El domingo 14 de octubre —día de elecciones en Baviera, último día de mi fin de semana— planteé un día con dos partes muy claras: por la mañana un free tour por el centro medieval, que era lo único que me faltaba por entender de la ciudad antes de irme, y por la tarde una visita al Tribunal de los Juicios de Núremberg en la sala 600, antes de coger el avión de vuelta a Madrid.
Los Juicios de Núremberg que se celebraron entre el 20 de noviembre de 1945 y el 1 de octubre de 1946 en la sala 600 del Justizpalast marcaron, por vez primera en la historia, el procesamiento internacional de los líderes de un Estado por crímenes contra la humanidad, crímenes de guerra y conspiración para la guerra de agresión. Veintidós dirigentes nazis fueron juzgados bajo un tribunal compuesto por jueces estadounidenses, británicos, soviéticos y franceses; doce fueron condenados a muerte, siete a prisión, tres absueltos. Núremberg se eligió como sede deliberadamente: era la ciudad simbólica del régimen, era una de las pocas con un palacio de justicia capaz de albergar el aparato logístico —la sala original tuvo que ampliarse para hacer sitio a los acusados, los abogados, los traductores simultáneos en cuatro idiomas y la prensa internacional— y era donde la simetría histórica resultaba más evidente: tribunal contra el nazismo en la ciudad de los congresos del nazismo.
Lo interesante del juicio, y lo que sigue debatiendo la doctrina jurídica ochenta años después, es que se procesaron cosas que en el momento de cometerse no estaban tipificadas como delito en ningún código penal vigente — la categoría de «crimen contra la humanidad» se inventó precisamente en Londres, en agosto de 1945, para este juicio. La defensa argumentó que aquello era ex post facto, que vulneraba el principio de legalidad. El tribunal respondió que las acciones de los acusados —exterminio sistemático de civiles, deportación masiva, esclavización industrial, guerra de agresión planificada— eran lo bastante atroces para que el principio nulla poena sine lege no aplicase. Esa decisión sentó la base de la moderna justicia penal internacional — el Tribunal de La Haya creado en 1998 hereda directamente la lógica de Núremberg. Es uno de esos casos en los que el derecho avanza por necesidad histórica, no por evolución doctrinal.
Mañana: free tour por la ciudad medieval
Bajé de la pensión hacia el Hauptmarkt por la calle ya familiar de la Leopoldstraße y, tras desayunar, me planté en la plaza del mercado donde había quedado el grupo del free tour. El guía se llamaba Vittorio, de los mejores guías de free tour que he tenido en mis viajes, mucho mejor que el de Berlín… recuerdo cosas muy interesantes que nos contó
Sebald y Lorenz: el norte rico y el sur pobre. Núremberg medieval estaba dividida en dos parroquias por el río Pegnitz. La mitad norte, la Sebalder Altstadt, agrupaba a los gremios pudientes —orfebres, banqueros, mercaderes de larga distancia— en torno a la iglesia de San Sebaldo. La mitad sur, la Lorenzer Altstadt, era el barrio de los oficios menores —tejedores, herreros, peleteros— alrededor de San Lorenzo. La diferencia se nota todavía: las casas del norte son más amplias, con más decoración en las fachadas, y conservan los emblemas de gremios pudientes; las del sur, más sobrias. Es la geografía social medieval congelada en piedra.
San Sebaldo y los dos bueyes. Sebaldo fue un ermitaño del siglo XII —probablemente del XI temprano, las fuentes son inciertas— que vivió en los bosques al norte de Núremberg. Cuenta la leyenda que cuando murió, dos bueyes blancos sin guía cargaron con su féretro y lo llevaron hasta el centro de la ciudad, donde se quedaron parados; allí se levantó la iglesia que lleva su nombre. Lo curioso del caso es que la Sebalduskirche sigue conservando hoy la reliquia de San Sebaldo —el cuerpo en su Sebaldusgrab, un sarcófago de bronce labrado por Peter Vischer el Viejo y sus hijos entre 1508 y 1519, una obra maestra del Renacimiento alemán— pese a que la iglesia es protestante desde 1525. Es uno de los pocos casos en Europa de una iglesia luterana que conserva la veneración física a un santo medieval, en parte por una mezcla muy alemana de pragmatismo y respeto por la herencia material.
