Domingo. Primer día completo en Londres en años. Han pasado 16 años desde nuestra última vez juntos en la ciudad. Si no contamos la escala que hicimos en el inicio de nuestra vuelta al mundo. Yo había estado una vez por curro con Spotify en ese tiempo. Habíamos previsto venir un par de veces, pero ambas hubo que cancelarlas.
Salida tardía y rampas de Northumberland Park Station
Mañana lenta en casa. Tele de fondo, biberón, cocina ajena que ya empezaba a parecer familiar. Google nos sugería ir a la estación más cercana: Northumberland Park Station. Llegamos justo a tiempo de perder el tren, así que hicimo algo de tiempo hasta el siguiente, en un Tesco Express, donde compramos algo de comida para Julen.
Nos llamó la atención que la estación estaba llena de rampas por todos lados. Una rampa subiendo, otra bajando, y otra y otra. También tenía ascensor — pero el ascensor estaba en las vías del medio. Volveríamos varios días más.
Tren a Liverpool Street: entrando en la City
Subimos al tren al sur. Cambio en Tottenham Hale, y llegada al gran terminus victoriano de London Liverpool Street. Cubierta abovedada de cristal y hierro forjado, typical Victorian
Salimos a la calle. Era domingo y la City, normalmente vacía los fines de semana, tenía bastante gente — más de la que esperaba —. El edificio de ladrillo rojo con sus arcadas de 1874 nos dio la bienvenida. Caminamos hacia el sur hacia Bank junction, paseando con calma por la City sin trajes, sin móviles pegados a la oreja, solo arquitectura. El Royal Exchange con su pórtico neoclásico, la estatua de Wellington, el Walkie-Talkie al fondo asomando entre los edificios.
El Royal Exchange es el tercer edificio en el mismo emplazamiento desde que Sir Thomas Gresham fundara aquí en 1571 la primera bolsa mercantil de Inglaterra, copiada del modelo de Amberes. El primer Exchange ardió en el Great Fire of London de 1666; el segundo, en 1838; el tercero, el actual, fue inaugurado por la reina Victoria en 1844, obra del arquitecto Sir William Tite. Pórtico neoclásico de ocho columnas corintias con frontón esculpido por Richard Westmacott Jr. — alegoría del Comercio rodeada de británicos, persas, indios, chinos, turcos —. Dejó de funcionar como bolsa en 1939 y, tras una larga restauración, hoy alberga tiendas de lujo bajo el atrio cubierto. Frente al edificio, la estatua ecuestre del Duque de Wellington (1844) preside el cruce de Bank junction, donde convergen siete calles. A su alrededor, los tres rascacielos modernos de la City: el Gherkin de Norman Foster (2003), el Walkie-Talkie (20 Fenchurch Street) de Rafael Viñoly (2014) — famoso por concentrar reflejos solares y derretir un Jaguar aparcado durante las obras — y el Cheesegrater (Leadenhall Building) de Rogers Stirk Harbour (2014), inclinado a propósito para no obstruir la vista de St Paul’s desde Fleet Street.
Cruzando el puente del milenio hacia el sur, el Borough Market es el mercado de alimentos más antiguo de Londres documentado: hay menciones a un mercado en el lado sur del puente desde 1014. La estructura actual de hierro y cristal data de 1851-1860, ampliada en estilo Art Nouveau a principios del XX. Sobrevivió a la competencia de los supermercados quedándose como mercado mayorista hasta los años 90, cuando los foodies londinenses lo redescubrieron y volvió a ser mercado al detalle especializado en producto premium — quesos artesanos, jamón de Brindisa, café de origen, ostras de Cornualles —. Hoy son 130 puestos bajo arcadas de ladrillo y vigas verde botante, abierto cinco días a la semana y caos absoluto los sábados.
The Monument: la Cofradía con Assassin’s Creed Syndicate
De Bank caminamos hasta The Monument. Y aquí pasó algo raro: me conocía la City de Bank a The Monument por un videojuego. Assassin’s Creed Syndicate tiene una misión que sucede exactamente aquí — la del incendio de 1666, con la columna de Wren y Hooke recién levantada, los corredores y los tejados — y me la tuve que repetir varias veces hasta que la pasé. Resultado: la historia y la apariencia de esa esquina la tenía perfectamente memorizada.
