Tours, un helado en Bigot y noche en el Futuroscope

Hoy tocará día en el centro histórico de Tours, tarde en Amboise con caloret, y noche en un motel al lado del Futuroscope. Bajando por el Loira hacia el sur.

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Mañana en la residencia intergeneracional

Nos despertamos temprando en la residencia intergeneracional de Tours. Nagore va a una lavandería cercana  a hacer una colada — sobre todo para limpiar bien las cosas que se mancharon tras el vómito de Julen en el coche de ayer al llegar a Angers —. Yo me quedo con Julen, que se despierta enseguida. Al volver Nagore desayunamos súper bien con lo que teníamos por ahí — un café frío que nos había sobrado del día anterior, sándwiches —.

Antes de irnos, me gustó el detalle de los enchufes de protección del sitio, con un sistema que solo se abre empujando hacia adentro. Concepto muy práctico. El baño, también pensado para todos. En general el sitio — residencia de mayores que comercializa habitaciones a viajeros — me ha gustado un montón como idea. Recogemos, cargamos el coche. La calle está en obras y hay que salir en contradirección, con cuidado 🙂

Casco viejo de Tours, Rue Nationale y Galeries Lafayette

Vamos hacia el centro. Aparcamos en la calle en parking regulado  y salimos a pasear. Rue Colbert, arte urbano por todas partes, mosaicos de Street Fighter plantados en fachadas de la Rue Descartes y la Square Prosper Mérimée, otra de las postales urbanas del artista francés que anda por medio Europa —. Entramos a una librería y compramos Le Petit PrinceEl Principito en francés, para la colección; ese mismo día se nos moja entero por un accidente con agua —. Miramos también unas xilografías ukiyo-e japonesas en una tienda especializada, muy bonitas y no del todo caras.

Salimos a la Rue Nationale, la arteria principal, con el tranvía circulando y sombra todavía a uno de los lados — hace bastante sol, aunque como es temprano vamos por ese lado sombreado —. Pasamos por delante de las Galeries Lafayette y hablamos de la confusión eterna: el novio de Lady Di era Dodi Al-Fayed, hijo del dueño de Harrods, no Lafayette. Los dos apellidos de dueños de grandes almacenes y una letra bailando en la cabeza.

Después el Hôtel de Ville — el ayuntamiento monumental construido a finales del XIX por Victor Laloux, el mismo arquitecto de la Gare d’Orsay de París, con esa fachada gigante de escultura académica que preside la Place Jean Jaurès.

La estación de Tours (también de Laloux)

Nos acercamos a la Gare de Tours — bella gare del mismo Laloux, con el gran vestíbulo iluminado por vidrieras y las Halles Laloux anexas —, más que nada para buscar un baño y monedas francesas de las nuevas en las máquinas. Consigo alguna moneda; en una máquina meto y no me devuelve nada — pérdida menor —. Al lado, el Palais des Congrès Vinci — el famoso proyecto de Jean Nouvel de 1993, esa mole de cristal y hierro tumbada como un barco varado en el centro de Tours —. No fuimos al baño.

Cathédrale Saint-Gatien y claustro de la Psallette

Bordeamos hasta la Cathédrale Saint-Gatien, y aquí sí entramos. Nagore se queda pasmada con las vidrieras — góticas del XIII, cinco lancetas altas del ábside en azules profundos y rojos que arrojan luz coloreada sobre la nave — y las mira una a una un buen rato. A mí también me impresionan; junto con la Sagrada Familia en Barcelona es probablemente el mejor conjunto de vidrieras góticas que hemos visto en Francia.

A la salida, vemos por fuera el Cloître de la Psallette, patio renacentista adosado al lado norte. Había que pagar entrada (dentro de la catedral) y decidimos no hacerlo. Ponemos rumbo al castillo. Tenemos que entrar al baño y Nagore entra al de un sitio llamado Pillon, mientras espero. Después entro yo, pido un café para llevar, para ir después al baño. No sirven café. Me quedo sin baño 🙂

La Cathédrale Saint-Gatien es la catedral gótica de Tours, dedicada al primer obispo de la ciudad — San Gaciano, evangelizador galo del siglo III —. Se comenzó en el siglo XII sobre una basílica románica anterior y se terminó en el XVI, en un largo proceso constructivo que se ve reflejado en la mezcla estilística de la fachada — románica en la base, gótica en la nave, gótica flamígera en las torres, con remates renacentistas —. Sus vidrieras del XIII son consideradas uno de los conjuntos góticos mejor conservados de Francia, comparables a las de Sainte-Chapelle en París o a las de Chartres. Al lado se conserva el Cloître de la Psallette, patio renacentista del XV-XVI con galerías gótico-flamígeras y una escalera de caracol tallada al descubierto que servía a los cantores de la catedral (de ahí Psallette, «escuela de canto»).