Núremberg protestante (1525-1806). La ciudad fue de las primeras en abrazar la Reforma — adoptó el luteranismo en 1525, ocho años después de las 95 tesis de Lutero, y se mantuvo como ciudad libre imperial protestante durante casi tres siglos. Eso terminó en 1806, cuando Napoleón reorganizó el mapa alemán y entregó Núremberg al Reino de Baviera como compensación por las pérdidas territoriales bávaras frente a Francia. Baviera era —y sigue siendo— mayoritariamente católica, y aquello supuso un giro identitario brusco: una ciudad protestante de tradición libre se convirtió de la noche a la mañana en provincia de un reino católico autoritario. Ese trauma sigue presente en cómo Núremberg se ve a sí misma frente a Múnich.
El pogromo de 1349 y la plaza del mercado. En el año de la Peste Negra la población de Núremberg, como tantas ciudades europeas, culpó a la comunidad judía local del contagio. Unas 560 personas fueron asesinadas en diciembre de 1349 y la sinagoga, que estaba justo donde hoy está la Hauptmarkt, fue derribada. El emperador Carlos IV —que había firmado un permiso explícito al Ayuntamiento para «hacer lo que considerasen necesario» con la propiedad judía— mandó construir sobre el solar la actual plaza del mercado y la Frauenkirche (Iglesia de Nuestra Señora). Es uno de los pasajes más oscuros de la historia urbana de Europa central, y la ciudad lo reconoce hoy con una placa discreta en una esquina de la plaza. Vittorio paró el tour ahí cinco minutos.
El Männleinlaufen y la Bula de Oro. Encima de la fachada de la Frauenkirche hay un reloj-autómata medieval que cada día a las doce escenifica el homenaje de los siete príncipes electores del Sacro Imperio al emperador Carlos IV. Conmemora la Bula de Oro de 1356 —firmada en parte en Núremberg— que estableció el procedimiento de elección imperial: a partir de entonces el emperador lo elegían siete electores (tres arzobispos y cuatro príncipes laicos) sin necesidad de confirmación papal. Esa fue la bofetada constitucional al papado: el Sacro Imperio dejó de ser una creación de Roma y pasó a ser una elección interna de los príncipes alemanes. El reloj de la Frauenkirche pone esto en escena cada mediodía desde 1509.
Los juguetes: la reconversión industrial de 1850. Núremberg no fue una ciudad de la Revolución Industrial clásica —no tenía carbón ni acero pesado—, pero a partir de 1850 aproximadamente se convirtió en la capital alemana del juguete: figuritas de plomo, trenes de hojalata, casas de muñecas, soldaditos de madera. Empresas como Bing, Märklin, Schuco y Playmobil (esta más reciente) tienen aquí su origen o su sede. La ciudad celebra todavía cada enero la Spielwarenmesse, la mayor feria mundial del juguete, con más de tres mil expositores. Un giro muy Núremberg: industria sin chimeneas, basada en oficios artesanos heredados de los gremios medievales.
Bratwurst y Lebkuchen. La cocina típica son las Nürnberger Bratwürste —pequeñas, no más largas de un dedo, con denominación de origen protegida y consumidas tradicionalmente en grupos de seis o doce— y los Lebkuchen —una pasta de jengibre, miel, especias y nueces que se hace aquí desde el siglo XIV y que es el ancestro directo del gingerbread inglés y del turrón blando navideño. Las dos tienen fiesta propia en diciembre durante el Christkindlesmarkt de Núremberg, uno de los mercadillos navideños más antiguos y famosos del mundo.
