De la Île de Ré a Pont-Aven

Hoy será un día largo. Turisteo de mañana y traslado del alojamiento de Marsilly al de Pont-Aven, ya en el sur de Bretaña. Pasaremos toda la mañana en la Île de Ré, viendo La Flotte y Saint-Martin. Casi ochocientos kilómetros al final del día

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Noche difícil por el calor. Nagore acabó bajando a dormir en el suelo del piso de abajo — con unos cojines más frescos. Nos despertamos medio tarde, pese a todo, o quizá por eso. A las diez venía Isabelle a hacer el checkout y no nos dio tiempo a desayunar. Antes de arrancar cuando le dijimos que íbamos a la isla, Isabelle nos dijo que trabajaba allí y nos recomendó que fuéramos a La Flotte-en-Ré. Le hicimos caso.

Antes de meternos en la carretera, pequeño desvío en coche para ver la playa de Marsilly. Marea muy baja, bancos de arena con algas por todas partes. Nada de bañarse ni de meter los pies. Estábamos en la Pointe Saint-Clément, en la Baie de l’Aiguillon. Vimos los carrelets — esas cabañas de pesca de madera sobre pilotes, con la red cuadrada colgando de un mástil, que se levantan tímidamente sobre el mar.  La ruta de la mañana empieza en La Richardière, ahí donde el estuario se abre al Pertuis Breton.

Peaje del Pont de l’Île de Ré y llegada a La Flotte

Rumbo ya a la isla. El Pont de l’Île de Ré, inaugurado en 1988 es de peaje. 16€. Me pareció un pelín caro, aunque claro, no pagas la distancias, pagas el poder ir. Pensé que la vuelta estaría incluida… y sí. El peaje es solo para entrar.

Y ahí estábamos: Île de Ré.  16.000 habitantes en invierno. 160.000 en verano. Primera parada, La Flotte-en-Ré. Cartel a la entrada del pueblo: «Plus Beaux Villages de France». Callejuelas encaladas, contraventanas verdes, malvas trepando por las paredes. Siguiendo Google Maps, llegamos al centro, con esas calles estrechas. Hasta que salimos para poder aparcar en una carreterilla de acceso a la zona del puerto.

La Île de Ré«la blanche», la isla blanca — es una lengua de arena de 30 kilómetros de largo frente a La Rochelle, ganada al mar por la polderización desde el siglo XVII. Vivió del comercio de la sal y del vino a partir de la Edad Media — sus marais salants siguen produciendo la famosa fleur de sel —, sufrió el paso de los ingleses durante la Guerra de los Cien Años y en 1627 fue el escenario del desembarco fallido del duque de Buckingham, en pleno Sitio de La Rochelle. En el XVII, Vauban fortificó Saint-Martin como cabeza de puente militar, y una parte de sus baluartes están hoy clasificados Patrimonio de la Humanidad. Isla penal durante los siglos XIX y XX — desde Saint-Martin salían los deportados a Cayena y a la Guyana —, se reinventó en los ochenta como destino chic de veraneo tras la construcción del Pont de l’Île de Ré (1988): puente de peaje de 2.926 metros diseñado por Charles Lavigne, que la unió al continente y disparó su transformación turística. Hoy, doce pueblos catalogados, cinco con la etiqueta Plus Beaux Villages, ocho mil hectáreas de viña y sal, y una arquitectura tipificada: casas bajas de una planta, muros blancos encalados, contraventanas verdes, tejas curvas y rosas trepadoras — todo por decreto municipal —.

Desayuno en cuatro asaltos: hoteles cerrados y sol a plomo

Son pasadas las once. En pie desde primera hora y sin haber probado bocado. Primer intento en la terraza de un hotel de camino al puerto: pas de petit dejeneur. Son pasadas las once. Segundo intento, en el mismo hotel pero en el bar. Poca sombrilla, poco camarero. Tercer intento, ya en la zona del puerto. Un bar de tapas. Ya convencidos de desayunar cerveza y assiete de serranos. Pero otra vez poca, la mesa demasiado al sol…

Y de pronto… visión y sonido celestial. Cuarto asalto. El St George.  En la primera línea del puerto —. Ahí sí. Me pedí «la combinación de croissant y café más increíble»: café con hielo, el mejor cortado de mi vida, croissant de mantequilla brutal —. Julen, sentado en la silla, dando cuenta él también de trozos de croissant.

Terminamos con un cambio de pañal en un cambiador muy bonito que yo había visto al pasar al baño y que Julen decidió que había que probar cuando salí.

Foto obligada del busto de Ernest Cognacq, el hijo pródigo de La Flotte que se fue a París a mediados del siglo XIX, fundó los Grands Magasins de la Samaritaine con su mujer Marie-Louise Jaÿ, hizo fortuna, y dejó buena parte de ella en obras públicas y en el museo que hoy lleva su nombre en Saint-Martin.