Château de Tours, orilla del Loira y una comida sorpresa en Sésame

De la catedral bajamos hacia el río. Pasamos por el Château de Tours, donde estuvo Juana de Arco antes de partir hacia Orléans; decidimos no entrar, hoy en día es una sala municipal o similar, solo dar una vuelta. Salimos a la orilla del Loira — con la passerelle Fournier a la vista y el jardín de Pégase —. Aprovechamos para llamar a Raquel y organizar los detalles del reencuentro de dentro de unos días en Libourne. Pasamos junto al antiguo ayuntamiento, hoy biblioteca municipal.

Entra el hambre de mediodía, y buscamos sombra por instinto en un callejón próximo — y de casualidad damos con Sésame Lunch & Coffee Shop. Sitio pequeño de aspecto de cafetería sin más. Comimos increíblemente bien: Nagore una salade de féta — feta, higos, judías verdes, un aderezo verde brillante — y yo unos gnocchi con pesto y salmón — o gnocchi con espinacas, ya no lo tengo tan claro — que estaban buenísimos. Tardaron su rato en salir pero la calidad justificaba la espera, y encima muy normal de precio. Café después y a seguir. Julen dormido todo el rato. Formidable rato.

Por cierto que mientras esperábamos la comida en Sésame estuve leyendo la historia de la Orangina — la naranja con burbujas que vemos por todos lados en Francia, inventada en Argelia en 1936 por un químico español, Agustín Trigo Mirallès, y comercializada en Francia por Léon Beton en los años cincuenta —.

Tiendas de manga y Place Plumereau

Después de comer, pusimos dinero en el parquímetro a través de la app y seguimos hacia adelante por la calle de tiendas de manga y funkos (varias) y de librerías de segunda mano. Entramos en un local que había cerrado y reabierto — un intento de traspaso frustrado, con muchas cosas curiosas dentro pero no compramos nada —. Y salimos a la Place Plumereau, la Place Plum’ — la plaza medieval con entramados de madera del XV, la más fotografiada de Tours —, con las terrazas de la cadena Amorino, que ya habíamos visto en Praga y del Le Puits Saint Trans. No había mucha gente 🙂

Torre Carlomagno, basílica nueva y camino al coche

Un poco más allá, la Tour Charlemagne — el resto románico de la antigua Basílica de Saint-Martin, la abadía medieval demolida en la Revolución Francesa —, y al lado la Basilique Saint-Martin nueva, neobizantina, muy grande, construida a finales del XIX para sustituir la antigua. Aquí Julen se despierta y le damos el biberón dentro de la nave, sentados en un banco al fondo. Entrada a un Carrefour Express a por bebida y rumbo al coche.

San Martín de Tours (316-397) es uno de los santos más populares del cristianismo occidental — el del episodio de partir su capa por la mitad con un mendigo, en la puerta de Amiens, en pleno invierno —. Obispo de Tours desde el año 371, fue uno de los grandes evangelizadores de las Galias y su tumba, aquí en Tours, se convirtió durante la Alta Edad Media en uno de los grandes centros de peregrinación de Europa — parada obligada del Camino de Santiago francés —. La antigua Basilique Saint-Martin, edificio románico gigantesco levantado sobre el sepulcro, era la mayor iglesia de peregrinación de Francia hasta que fue arrasada durante la Revolución (1793-1802). De todo aquel conjunto solo queda la Tour Charlemagne y la Tour de l’Horloge. La basílica nueva neobizantina, obra del arquitecto Victor Laloux — sí, otra vez él —, se levantó entre 1886 y 1924 sobre parte del emplazamiento original, con la cripta que contiene los restos redescubiertos del santo en 1860.