El himno y las dos estrofas prohibidas. El Deutschlandlied, el himno nacional alemán, tiene tres estrofas escritas por Hoffmann von Fallersleben en 1841. Solo se canta oficialmente la tercera («Einigkeit und Recht und Freiheit» — «Unidad y derecho y libertad»). La primera («Deutschland, Deutschland über alles«) y la segunda («Deutsche Frauen, deutsche Treue«) no están legalmente prohibidas pero sí proscritas socialmente desde 1945 por su uso instrumental por el régimen nazi: cualquier alemán que las cante en público en un acto formal arriesga reprobación social y, en algunos contextos, sanciones administrativas. Es un caso interesante de tabú cultural sin prohibición legal estricta.
Túneles medievales y la estatua de Dürer. Bajo el casco antiguo de Núremberg hay una red de túneles, bodegas y cervecerías subterráneas del medievo, conservada desde los siglos XIV-XVI — la Felsengänge, que se puede visitar todavía hoy. Sobre el suelo, la estatua de Albrecht Dürer preside la Albrecht-Dürer-Platz, junto a la casa-museo del pintor; cerca está el Tugendbrunnen, la Fuente de las Virtudes, manierista del XVI, con seis figuras de mujer representando las virtudes cardinales y teologales y un agua que les sale del pecho. Me interesó mucho el tema del autorretrato de Durero, que yo recuero haber aprendido en el cole, pero sin el contexto de artesano vs artista y cómo hacerse un autorretrato era una declaración de intenciones en ese sentido.
El edificio único acabado. Núremberg fue destruida en un 90 % por los bombardeos aliados de enero y febrero de 1945. Tras la guerra se decidió reconstruir el casco antiguo en su forma original, edificio por edificio, con piedra arenisca rosa de la cantera local. La excepción es la fachada del Schauspielhaus —el teatro municipal— que aparentemente quedó prácticamente intacta y fue uno de los pocos edificios públicos que NO necesitó reconstrucción. Vittorio nos lo señaló como anécdota y como prueba de la fragilidad del bombardeo: dos calles por allá, el edificio está entero; dos calles por aquí, todo era ruina. Esa arbitrariedad de la guerra es una de las cosas que más impresionan caminando por una ciudad reconstruida.
Y la estatua de la Liebre de Núremberg) de Jürgen Goertz —la escultura monumental de bronce de 1984 inspirada en la Liebre joven que pintó Dürer en 1502—, situada en la Tiergärtnertorplatz delante de la casa de Dürer: la pieza es deformada, oxidada, con la cabeza torcida y unas patas más bestiales que de liebre.
Tarde: la sala 600 del Justizpalast
Tras el tour cogí el U-Bahn hasta la Bärenschanze, la parada del metro más cercana al Memorium Nürnberger Prozesse — el museo y la exposición permanente que la ciudad mantiene en el Palacio de Justicia.
La visita es de las que te recolocan: la sala 600 —la misma donde se sentaron Göring, Hess, Ribbentrop, Speer y los otros— se conserva con sus paneles de madera oscura, los micrófonos de baquelita, los auriculares de los traductores, los bancos del banquillo. La exposición arriba documenta la cronología, los acusados, las defensas, las sentencias. La crítica jurídica que mencioné en el bloque de arriba está bien presentada — el museo no escatima en el debate sobre el ex post facto.
Salí del Justizpalast ya hacia el aeropuerto Coger el metro hacia el aeropuerto, en una línea sin conductor —los trenes automáticos del U2/U3 son una de las primeras experiencias del transporte sin operador humano en Europa, abierto en 2008—, fue otro detalle que me llamó la atención. Llegué al aeropuerto de Albrecht Dürer con una hora de margen y aproveché para terminar un libro de mi querido Fanego.
A las nueve y poco aterricé en Madrid, con vinilos en la mochila, un Kleine Prinz y la sensación de que Núremberg es una de las ciudades más interesantes que se pueden visitar en Alemania. Densa, conflictiva, bien explicada, sincera con su pasado. Volveré, ya con Nagore, en algún diciembre, a por su mercadillo navideño y a por las Bratwürste de seis en seis.




































































