Marché de La Flotte

Sigue el paseo por la calle comercial. Postales, jabones. Librería con las mesas de novedades — «Ce que je sais de toi» de Éric Chacour a la vista. De casualidad nos encontramos con el Marché médiéval de La Flotte, uno de los mercados cubiertos más antiguos de Francia. Panel interpretativo, Poissonnerie Pay, Les Jardins d’Arthill con las cajas de fruta, sacos de sal «La Rebello». Había mucha gente, víspera de festivo, puestos preparándose para el 14 de julio, banderas tricolores por todas partes.

Callejeamos hasta el Monumento aux Morts y los Cours des Poilus — la gran plaza arbolada con castaños de indias donde los vecinos juegan a la petanca —. Ya de vuelta al coche. Un cartel del Tennis Club Flottais y del boulodrome remata la estampa.

Saint-Martin-de-Ré: murallas Vauban y port

Volviendo al coche, ya con la mañana asentada, decidimos que «ya que estamos, vamos también a Saint-Martin». Diez minutos hasta Saint-Martin-de-Ré, capital histórica de la isla. Aparcamos a las 13:25. Esta vez sí, mucho más fácil: hueco a pie de bastión Vauban, en la place de arena blanca al lado del puerto. Gratis una hora, estuvimos un pelín más, 1.5€ tuvieron la culpa. Bajamos hasta el puerto y las murallas Vauban — el perímetro fortificado que rodea el pueblo, con sus baluartes, el faro-baliza de la bocana y el panel «LE PORT DE SAINT-MARTIN» a pie del malecón.

Las Fortificaciones de Vauban de Saint-Martin-de-Ré son parte del conjunto de doce plazas fuertes del ingeniero Sébastien Le Prestre de Vauban declaradas Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 2008. Vauban — el genio de la fortificación de Luis XIV — proyectó aquí, entre 1681 y 1685, un recinto amurallado en forma de estrella para proteger la isla del ataque inglés tras el desastre del sitio de 1627. Sus dos kilómetros de baluartes, fosos secos, glacis y contraescarpas cierran la ciudad por tierra, y la Citadelle —independiente de las murallas urbanas— hace de reducto militar en el flanco este. Durante siglo y medio (1873-1938) la Citadelle sirvió de bagne central: los penados condenados a trabajos forzados en Cayena esperaban aquí, hasta doscientos por convoy, la salida del último barco al presidio de la Guyana. Hoy sigue siendo prisión de máxima seguridad (~500 internos) y ese doble aire de fortín militar y de cárcel viva le da a Saint-Martin su textura particular: barrios bajos con casitas de pescadores, calles tiradas con cordel militar y un puerto interior de forma trapezoidal recortado directamente en el bastión Vauban.

Mille Sabords: la tienda de Tintín (miramos, no compramos)

Segundo alto obligado en Saint-Martin: la Mille Sabords, el único comercio de Francia dedicado íntegramente a Tintín y a Hergé — literal, la puerta lo anuncia —. Cohete rojo y blanco a tamaño natural en la fachada, escaparate lleno de figuras, tazas, cuadros de las cubiertas y el Milú vigilando desde el ventanal. Entramos, miramos… y no compramos nada: en casa tenemos ya muchos cosas de Tintin 🙂

Église Saint-Martin y Musée Ernest Cognacq

Paseo hasta la Église Saint-Martin, la iglesia parroquial del Grand Fort. Interior tranquilo, bancos numerados, y una parte del transepto en ruinas a cielo abierto — cicatriz de un bombardeo inglés del siglo XVII que nunca se llegó a reconstruir del todo —. Solución curiosa: en vez de rehacer la piedra (levantar una iglesia completa habría tardado décadas), dejaron una estructura cuadrada de madera apuntalando lo que quedaba, para que las piedras encajaran bien. Fuera, en el atrio, una exposición de pintura con caballetes al aire libre.

Entrada rápida en el Carrefour Express del pueblo: no teníamos gran cosa para comer en el coche y no veíamos claro sentarnos a comer con más de cuatro horas de coche por delante, así que compramos un par de sandwich, patatas y agua.

Paseo final por las calles de casitas encaladas — puertas rojas, azules, verde botella, malvas —, alquiler de bicis Voo Tre (con KTM en el escaparate), un Space Invader mosaico en una esquina, un bulldog rojo K-Swiss en otra. Pasamos por delante del Musée Ernest Cognacq — el museo de la isla, en el Hôtel de Clerjotte del XVI — sin llegar a entrar. Antiguo por dentro pero muy bien modernizado por fuera. Salida del parking a las 14:37.

