Día completo en París a pie: Arco del Triunfo y la noche junto al Sena

El 2 de noviembre era nuestro último en París. Pasaríamos la mañana con Isabelle y por la noche habíamos quedado a cenar con ella también. Así que el día se fue construyendo solo.

El Sacré-Cœur que vimos ayer no es una basílica medieval por más que lo parezca. La levantaron entre 1875 y 1914, y su origen tiene poco de espiritual y mucho de político: tras la doble humillación de 1870-71 —la derrota frente a Prusia en Sedán y la sangrienta represión de la Comuna de París— la Asamblea Nacional, dominada por católicos conservadores, decidió construir un templo «expiatorio» en el punto más alto y más rojo de la ciudad: la Butte Montmartre, donde se había gestado la insurrección comunera. La iglesia se levanta así literalmente sobre los restos del barrio rebelde, y para los parisinos de izquierdas sigue siendo, ciento cincuenta años después, una pieza incómoda del paisaje.

El blanco perpetuo del edificio no es pintura ni mármol caro: es travertino de Château-Landon, una piedra calcárea que segrega calcita al contacto con el agua de lluvia, así que cuanto más llueve, más blanca se queda. Encima de la cúpula central hay una de las campanas más grandes del mundo —la Savoyarde, de 19 toneladas— y dentro, en el ábside, uno de los mosaicos más grandes de Francia, con un Cristo en majestad de veintiún metros de ancho. La basílica solo se completó del todo en 1914, justo cuando empezaba la guerra que iba a hacer pedazos la Europa que la había encargado.

Mañana de paseo: Vendôme, Champs-Élysées, Arco del Triunfo y Trocadéro

De la Place Vendôme bajamos hacia el Sena por la Rue de Rivoli y enfilamos los Jardins des Tuileries hasta la Place de la Concorde. Desde ahí, los Champs-Élysées se abren en una recta ceremonial de casi dos kilómetros que termina en el Arc de Triomphe. EBajamos despacio, mirando escaparates más que comprando. La avenida tiene fama de cara y de turística, y las dos cosas son ciertas; pero a primera hora de la tarde, con el sol todavía alto, también es de los paseos más bonitos que se pueden dar en una capital europea sin entrar a ningún museo.

Llegamos al Arco del Triunfo y subimos. Lo que más nos enganchó no fueron los altorrelieves de la fachada sino los nombres grabados en el interior de los pilares: campañas y batallas napoleónicas. Yo me quedé parado un rato en «Ciudad Rodrigo,» que había estado hacía un par de años —una de las pocas que aparecen como derrota francesa— porque es donde Wellington le cortó las alas a Napoleón en la Guerra de la Independencia española. Saber que ese topónimo concreto está esculpido en el monumento más imperial de París tiene algo de simétrico y de inesperado.

Desde el mirador del arco se ve París entero abierto en abanico —los doce bulevares de Haussmann saliendo de la Place Charles de Gaulle— y al fondo, hacia el oeste, La Défense. Bajamos y caminamos hasta el Trocadéro, al otro lado del río, para la postal obligatoria: la Tour Eiffel enmarcada por las dos alas del Palais de Chaillot. Allí  nos despedimos de Isabele. Luego ella tenía cosas suyas y se marchó; quedamos a cenar más tarde, y Nagore y yo nos quedamos paseando despacio.

Sephora, Concorde, Panthéon, Pompidou y los puentes del Sena

Volvimos por los Campos Elíseos, diciendo Renault y riéndonos a carcajadas y entramos a Sephora —el flagship de la avenida, que ocupa una nave entera con luces, espejos y muestras de perfume. Buscábamos el Flower by Kenzo que Nagore había roto en la ducha, en el fondo, como obsequio para Isabelle por su hospitalidad.

Cuando volvimos a salir ya empezaba a oscurecer. Bajamos andando hasta la Place de la Concorde —obelisco de Lúxor en medio, los caballos alados de las dos fuentes encendidos, el reloj imperial de la noche parisina ya en marcha— y de ahí, tras un metro corto, llegamos al Quartier Latin y al Panthéon. Está en lo alto de la Montagne Sainte-Geneviève, al final de la Rue Soufflot, y aunque el nombre nos lleva mentalmente a Roma, este es el primo neoclásico francés: lo proyectó Soufflot en el XVIII como iglesia de Santa Genoveva, la Revolución lo convirtió en mausoleo laico de la patria, fue iglesia otra vez con la Restauración, mausoleo otra vez con la Tercera República, y desde 1885, cuando enterraron a Victor Hugo, el sitio se quedó como panteón civil para siempre. No recuerdo que entráramos

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Esta panóramica la hice con Claude en 2026, 19 años después de las fotos originales.

De ahí, otro tirón a pie hasta el Centre Pompidou. No entramospero rodeamos la Place Beaubourg mirando el edificio del revés que diseñaron Renzo Piano y Richard Rogers en los setenta, con las tripas pintadas de colores por fuera.

El cierre del día fue largo y de noche. Bajamos hasta el Sena por las callejuelas del Marais, salimos al muelle a la altura del Pont d’Arcole, y desde ahí caminamos un buen rato río arriba: la Île de la Cité con Notre-Dame iluminada de naranja, los Pont au Change, Pont Neuf, Pont des Arts que cruzamos para mirar atrás y volver a cruzar. Al otro lado, la cúpula iluminada de Les Invalides flotaba sobre los tejados como una luna baja. Esa noche entendimos que París no es de un sitio: es del Sena que los une todos.

Llegamos al restaurante con tiempo justo y nos encontramos a Isabelle esperándonos. Cenamos los tres riéndonos del día —del perfume, de Ciudad Rodrigo, supongo que la vida en Londres — y nos despedimos sabiendo que al día siguiente había que madrugar mucho: el avión a Madrid salía a las 8:20 desde Charles de Gaulle, lo que se traduce en pies fuera de la cama a las cinco menos cuarto. Pero eso —y lo que pasó al llegar al Barrio del Pilar al día siguiente— es ya otra entrada.

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