La columna dórica de 62 metros, la inscripción en la base, el relieve barroco de Caius Gabriel Cibber. Lo de siempre, pero esta vez con la sensación rara de haberlo recorrido virtualmente veces antes de pisarlo en serio. De The Monument cruzamos el London Bridge a la otra orilla del Támesis. Y nos metimos en Southwark.
Southwark de domingo: Borough Market y la tienda de mapas
Domingo en Southwark es otra cosa. Muchísimo ambiente, montón de puestos de comida en la calle, los pubs ya con sus mesas fuera aunque hiciera frío. Southwark Cathedral escondida bajo el viaducto del tren — gótica, pequeñita, con la torre y los cuatro pináculos —. El Borough Market oficialmente cerrado los domingos pero con la zona de bares abierta y la fachada amarilla del rótulo siempre dispuesta a fotografiarse.
Tenía que ir al baño. Terminamos en un Pret a Manger de la zona — esa cadena británica omnipresente donde yo descubrí el miso. Peeeeero, el baño no funcionaba. Así que nos terminamos el café y fuimos directamente a un Wagamama que estaba el lado y les pedimos usar el baño. Por supueto, dijeron que sí, ventajas de ir con un bebé. Pero no era para él.
Volviendo, pasamos por una zona cubierta de tiendas que parece un antiguo mercado reconvertido — uno de los muchos «arches» bajo las vías reconvertidos en local de retail —. Entramos en una tienda de mapas y posters superbonita y compramos dos cosas: un póster de hongos y setas que todavía no he colocado en casa, y un plano vintage de Londres.
South Bank al Big Ben: Tate, Globe y el puente del Milenio
De Southwark al oeste por la orilla. Toda esa zona del South Bank hasta el London Eye ya la habíamos hecho en otro viaje, en sentido contrario. Y nos pasó lo mismo: siempre nos ha encantado. Las dos veces que hemos venido, las dos veces hemos vuelto a recorrerla entera.
Pasamos por delante del Globe Theatre — reconstrucción del teatro de Shakespeare de 1599, reabierto en 1997 sobre el solar original gracias al actor americano Sam Wanamaker —, por la Tate Modern con su antigua chimenea de Bankside Power Station de Gilbert Scott, por el puente del Milenio (Norman Foster + Anthony Caro, 2000, el famoso «wobbly bridge» que se balanceaba sin parar en su apertura y tuvieron que rediseñar). Pasamos por puestos de libros usados, por cabañas de un mercadillo navideño que se montaba con anticipación…
Y aquí descubrí un detalle que en la vez anterior se me había pasado: el modernista National Theater.
Llegada al London Eye con música, un grupo tocando en la explanada. Foto reglamentaria con el Big Ben y las Casas del Parlamento al otro lado del río. Cruzamos el puente, pasamos por delante de la Abadía de Westminster — segundo o tercer viaje a Londres y otra vez sin entrar, esta cuenta pendiente sigue ahí —.
El British Museum es la institución cultural más visitada del Reino Unido — 6,5 millones de visitantes en 2024 — y, técnicamente, el primer museo público nacional del mundo (1759). Su núcleo fundacional fue la colección de Sir Hans Sloane, médico irlandés, que en su testamento de 1753 legó al rey Jorge II 71.000 objetos a cambio de 20.000 libras para sus herederos. El Parlamento aceptó por una ley del mismo año. La sede actual, de Sir Robert Smirke en estilo griego neoclásico (1823-1852), envuelve un patio central que Norman Foster cubrió en 2000 con la cubierta de cristal del Great Court. Las piezas estrella — la Piedra de Rosetta (1799, descubierta por Napoleón en Egipto, cedida a los británicos en 1801), los Mármoles del Partenón (1801-1812, retirados de Atenas por Lord Elgin con permiso otomano controvertido), los Lamassu asirios (toros alados del palacio de Asurbanipal en Nínive, ~700 a.C.) — son hoy también el centro de las polémicas más vivas sobre restitución cultural en Europa. Grecia lleva exigiendo los mármoles desde 1983; Egipto, la Rosetta desde 2003. El museo, hasta hoy, los conserva.
Bus a Trafalgar y entrada al British Museum con montacargas de cristal
De Westminster cogimos un autobús hacia el norte, cruzamos por Charing Cross y bajamos en Trafalgar Square. La idea era simple: la vez anterior no había entrado al British Museum. Nagore sí, y yo nada. Esta vez tocaba.
