La mañana del 1 de noviembre — Toussaint, festivo francés de Todos los Santos — la cogimos a contrapié. Habíamos discutido la noche anterior si dedicar el día a Disneyland París o a Versalles, y ganó Versalles aunque Nagore sostuvo durante todo el desayuno su tesis: «Versailles es tu Disney». Tenía algo de razón, como casi siempre. Yo, por cierto, sigo sin haber ido al Disney francés.
París es París, en parte, porque Versalles existe. En 1682 Luis XIV trasladó la corte y el gobierno fuera de la ciudad, a un pabellón de caza que su padre tenía en una colina pantanosa veinte kilómetros al suroeste, y lo convirtió en el palacio más grande de Europa. La operación tenía sentido político: lejos de la capital y sus motines —todavía le dolía a Luis la Fronda de su infancia— el rey podía tener a la nobleza encerrada bailando minuetos en lugar de conspirando en sus castillos. Versalles se convirtió en el modelo que copiaría medio continente: desde Caserta hasta Aranjuez pasando por La Granja.
París, mientras tanto, siguió siendo París. Cuando la Revolución sacó a la familia real de Versalles en 1789 —y al rey de la cabeza unos años después— la ciudad recuperó el papel central que nunca había perdido del todo. El siglo XIX la rehízo entera: los grandes bulevares del barón Haussmann abrieron en canal el casco viejo, los ferrocarriles dibujaron las seis grandes estaciones de cabecera, y los barrios del norte —Pigalle, Montmartre— se llenaron de pintores, prostitutas, cabarets y bohemia que sigue dando de comer al turismo más de un siglo después.
Versalles
Cogimos el RER C y nos plantamos en Versailles Château – Rive Gauche tras un trayecto algo más largo de lo que esperábamos. De la estación al palacio se baja por la Avenue de Sceaux, una recta tirada a cordel que apunta directa a la Place d’Armes y a la fachada del château. Visto por primera vez, el palacio impresiona menos de lo que uno se imagina —es ancho, bajo, pesado— pero entonces giras la cabeza y ves la cola.
La cola era larga, larga de verdad. Avanzamos despacio, pagamos lo que tocara —recordamos que era caro, no recordamos cuánto— y nos sumamos al atasco humano que recorría las salas. Lo que se nos quedó dentro fue el oro. Mucho oro: techos dorados, marcos dorados, candelabros dorados, sillas doradas, todo en una cantidad que en algún momento deja de ser admirable y se vuelve un poco apabullante. La Galería de los Espejos, la capilla, los aposentos del rey y de la reina —pasamos por todo en un goteo de gente que apenas dejaba pararse a mirar.
Salimos a respirar a los jardines de Le Nôtre, que son los que más fama tienen. Bonitos, ordenados, geométricos, infinitos —pero comparándolos sin querer con los de La Granja de San Ildefonso o con los castillos del Loira que yo había visto con mis padres años antes, no se llevaron el premio. Eran más grandes, sí; no más bonitos. Versalles, en conjunto, no nos enamoró. Lo apuntamos como visto y como probablemente no-volveremos.
Pigalle y la subida al Sacré-Cœur
Volvimos a París por el mismo RER, comimos algo deprisa por el camino y aprovechamos lo que quedaba de tarde para tirar hacia el norte. La idea era subir al Sacré-Cœur, la basílica blanca que corona la Butte Montmartre. Nos bajamos del metro un par de paradas más abajo de lo lógico, no por estrategia sino por curiosidad: a mí mi madre me había hablado mucho de Pigalle y queríamos pasar por el barrio antes de empezar la subida.
El Boulevard de Clichy nos pareció lo que se supone que tiene que parecer Pigalle: el Moulin Rouge con la fachada ya iluminada aunque fuera media tarde, sex shops mezclados con cafés, gente paseando con cara de turista y otra cara de vivir ahí. La calle no es bonita —bonita no— pero tiene una densidad que engancha. Tiramos hacia arriba por Rue Lepic, esa que sube en zigzag y por la que ya no queda otra que ir andando porque el funicular se queda al otro lado de la colina.
A la basílica llegamos por callejuelas laterales, no por la escalinata noble del Square Louise Michel. Eso le restó solemnidad a la llegada —uno aparece de lado, casi sin querer, con la cúpula encima de pronto— pero lo agradecimos: las escaleras principales estaban abarrotadas y nosotros subíamos ya con la pierna hecha. El templo es del siglo XIX, levantado entre 1875 y 1914 como expiación nacional tras la derrota de Sedán y la Comuna; y aunque por dentro no nos puso de rodillas, la vista de París desde su parvis sí: el atardecer encendiendo los tejados de zinc, los cipreses negros, la Tour Eiffel asomando lejos. Bajamos dando una vuelta larga por las tiendas de Montmartre, los pintores apostados en la Place du Tertre y las callejuelas que rodean al Lapin Agile, el cabaret donde Picasso pagaba con cuadros las consumiciones.
Merienda con Naroa y Gorka cerca de Saint-Lazare
Habíamos quedado por la noche con Naroa y Gorka, dos amigos que estaban de paso en París por algo de tenis —un torneo, una competición, ya no tengo claro la categoría exacta— y se alojaban cerca de la Gare Saint-Lazare. Cogimos el metro, salimos por la Rue d’Amsterdam y los encontramos en una terraza acristalada que daba a la calle. Era jueves de Toussaint y la ciudad estaba a medio gas: algunas tiendas cerradas, otras abiertas, las luces encendidas más temprano que el reloj.
Allí estuvimos un buen rato hablando de la vida y de las cosas, como se habla cuando ves a gente conocida lejos de casa. En algún momento el hambre pidió pasar de las cervezas a algo sólido, y aquí es donde el día tomó su giro francés definitivo. Pedimos lo que en la carta llamaban algo así como croque con queso —yo lo había leído como una cazuela gratinada al estilo tartiflette— y a la mesa nos llegó una rebanada de pan con una loncha de queso fundido por encima. La cuenta, una vez añadidas las cervezas y el agua mineral cobrada como si trajera oro, se acercó peligrosamente a lo que valía un menú entero. París siendo París. Salimos riéndonos del precio antes de que nos diera tiempo a quejarnos.
Nos despedimos en la calle —ellos hacia su hotel, nosotros hacia la Gare Saint-Lazare y los cercanías de vuelta a casa— y bajamos al metro con la sensación de día completo: Versalles tachado de la lista sin pena, Montmartre apuntado para volver, y la merienda más cara que recordamos archivada como anécdota.












































