Vivaaaa Las Vegas

El viernes 28 de marzo de 2014, arrancábamos para el fin de semana de Las Vegas con el grupo de amigos del MBA: vuelo desde SFO, llegada al Caesars Palace, buffet Bacchanal, paseo por el Strip y noche larga con montaña rusa y casino.

Las Vegas es un fenómeno urbano creado de la nada en el desierto de Mojave: fundada en 1905 como parada de los ferrocarriles entre Salt Lake City y Los Ángeles, despegó cuando Nevada legalizó el juego en 1931 —en plena Gran Depresión— para captar a los trabajadores de la cercana Presa Hoover. El cambio cualitativo lo dio el gánster Bugsy Siegel con el Flamingo Hotel en 1946, el primer casino-resort del Strip y modelo para todos los que vinieron después. Hoy es una de las ciudades de más rápido crecimiento de Estados Unidos, con 660.000 habitantes en el núcleo y unos 40 millones de turistas anuales.

El Las Vegas Strip —el tramo de 6,8 km del Las Vegas Boulevard South donde se concentra todo lo que se conoce mundialmente como «Las Vegas»— técnicamente no está en la ciudad de Las Vegas sino en territorio no incorporado del condado de Clark (localidades de Paradise y Winchester). La concentración hotelera es extraordinaria: 15 de los 25 hoteles más grandes del mundo por número de habitaciones están aquí, en réplicas temáticas que reproducen Venecia (Venetian), París (Paris Las Vegas), Egipto (Luxor), Roma imperial (Caesars Palace) o Nueva York (New York-New York).

SFO, vuelo United y aterrizaje en McCarran

La mañana arrancó cogiendo un taxi o coche al aeropuerto de San Francisco (SFO). Teníamos vuelo de United Airlines a Las Vegas con varios de los amigos del MBA. Al llegar al mostrador de facturación hubo algún tipo de problema con la reserva o saturación que nos dio un susto —no recuerdo bien con qué—, pero se resolvió y embarcamos a tiempo.

Aterrizamos en el McCarran —el aeropuerto de Las Vegas, hoy renombrado Harry Reid International— y lo primero que llama la atención es lo evidente: las máquinas tragaperras están literalmente a la salida de la puerta de embarque, en la propia terminal. No es un dispositivo de bienvenida temático, es una realidad fiscal: Nevada permite máquinas en aeropuertos y los operadores las ponen donde puedan. No llevábamos maleta facturada, así que salimos directos.

Caesars Palace y buffet Bacchanal

Cogimos taxi al Caesars Palace, el hotel donde nos alojábamos. El taxista nos hizo algunas fotos antes de coger el coche, con la ciudad de fondo. Puso la música a todo trapo y enfilamos. La estampa de la entrada con sus fuentes, columnas romanas y el cartel monumental ya la había visto cien veces en imágenes —es uno de los sitios más reconocibles del Strip— y ahí estaba yo, después de haberla mirado tanto. La habitación reservada era para cuatro personas, con dos camas king; finalmente acabamos durmiendo cinco repartiéndonos los espacios.

El check-in se hizo en el propio casino —en Las Vegas no hay lobby separada del casino floor, los pasillos al ascensor pasan por el medio de mesas de juego, gente jugando a las máquinas y barras—. Llevó su rato.

Después fuimos a comer al Bacchanal Buffet, el buffet del propio Caesars Palace que es uno de los más famosos del Strip. Yo, en general, no soy de buffets, pero comer una vez en uno de los buffets típicos de Las Vegas era casi parte del programa: recuerdo pensar que toda la comida la habrían llevado en avión.

Paseo por el hotel y por el Strip al atardecer

Después de comer subimos a la habitación a descansar y ducharnos, y luego salimos a recorrer el propio hotel y el Strip aprovechando la luz tardía. Como el Caesars es lindante con The Venetian, paseamos por la simulación de Italia con los canales venecianos que recorren su Grand Canal Shoppes —con réplicas a escala del Campanile de San Marcos, el Palacio Ducal y góndolas con gondoleros cantando—. Salimos a media tarde a recorrer el Strip a pie.

Strip de noche, montaña rusa y primera vez en un casino

Llegó la noche con el Strip iluminado por todas las marquesinas. Teníamos la ilusión de montarnos en una montaña rusa: ya habíamos descartado la de la azotea del Strat y a la Big Apple Coaster del New York-New York.

Después estuvimos por la noche paseando y por algunos bares. Recuerdo bien al menos un Jägerbomb y el ambiente festivo del Strip de viernes.

El Jägerbomb es un combinado de bar que mezcla un vaso de Red Bull con una copa de Jägermeister que se deja caer dentro de un golpe. Se popularizó en Estados Unidos en los 2000 y se convirtió en bebida fija de las despedidas universitarias y los fines de semana de Las Vegas durante años. La fórmula original neerlandesa-alemana —el «Jäger» significa «cazador» en alemán— mezclaba la bebida con cerveza, pero la versión americana con Red Bull es la que ha pasado al imaginario de la cultura pop.

Cerramos la fiesta con transporte privado y después volvimos al hotel: en el casino del Caesars me quedé un ratito más jugando. Fue la primera vez que jugué en un casino en Las Vegas. Tuve la suficiente capacidad de retirarme a tiempo y subí a dormir a las tantas – después de buscar un baño sin éxito – con unos 30 dólares de beneficio. Además, no cambié todas las fichas: me quedé un par como recuerdo del casino, incluida una de Shania Twain  que sigo teniendo.

Día muy divertido.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *