14 de julio en Pont-Aven: mercados, galettes y Francia 0 – España 2

Martes 14 de julio de 2026. Fiesta Nacional de Francia, y estamos justo en el sitio para verla: en el Kindred de Pont-Aven, en pleno Finistère bretón, con el pueblo entero preparándose para el día grande. Día completo a pie por el pueblo — mañana de brocante (aprendí esa palabra justo ayer) y librería, tarde de crêperie y galette, y noche de pantalla gigante para ver un España-Francia que ya ha pasado a la historia de los mundiales.

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Nos levantamos temprano, hacia las 7:30 — Julen se despertó primero, pero se volvió a dormir. Nagore y yo ya no. Recogimos la casa, deshicimos las maletas y desayunamos los dos en la cocina de nuestro Kindred: paredes de piedra vista, cocina abierta con isla, cafetera Alessi Pulcina… vamos un sitio puesto con estilo. Pastel bretón, café, tranquilidad… un rato maravilloso.

Pont-Aven«ciudad de pintores» en toda la literatura turística bretona — es un pueblo pequeño del Finistère sur (2.900 habitantes) a orillas del río Aven. Su nombre significa literalmente «puente sobre el Aven». Su fama arranca en 1886, cuando Paul Gauguin se instala aquí buscando «pintura barata» y funda con Émile Bernard, Paul Sérusier y otros la Escuela de Pont-Aven: síntesis de colores planos y contornos gruesos que sería el germen del simbolismo, del cloisonnismo y —vía Sérusier y su famosa tabla del Bois d’Amour— del grupo Nabis. Con Gauguin caminó por los mismos senderos que nosotros: el Bois d’Amour, la Chapelle de Trémalo, los molinos del Aven. Al margen del arte, Pont-Aven es también la patria de las galettes Traou Mad (desde 1920) y del cantautor bretón Théodore Botrel (1868-1925), figura mayor de la chanson populaire francesa de la Belle Époque — sus «Chansons de chez nous» hicieron gira por toda Francia —. Botrel se instaló en Pont-Aven y aquí murió; el pueblo le tiene una plaza, un monumento y una tumba.

Primer paseo por el pueblo: río, pasarelas y Bois d’Amour

A las diez, ya en la calle. Salimos con el carrito hacia el río Aven, cruzamos las pasarelas de madera y bajamos hasta el Bois d’Amour — ese bosque donde Sérusier pintó en 1888 «El talismán», la tabla que fundó el grupo Nabis —. A media mañana se agradece la sombra: hace fresco todavía, pero se ve que va a apretar el calor como el resto de días.

Vamos hacia el centro por las calles principales. Todavía no sabemos lo que nos encontraremos. Yo no había visto ninguna imagen del pueblo, a propósito. Será toda una sorpresa. Pont-Aven no tiene una casa fea, dice Nagore, y no exagera: todas las creaciones de piedra, los tejados de pizarra oscura, las contraventanas azules y verdes, malvas trepando por las paredes. Un pueblo entero cuidado al milímetro.

Tiendas bonitas y mercado de comida

Pronto daremos con la rue du port, cortada al tráfico. Primeros músicos callejeros. Día de mercado. Puestos por la calle principal, cada vez más gente, música — varios grupos tocando en la calle, y Julen bailando, que es su nuevo oficio. Entramos en una librería donde estaba Christophe Boncens, autor bretón de cuentos infantiles: nos llevamos un par de libros suyos y un dibujo dedicado para Julen, bastante bonito la verdad. Vimos también a un chaval tocando un didgeridoo — casero, creo, de tubos, pero didgeridoo al fin y al cabo. (Un instrumento australiano, que nosotros vimos en Tailandia por primera vez)

Después, compras de las que justifican un viaje: latas de sardinas de edición limitada — millésime 2023 — tan bonitas que da pena abrirlas, ajos confitados que me llamaron la atención, albaricoques para Julen, un café con hielo muy bueno y fruta con cartelito de origen España — de Rota, creo, que nos hizo gracia leer aquí.

De ahí, paseo por los bords de l’Aven — la orilla del río a la altura del puente central —. La marea muy baja, el lecho del Aven casi al descubierto entre piedras y hierbas, y una estructura de barco montada en el muelle para una exposición marítima. Bonita la fotografía y bonita la luz. El Aven aquí es ría más que río. Pedimos información para una excursión en barco — quizá caiga algún día de estos. Al final del paseo, una plaza con el busto de un señor (Théodore Botrel) cuyo nombre no nos dijo nada — de momento —, donde estaban montando carpas para la fiesta de la noche. Lo intentamos con los columpios, pero hacía ya mucho calor y además eran para niños más mayores.

A la vuelta buscamos El Principito en bretón en otra librería. No había, y tampoco se podía pedir. Había, eso sí, un montón de libros sobre Bretaña, varios de Trevanian y un Charlie Hebdo de la semana anterior, que me llevé; y que como siempre que se habla de este semanario, me acuerdo de Estambul, donde estábamos cuando el triste atentado. 

Comida en casa, siesta con el Tour de France y cena temprana

Volvemos a  cada a comer. Cuando entramos ya empezaba a hacer calor de siesta. Nagore prepara lentejas dhal con arroz.  Comemos los tres. Nagore se fue a echar siesta y Julen y yo vimos de fondo la tele con el Tour de France — la étape 12 Aurillac → Le Lioran, en France 2, con Van der Poel y Pogačar peleando en las rampas del Massif Central —. Pero poquito, porque el peque prefería «Woody, Woody, Woody, por pavor»

A eso de las 6, Nagore en pie. Café rápido para arrancar, nueva ducha para todos y salida a la calle otra vez con Julen ya en el carrito. Vuelta al centro con la luz de las siete de la tarde — más suave, con el sol bajando —.

Al salir de casa, en seguida paramos en una brocante — que es como llaman aquí a los mercadillos de segunda mano — y ahí apareció un vinilo de Théodore Botrel, cantante bretón que acabó sus días en Pont-Aven. El señor de la plaza de la mañana, resulta.  El vendedor, al ver que no teníamos ni idea de quién era, se levantó de la mesa en la que tomaba la fresca con un amigo y nos llevó a ver el mural de azulejos que había a unos 30 metros. 10€. Un poco caro para lo que solemos pagar por los vinilos, pero cómo decir que no después de eso. ¡Que es Théodore Botrel!

Julen se había dormido en la propia tienda, así que aprovechamos: cena temprana en la Crêperie La Riviera — en el Quai Théodore Botrel, primera línea del Aven; que Nagore tenía hambre ;-). Para mí bretona, con anduja (creo que las descubrimos en Biarritz, con Adrien y Raquel  y Nagore montó la suya—, Cerveza Saint-Omer y de postre crêpe  de mantequilla salada y miel. Bretaña sabe lo que hace.

Fête Nationale: paseo al puerto y pantalla gigante

Al salir de la crêperie, todavía de día, paseo hasta el puerto por la calle que baja del pueblo. Villa con contraventanas azules, una pasarela, y otra vez el Aven al fondo. La ciudad, montada en modo 14 juillet: escenario en el Quai Théodore Botrel, bar Cazigou a un lado, un puesto de Coca-Cola, la fête foraine de las fiestas montada

Y ahí, lo que nos esperábamos: en el escenario, una pantalla gigante de Breizh Audio retransmitiendo el partido Francia — España del Mundial 2026. Ahí estaba la selección de Luis de la Fuente plantada en el césped en formación 4-1-2-3. Nos apalancamos unos diez minutos, Julen se despertó, así que rendición y vuelta a casa a terminar el partido en la tele. El penalti lo vimos en el móvil en medio de la calle.

De vuelta al Kindred: dormir a Julen y España

Casa, Julen a la cama, pero le costó mucho, Nagore salió por fin a tiempo para ver el segundo gol. Gran victoria de España. A las 23:00 estaba previsto que hubiera fuegos artificialese pero se habían anulado por la canícula y la sequía — riesgo alto de incendios en toda Bretaña —, entiendo que quizá para algunos mejor, porque parte de la celebración, la futbolera, no pasó.

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