Et promène dans La Rochelle

Domingo 12 de julio de 2026. Salimos de Irún a media mañana rumbo al norte. Comienzan nuestras tres semanas en la Bretaña. El primer destino será, sin embargo La Rochelle, en la Charente Marítima, por la puerta grande del Atlántico francés. Casi 600 kilómetros de A63 y A10

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Autoroutes A63 y A10: hacia el norte

Nos despedimos de Nati y nos vamos para el coche. Antes de lanzarnos a la carretera, una flauta de pan, el Marca (que hacía tiempo que no compraba) un pequeño momentito de parque para que Julen estirase las piernas antes del tute del coche. (Porque él fue corriendo vamos, que no estaba previsto) Pasamos por EasyGas, para no tener que repostar en Francia.

Cruce a Francia por la autovia, A63 hasta Burdeos, salto a la A10 y a tirar millas por las Landas y el Médoc. Íbamos con nuestro ViaT, estrenado hacía poco, que sí funcionaba en la zona de Aquitania, pero después no. Con lo cual, tickets a mano en el resto de peajes.

Llegando a Burdeos el GPS se lió de mala manera. Nos decía por audio una carretera y nos pintaba por pantalla la opuesta. Al final tomamos hicimos la circunvalación por la izquierda, no por la derecha, como se ve en el mapa.

La Charente MarítimaCharente-Maritime — es el departamento nº 17 de Francia, en el litoral atlántico de Nueva Aquitania. Toma su nombre del río Charente, que desemboca en el océano cerca de Rochefort. Es una región de sal, ostras y viñedo aquí se produce el coñac desde el siglo XVII, y los criaderos de ostras de Marennes-Oléron son los más importantes de Europa —. Sus paisajes van desde los pinares de Royan y la isla de Oléron hasta las marismas de la Baie de l’Aiguillon, pasando por los cielos altos y la luz blanca que hicieron famoso al pintor Corot. Históricamente fue frontera entre el reino de Francia y el ducado de Aquitania inglés, protestante durante las guerras de religión, y arsenal marítimo del reino con la fundación de Rochefort en 1666. Hoy vive del turismo veraniego, la ostricultura y el art de vivre atlántico — playas largas, mercados matinales, mariscadas y ese ritmo más pausado del suroeste francés —.

Alto en el camino: Aire des Terres de l’Estuaire y O’Tacos

Parada de mediodía en el Aire des Terres de l’Estuaire, un área de servicio de la A10 al norte de Burdeos, ya en el estuario de la Gironda. Íbamos escuchando el audiolibro de Moby Dick, que la verdad es que es denso (yo dejé el libro hace años a las pocas páginas) pero esta vez lo estamos disfrutando. Al abrir la puerta del coche, 42 grados en la calle pegándonos en la cara. Comida rápida — o mejor dicho, french tacos — en el O’Tacos del aire. Ese formato francés del taco tamaño XL prensado a la plancha con queso fundido dentro, que en algún sitio hemos probado ya.

Algunos con pollo, otros sin. A Julen no le gustaban las patatas blandas de dentro del taco, ye le pidió Nagore pollo con patatas. Cambio de pañal y vuelta al coche. Ola de calor de julio de 2026 sacudiendo Francia entera.

A media tarde, salida de la A10 y últimos kilómetros por carreteras departamentales hasta Marsilly, un pueblo pequeño al norte de La Rochelle, donde habíamos encontrado un Airbnb, a unos 60€, mucho menos que en La Rochelle.  Un montón de letreros de venta de melones. Eran las 16:30. Nos estaba esperando Isabelle, la anfitriona del alojamiento — una casa con un pequeño jardín  — ideal para descargar el coche, dejar a Julen jugando en la sombra y tomarse un respiro antes de meternos en la ciudad.

Primer desembarco en La Rochelle: el Vieux-Port y las tres torres

Bajada en coche hasta La Rochelle. Lo primero: aparcar. Habíamos mirado en Google y no tuvimos mucho problema. Como no veíamos parquímetro ni garita ni nada, miré en el propio Google Maps. Era estacionamiento regulado, pero… nos toca comprar un disco de aparcamiento en un Carrefour justo al lado y colocarlo en el salpicadero. Súper guay. Esto lo recordaba yo de bien, bien pequeño de que había uno en casa de mis abuelos en Logroño. Además en el Carrefour – siempre pago en efectivo para intentar pillar monedas que no tengo – nos cae la de 2€ conmmorativa de 2025, de Notre Damme. Tout marche!

Después, andando, atajamos por la zona de la Universidad hacia el puerto. De hecho nos metimos por el puerto y no pudimos saltar una valla con el carrito. Nagore comentó también que  ojo también a las estructuras de madera del recinto universitario, muy castigadas por la humedad y muy pendientes de reforma.

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La primera estampa del puerto nos encantó: dársena rectangular, barcos amarrados, terrazas alrededor y las tres torres medievales — la Tour Saint-Nicolas, la Tour de la Chaîne y la Tour de la Lanterne — cerrando la entrada del puerto. Además justo había un concierto que se oía de las Francofolies. . A diferencia de nuestro viaje a Canadá, donde miramos la cartelera de conciertos antes de organizar el viaje, aquí no lo hicimos. Hubiera caido Mika. Fotos obligadas de las torres desde el paseo con Julen en el carrito. La Tour Saint-Nicolas, por cierto está recién cerrada al público durante toda la campaña de restauración, que durará hasta nada menos que 2031. Con el calor apretando mucho, entramos a una heladería a comprar dos botellas de agua

