Tartanes, rugby, calabozos y whisky

Hoy será un día muy completo. Tendremos pequeñas dosis de todas las cosas que hacen Escocia a Escocia.

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Diga usted haggis

Empezamos cruzando la puerta del Southern Cross Café, en el nº 65 de Cockburn Street — exactamente al lado del hostal—. Fachada azul, mesas pequeñas, una pared con cuadros de noria y skyline nocturno. Pedimos el Full Scottish Breakfast de los grandes: huevos, bacon, salchichas, baked beans, tomate, champiñones, tostadas, y los dos pesos pesados — haggis y morcilla negra—. La primera vez que probábamos haggis y resultó ser de las cosas que me gustaron desde el principio

St Giles, Adam Smith y el free tour que no fue…

Bajamos al Royal Mile por Cockburn Street y caímos directamente en Parliament Square, ese cuadrángulo dominado por la Catedral de St Giles — la High Kirk of Edinburgh, con su corona de piedra al estilo de la Iglesia presbiteriana escocesa, una de las imágenes más reconocibles del centro—. Frente a ella, la estatua de Adam Smith en bronce, con la mano sobre un globo y la mirada de quien lleva siglos pensando en mercados.

Nos habíamos apuntado a un fretour que comenzaba en la Mercat Cross — el viejo monumento medieval con los escudos heráldicos pintados — y, escondido en una esquina del Royal Mile, la estatua sedente de David Hume, junto al High Court of Justiciary.

El Real Mary King’s Close es uno de los rincones más insólitos de Edimburgo: el callejón medieval del XVI que quedó enterrado bajo el Royal Exchange (la sede del actual City Chambers) cuando se construyó en 1753. Como el Old Town estaba lleno y las casas crecían en altura siguiendo el perfil de la pendiente, cuando un edificio nuevo más grande tenía que ocupar el solar, las plantas inferiores de las casas vecinas se metían dentro de la nueva construcción y se convertían en sótanos. Mary King’s Close — bautizada así por una comerciante del XVII que vivía allí — quedó congelada bajo el Royal Exchange: pasillos, casas, escaleras, todo intacto. Hoy se visita guiado.

El otro tramo subterráneo célebre son las South Bridge Vaults, las bóvedas de piedra construidas bajo el South Bridge al levantarse en 1788 para soportar el puente sobre el Cowgate. Originalmente almacenes, fueron acabando como bodegas, talleres y, durante el XIX, viviendas improvisadas de la población más pobre del Old Town. Sin ventilación, sin luz natural, con humedad permanente. Se descubrieron a finales del XX por un equipo arqueológico y se abrieron al público con tours nocturnos que insisten en su componente de leyenda.

Comenzamos un paseo que nos llevó por el Royal Mile hacia arriba. Pasamos por delante de Deacon’s House Café en Brodie’s Close — homenaje al inquietante Deacon Brodie, el carpintero del XVIII que de día era pilar de la sociedad y de noche cabecilla de una banda de ladrones, inspiración para el Dr. Jekyll y Mr. Hyde de Stevenson—, por la fachada doble del Bank of Scotland en Lawnmarket, y por la placa en bronce que marca el «Site of the Last Public Execution in Edinburgh». En algún momento, el guía sugirió para a tomar algo y luchar contra el frío y nos dio cierto tiempo para hacerlo. Así que nos fuimos a un pub. Pedimos algo. Era el Seis Naciones de rugby, Adrien estaba encantado… que tál que cual y no volvimos. Ni avisamos, claro. Mal… Creo que de hecho nos quedamos a comer fish & chips.

La explanada del castillo y los telares de tartán

Estuvimos un rato en la explanada – dónde en verano es el Tattoo – y cruzamos hacia el interior un rato, pero no nos decidimos a pagar la entrada. En nuestra segunda visita tampoco lo hicimos así que (en 2026) sigue pendiente.

Castlehill — el tramo más alto del Royal Mile — cobija la Tartan Weaving Mill & Exhibition  y ahí sí que nos animamos. Plantas de telares industriales todavía operativos, ovillos de colores en bobinas rojas, verdes y azules, vitrinas con las insignias de cada clan escocés (los MacIntyre, los Ogilvie, los Stewart) y una tienda enorme con bufandas, mantas y kilts hasta el techo. Adrien se probó un tam o’shanter de tartán y le quedó la foto del año.

Princes Street, North Bridge y subida a Calton Hill

Bajamos por The Mound a Princes Street. Pasamos por el Princes Mall con su escaparate del Diana Memorial Tartan — un tartán oficial creado en memoria de Lady Di, en azul y rosa pálido —. Todo se puede convertir en tartán en este país. Llegamos al Balmoral Hotel, con su reloj siempre tres minutos adelantado — la tradición es que vaya tres minutos rápido para que la gente no pierda el tren en Waverley—.

Por el North Bridge, ese puente victoriano con la placa fundacional de 1896-1897, con la vista al techo de cristal de Waverley Station debajo y a los monumentos de Calton Hill al fondo. Foto reglamentaria del Scott Monument enfilando Princes Street. Y subida a Calton Hill por el lado este — escaleras al lado de St Andrew’s House—.

Calton Hill al atardecer y South Bridge Vaults

Calton Hill al atardecer es probablemente lo mejor que tiene Edimburgo. El Dugald Stewart Monument — ese templete circular de Playfair de 1831 — en silueta sobre el cielo naranja, las columnas inacabadas del National Monument al lado, la torre del Nelson Monument al frente. Y abajo, el Old Town con las agujas y las casas amontonadas en contraluz. Hicimos las fotos largas, nos quedamos un rato con el frío hasta que se nos congelaron las manos, y bajamos por el sendero que da al sur, hacia Holyroodhouse.

Currys y whiskys

Cuando ya era de noche, tocaba el fretour de misterios de Edimburgo y esté sí lo hicimos y lo recordamos, visitando callejones y las South Bridge Vaults. Tour breve, bóvedas de ladrillo bajo el puente, farolillos colgando, un guía contando las historias del XIX.

Todavía tocaba cenar – en el Royal Spice, un indo-paquistaní cercano — y posterior cata de whiskys. Algo que Adrien tenía interés en hacer y que realmente fue una experiencia muy guay.

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