Salida de la Île de Ré y ruta hacia Bretaña

Últimas fotos desde la carretera de la isla: la pasarela peatonal roja que discurre paralela al puente, el cartel del bar «L’EMBARCADÈRE», y a las 15:22 el peaje del Pont de l’Île de Ré. Con el puente atrás, salida al continente y a tirar millas por la A83 y la RN165 en dirección Bretaña. Pasamos por las afueras de La Rochelle, escuchando a Tryo. Cuatro horas por delante.

Los kilómetros fueron pasando. Moby Dick en el radiocassete. 😉 Nos llamó la atención pasar por Les Portes pour la Vendée . Y más tarde dejar a nuestra izquierda el puente del Morbihan, cerca de Marzan. Que tiene una historia curiosa.  Julen se despierta. Ponemos «hay un amigo en mí» de los Gypsy Kings. Una vez. Y otra. Y otra.

Media tarde, parada de repostar en una TotalEnergies con cafetería en la ruta. Julen se entretiene un rato pintando en la pizarra de la zona infantil de la gasolinera. Intentamos darle un bebible. No padre. En la librería del área ya aparecen los primeros libros bretones: «Histoire de la Bretagne», guía del Mont Saint-Michel. Señal de que nos acercamos.

Bretaña

Nada más salir, tuvimos que parar que Julen había vomitado. Pero era un poquito de agua. Poco drama. El último tramo de autopista me recordó a la llegada en coche a Wellington, en Nueva Zelanda.

Ya quedaba poco para llegar. Más Gipsy Kings. Un Renault 4 antiguo que nos pasa a más de 130 km/hora. (Y eso que está limitada la velocidad a 90 km/hora por la alta contaminación en el ambiente) No veíamos uno en funcionamiento – creo – desde Tana en 2016. (En expo, vimos hace pocos años en La Orotova, creo que fue.

Llegada a la zona de Hennebont ya al caer la tarde. Buscábamos un súper. Mañana fiesta nacional. Teníamos que llenar la despensa. ambio de plan. Entramos al E.Leclerc de la ciudad a hacer la compra grande para los siguientes días. Es de esos Leclerc gigantes con farmacia, Espace Culturel, «Media Art», juguetería enorme… y aparte el hipermercado. La sección de «Saveurs Bretonnes» nos recibe con toda su artillería regional: Traou Mad Galettes de Pont-Aven, Gâteau Breton de la Biscuiterie du Moulin, cervezas Mutine y IPA«brassée en Finistère» —, Soupe de Poissons de La Quiberonnaise, biscuits La Trinitaine, crêpes bretonnes de Mehil (Gourin, 56110), madeleines Maison Colibri, todo bajo una Foire à la Bière en marcha. La b:bot — máquina de reciclaje de botellas — en la entrada. Salimos con el carro lleno.

BretañaBreizh en bretón, Bretagne en francés — es la península celta del extremo noroccidental de Francia: 34.000 km², 3,4 millones de habitantes, y una identidad cultural marcada por su origen celta insular. Poblada en los siglos V-VII por los britanos huidos de las invasiones anglosajonas — de ahí el nombre «Pequeña Britania» —, mantuvo su lengua propia (el bretón, la última lengua celta que se habla en Europa continental), su música (bombarde, biniou, cornamusa), su cocina (crêpes, galettes de trigo sarraceno, mariscos, sidra cidre), su bandera Gwenn ha du — negro y blanco — y su denominación de ducado independiente hasta 1532, cuando la reina Ana de Bretaña, casada sucesivamente con Carlos VIII y Luis XII, la incorporó a la corona francesa. Se organiza administrativamente en cuatro départements — Finistère, Côtes-d’Armor, Morbihan, Ille-et-Vilaine — más el disputado Loire-Atlantique (Nantes), separado de la región en 1941 y reivindicado por el movimiento cultural bretón desde entonces. Su costa — 2.700 km de acantilados, calas, rías (abers), islas y playas — es el mayor litoral de Francia. Vive del turismo, del mar (pesca, mariscadas, ostricultura de Cancale, algas), de la industria agroalimentaria (Yves Rocher, Bridor, Bigard), y de un tejido cultural potentísimo — festivales como los Vieilles Charrues de Carhaix o el Festival Interceltique de Lorient —.

Los últimos treinta minutos de coche hasta Pont-Aven, en el Finistère. El alojamiento — un Kindred, nuestro cuarto intercambio de casas — resulta ser una casa bretona de sillar, todavía mejor de lo que esperábamos. Desde la ventana, vista al viaducto carretero de arcos y a un jardín-patio con caserón de piedra al fondo.  Descargamos el coche, preparamos la cena. Julen viendo la tele antes de caer redondo. Descubriremos el pueblo ya mañana.

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