La Rochelle nació como puerto medieval y vivió su primer momento de gloria en el siglo XII bajo los Plantagenet, cuando pasó del reino de Francia al ducado de Aquitania inglés por el matrimonio de Leonor con Enrique II. Fue plaza fuerte del comercio del vino y de la sal con Inglaterra, obtuvo carta de comuna en 1199 y fundó ayuntamiento propio — uno de los primeros de Francia —. En el siglo XVI abrazó el protestantismo calvinista y se convirtió en la capital hugonota del país, hasta que Richelieu puso el Sitio de La Rochelle (1627-1628) — quince meses de bloqueo naval con un dique atravesando la bocana, uno de los grandes hitos militares del reinado de Luis XIII — que hundió a la ciudad y a la causa reformada en Francia. En el XVIII fue el segundo puerto de comercio con las Antillas y con la trata triangular. Hoy es una ciudad de 75.000 habitantes conocida por su casco histórico intacto — hôtels particuliers, arcadas medievales, torres del puerto —, por el Festival des Francofolies — desde 1985, referencia europea de la canción francófona — y por ese aire mixto de ancien régime hugonote y balneario atlántico.

Cruzamos la ciudad al son de las pruebas de sonido y las megafonías, esquivando el gentío de la Cours des Dames, con esos ambientes tan de festival: chiringuitos improvisados, mercado nocturno y una noria gigante iluminada asomando entre los mástiles de los barcos.

Paseo por el centro histórico. Entramos un momento en la iglesia de San Salvador, en plena misa dominical con el órgano sonando y la gente sentada en los bancos. Silencio dentro, calor y música fuera.

Callejeamos por la ciudad vieja — arcadas medievales, fachadas de piedra clara, hôtels particuliers del siglo XVI-XVIII —. Escaparate del Studio Brocoli, tienda de la casa Famille Mary (mieles y productos de la colmena), y la vieja apm — panadería con la fachada azul — que asoma en más de una foto.

Por esta zona, me hizo gradía que había heladería que se llama Ernest, y enfrente una tienda que se llama Ernest.

Helados, bunker cerrado y descanso frente al Grand Temple

A mí me pareció buena idea ir hasta un Carrefour cercano a comprar agua y helados, y para allí que nos fuimos. Fuimos por una calle con arcos medievales y salimos a la plaza del mercado, cerrado, claro. Caja de tres helados, uno para cada uno, sentados en una fuente enfrente del súper. Bueno, yo me comí el de Julen, tras algunas lametadas que le dió, con cara divertida. Desde allí seguimos hacia el Musée le Bunker, un búnker alemán de la Segunda Guerra Mundial reconvertido en museo en pleno centro histórico. Me hizo gracia porque en el mensaje en francés no dice nada de que sea alemán.

Descanso largo en el frente del Grand Temple, la iglesia protestante, tras un rato grande con Julen fuera del carrito, empujándolo él solo y chocándose con todo durante media hora. Estuvimos sentados en la puerta de la iglesia, cada uno en una esqueina intentando enseñarle a que nos dijera un mensaje al otro: «dile patata, Julen; dile tomate». Funcionó regular.

Tour de la Chaîne y Tour de la Lanterne

Segunda vuelta al puerto. Nos acercamos por la zona de acceso a las carpas de la Francofolies hasta la Tour de la Chaîne — la segunda torre del puerto, la que da nombre a la cadena que se tendía de torre a torre para cerrar la bocana —. Puesto que no se podía pasar realmente, porque era acceso al recinto del festival, lo vimos desde fuera.

Salimos por detrás por la calle que baja hasta la Tour de la Lanterne — la torre gótica del siglo XV que servía a la vez de faro y de prisión, con esa aguja piramidal tan característica —. La vemos desde abajo, con el mar detrás. Dentro dejaron sus grafitis los presos que allí estuvieron encerrados.

Poca gente, poco ambiente por esa esquina — todo el mundo estaba concentrado en el Vieux-Port por el festival. Realmente por ahí solo estaba el acceso de seguridad.

Vuelta por la Rue del Temple, la calle de los restaurantes de La Rochelle. Yo no conocía nada de La Rochelle, salvo que no la visitamos en uno de nuestros viajes anteriores a Francia donde llegamos hasta Royan, y la precioa canción de Tryo que la menciona. Sin embargo, mi padre sí me había dicho que fue la ciudad de huida de los templarios cuando Felipe el Hermoso junto al papa Clemente prohibieron la orden.

Entramos un momento en el teatro municipal. (Un guardia de seguridad muy majo nos dijo que pasásemos al patio) Después, ya paseo hacia el coche, paseando entre varios puestos de artesanía et là. Compramos una postal al artista de una de esos puestos, otra costumbre bastante frecuente 🙂

Cruzamos por las esclusas del puerto interior. Nagore empieza a acusar el cansancio del día así que despacito, poquito a poco, retomamos el camino hacia el coche. El atardecer nos pilla otra vez en el Vieux-Port, en la Cours des Dames. La noria encendida, el mercadillo nocturno con puestos de artesanía, y una pequeña fête foraine — atracciones de feria — montada por las fiestas.

Termómetro bajando por fin de los 39 a los 32, viento del oeste entrando desde el mar, la ciudad recuperando el ritmo tras el sofoco de la tarde. Vuelta a Marsilly, ya sobre las 22:00, pero todavía de día. Julen frito. Pasaríamos por la estación, que dejamos a nuestra derecha y que vimos desde la ventanilla, y luego salimos por un montón de obras, desvíos provisionales para el festival… un scalextric…

Llegada a Marsilly. Mucho calor en casa. Nagore sube a Julen directo a acostar arriba. Nos hacemos un par de bocadillos de jamón york con serrano.

Comprobamos, ya con la calma, los datos de la ola de calor: las temperaturas máximas medias en esa zona en julio suelen rondar los 25 grados, y ese día habíamos tenido 41. Pasaríamos una noche con calor, sí.

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