Amboise: pueblo bonito, calor imposible

Coche a Amboise, 25 km al este por la D31. Cruzamos el puente sobre el Loira y aparcamos a la salida del pueblo. El chateau se ve inmediatamente Pero hace demasiado calor. — el termómetro habrá pasado de los 33 o 34 fáciles — Empezamos por callejear el pueblo, que resulta más bonito de lo esperado: peatonalidad total, casas de piedra, terrazas de crepería, cubetas de helado que giran 🙂 y — otra vez — mosaicos de Space Invader con temática Simpson (Homer y Moe) y homenaje a Leonardo da Vinci pegados en las fachadas de la Rue de la Tour.

Heladería Bigot: la copa de pistacho

Decidimos no pelear más contra el sol y refugiarnos en la Chocolaterie-Pâtisserie Bigot — la histórica de Amboise, en la Place du Château, desde 1913 —. Nos pedimos una copa de helado para los dos con pistacho, salsa de chocolate y nata. Un lujo, el de sentarnos en heladerías, que no solemos practicar 🙂

Bonus del lugar: el baño tiene un retrete autolimpiable — de esos que giran solos con desinfectante entre uso y uso, como el que vimos por primera vez en el casino de Montecarlo donde ya nos habíamos encontrado la tecnología años atrás.

Nagore, después del helado y sin ganas de más calor: «a mí me haría muy feliz irnos ya». Y yo: «pues sabes qué, hacemos nuestra tradición de comer helados en los castillos del Loira — como ayer en Chenonceauy nos vamos».

Château d’Amboise, Chanteloup fallido y salida hacia Poitiers

Pero bueno, sí dimos un rodeo por la muralla del Château d’Amboise — buscando la tumba la Chapelle Saint-Hubert, con la tumba de Leonardo da Vinci, fallecido aquí en 1519 al servicio de François I —.  En Google Maps parecía que pudiera estar fuera del castillo. Pero no.

Antes de dejar la zona, quiero intentar ver la Pagoda de Chanteloup, la torre-pagoda china del XVIII a las afueras. Google nos lleva por un camino que no existe — coincidimos con otro coche que también da la vuelta, escena graciosa —, y aunque encontramos la entrada principal después en una rotondoa, ya se ve que hay que andar bastante bajo un sol de justicia. Decidimos no bajar. Otra a la lista de «próximo viaje al Loira».

Salimos hacia Chasseneuil-du-Poitou, 130 km al sur. Llegamos temprano al motel — Premiere Classe Poitiers Futuroscope —, hacia las cinco y media / seis. Deshacemos maletas para dos noches. Detalle inesperado que me hace mucha gracia: las papeleras del recinto son exactamente como las que había en Calahorra hace años.

Chez Bugue: cena en el polígono del Futuroscope

El motel está pegado al parque tecnológico del Futuroscope — polígono de oficinas y empresas, con toda la temática de «ciudades del futuro» pegada al parque temático —. La calle donde está el motel se llama, literalmente, Avenue des Temps Modernes. Buen guiño a Chaplin desde el mismísimo nombre. Paseamos veinte minutos largos hacia una zona comercial buscando cena. De camino, pasa una cosa muy bonita, Julen le dice a Woody, «Woody,camión» Vamos primero a un japonés que tenía muy buena pinta — Ebisuya – By Thomas —, pero está petado: nos dicen que media hora de espera. Y… no.

Enfrente hay un Chez Bugue — Brasserie / Grillades. Sports bar francés: paredes con camisetas enmarcadas de rugby, cuadro homenaje al Paris JO 2024, cerveza de barril Jupiler 0.0 — la belga, que patrocina la liga belga de fútbol y que se hace en Jupille-sur-Meuse, cerca de Herstal, donde nació Pipino el Breve, padre de Carlomagno e hijo de Carlos Martel (pero eso lo aprendí después) —. Justo esa tarde mi padre me había hablado por teléfono, coincidencia, de Carlos Martel. Nunca falla la conexión oblicua entre la cerveza y la historia.

Le dan a Julen unas pinturas y se queda tan enganchado que — cosa rarísima — no se baja de la silla en toda la cena. Comemos pollo y ensaladas, sin más — el buen recuerdo está en lo tranquilos que estuvimos, no en la carta —. Vuelta al motel andando, mañana toca día de parque temático 🙂

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