí, autor de La Joven de la Perla y de la Vista de Delft —las dos obras que dieron a la ciudad su brand— y de buena parte del catálogo más íntimo del Siglo de Oro. La torre de la Oude Kerk se inclina dos metros sobre la vertical por el hundimiento del terreno: lleva siglos chirriando y resistiendo. La ciudad es también la cuna de la cerámica Delftware, la imitación local de la porcelana china azul y blanca del siglo XVII que terminó convirtiéndose en un patrón propio reconocible en todo el mundo.
Cruzamos a la Oude Kerk, con su torre inconfundiblemente torcida sobre las casas del centro, pero no entramos. La fotografiamos desde la Oudekerkstraat, desde la trasera, desde el puente blanco que cruza el canal a sus pies. Justo en frente, una tienda de segunda mano de la que salimos con la mejor compra del viaje: un jersey verde y blanco de cinco euros para Nagore. Pedro se quedó un rato ojeando vinilos.
Seguimos por la zona del Oude Delft y el canal hacia el Markt, la plaza central de Delft, con la Nieuwe Kerk en uno de sus lados —la torre alta y gótica con la sepultura de los Orange— y la Vleeshal (la antigua lonja de la carne) enfrente, con su fachada con cabezas de buey en relieve. En el centro de la plaza, una estrella adoquinada con placa de bronce. Hicimos una vuelta tranquila por la plaza fotografiando las casas y, ya con la luz cayendo, dimos un rodeo hasta la Oostpoort —la única puerta medieval que se conserva de la antigua muralla de Delft, con sus dos torres puntiagudas— para hacerle la foto reglamentaria.
De vuelta a la estación, Pedro vio en Google Maps que al fondo había un molino escondido entre las casas y nos animamos a desviarnos: el Molen De Roos, el molino alto de torre de ladrillo de la TU Delft, asomando entre los tilos. Lo bordeamos, nos sentamos un rato a su sombra en una explanada con bancos —piernas cansadas, barriga creciendo, atardecer en el cielo— y desde ahí volvimos a la estación pasando por el Theater de Veste.
Volvimos a Gouda con un par de transbordos y al llegar a la ciudad nos encontramos con que era lunes de Pascua y todo estaba cerrado. Encontramos abierto el kebab de la esquina. Doner para llevar y a casita. Una cena perfecta para cerrar el día.










































































































































































































































































































































































