Y aquí pasó una cosa que nos hizo gracia. Como íbamos con el carrito de Julen, en la entrada del museo había, justo al lado derecho del pórtico principal, un montacargas de cristal — más bien una plataforma elevadora — para salvar los cuatro o cinco escalones de la entrada principal sin tener que pelear con el carrito. Subimos, recogimos el carrito ya arriba. Una solución elegante – y en nuestro caso innecesaria.
Fieles a nuestra tradición de cada museo, lo primero que hicimos fue entrar al museo a comer. Sopa, como siempre. Compramos también una cantimplora del museo. Cambio de pañal a Julen. Cola monumental en la bajada en curva al baño, pero no tanta para el cambio de pañales
British Museum: Rosetta, Lamassu y biblioteca subterránea
Cogimos el plano de la entrada — el que marca algo así como las «12 cosas imprescindibles» con sus iconitos — y nos pusimos a seguirlo.
Dimos la vuelta por algunas salas y después fuimos a la biblioteca subterránea — la «King’s Library» que ocupa la planta baja de la galería este, con los 65.000 volúmenes encuadernados en cuero rojo de Jorge III en la torre acristalada del centro, y su prolongación bajo tierra que es un espacio precioso —. La descubrimos sin esperarlo. Súper bonita. Nagore había ido al baño y yo hice tiempo también en la tienda de recuerdos.
Después los Lamassu asirios me impresionaron como siempre. La primera vez que los vi fue en el Met de Nueva York, después en el Pergamonmuseum de Berlín, y siempre me dejan igual: cinco metros de toro alado con cabeza humana del palacio de Asurbanipal del siglo IX a.C. Hay algo en la escala monumental que no falla.
La Piedra de Rosetta, evidentemente: bloque negro de granodiorita con el decreto de Menfis del 196 a.C. en jeroglíficos, demótico y griego antiguo, llave del descifrado de Champollion en 1822. Bastante guay, la verdad.
Los mármoles del Partenón, sin embargo, no tanto. Esa frialdad de verlos descontextualizados, en una sala blanca de luz neutra, sin la roca volcánica del Acrópolis detrás. Sería distinto verlos en Atenas. Aquí están, sí, pero no acaban de transmitir.
Piccadilly, Regent Street y la primera Apple Store fuera de USA
Salida del museo ya con la luz casi cayendo. Paseamos por la zona — Seven Dials creo que es, con su rotonda de siete calles y la columna del reloj central —, vimos algunas tiendas de souvenirs, paramos un rato.
Bajamos a Piccadilly Circus. La sorpresa: ya no son las pantallas de hace años, ahora son pantallas LED por todos lados, curvadas, gigantescas, cambiando de Heinz a Moncler a Coca-Cola en bucle. La estética del cambio del siglo XXI metido a la fuerza en una plaza victoriana. Pero estuvo bien, paseamos a gusto.
Por Regent Street hacia el norte, pasamos por delante de la Apple Store — la misma a la que habíamos entrado hace años, el primer Apple Store fuera de Estados Unidos, abierta en 2004 —. Y entramos a un McDonald’s, básicamente, a usar el servicio. Después compramos algo de cena para llevar.
Tube de vuelta a Tottenham y cena en carrito
Cogimos el metro — la línea azul, no recuerdo exactamente dónde la cogimos, probablemente Piccadilly Line en Piccadilly Circus o por ahí cerca —. Poco a poco a casa. Le dimos la cena a Julen en el carrito mismo en el vagón. Llegamos a Tottenham Hale y de ahí andando a Lansdowne Rd. Cena y a dormir.



























































































































































































































































