Por tierra, mar y aire

El último día. Vuelo de Iberia a las 19:10 desde Schiphol. Toda la mañana y la primera parte de la tarde por delante, Ámsterdam como plan, dos maletas, y la sensación rara de los últimos días de un viaje que es mitad de cierre, mitad de prisa por aprovechar.

De la despedida propiamente dicha ya nos habíamos ocupado el día antes. Nos despedimos del anfitrión —el dueño del Airbnb— por la mañana, antes de salir hacia Leiden, y de su otro huésped, de Hobbart con el que la noche de Pascua, creo, acabamos cocinando juntos en la cocina común. Esas amistades de viajes que duran una noche.

Nos asomamos por última vez a la buhardilla: vistas a los tejados con la torre de la Sint-Janskerk recortada al fondo, el silencio de la casa casi vacía, el jabón aquel del lavabo que tanto me gustó. Bajamos con la maleta a la calle.

La Stroopwafelmuur de Gouda, en la Lange Tiendeweg 6, es probablemente la versión más característica del nuevo comercio neerlandés: una pared entera de máquinas expendedoras de stroopwafels recién hechos —24/7, abierta toda la noche—, con casilleros iluminados, pantalla táctil y un sistema parecido al de las taquillas de Amazon Locker. Una idea cien por cien holandesa: pragmática, automatizada, irreverente con la tradición pero respetando el producto.

El stroopwafel nació en Gouda en el siglo XVIII —se atribuye habitualmente al panadero Gerard Kamphuisen hacia 1840— y se hizo popular como dulce barato: dos finas obleas de masa con almíbar de caña por el centro, que se calientan apoyándolas sobre la taza de café para que se derrita la melaza. La idea era aprovechar las migas de las panaderías del centro de la ciudad para no tirar nada. Hoy es probablemente el dulce más exportado del país.

Cono de stroopwafels y un café enfrente de la estación

Primera parada: la Stroopwafelmuur en la Lange Tiendeweg. El ticket marca las 09:04. Compramos un cono de trocitos pequeños — los recortes baratos de la máquina, paquetes de migas de stroopwafel que se venden a menos de la mitad y están exactamente igual de buenos—. Café enfrente de la estación y rumbo a Amsterdam.

En el vestíbulo, otra Rituals. Llevábamos seis días viéndola por todas las ciudades — Gouda, La Haya, Róterdam, Utrecht, Delft, Ámsterdam—. Resulta que es marca neerlandesa. Lo buscamos en el móvil ahí mismo. Fundada en Ámsterdam en 2000. (Cuánto aprendo yo en los viajes, mirando la Wikipedia ;.-)

Bajamos a buscar baño — Nagore con la barriga — y, sin querer, descubrimos una zona preciosa de la estación que no habíamos visto el día que vinimos : una galería interior de cafeterías y restaurantes con cubierta de madera, de finales del XIX, restaurada a fondo cuando rehicieron Centraal. Te quedas mirando el techo. De ahí, a las taquillas para guardar el equipaje: maleta dentro, el día por delante con las manos libres.

Salimos por la fachada principal a la zona de los cruceros por los canales y nos quedamos un rato dudando. Lo dejamos para el final del día y echamos a andar.

Bolsa, pizza, librería y un Begijnhof con sorpresa

Bajamos por el Damrak. Pasamos por la fachada de la Beurs van Berlage, la antigua bolsa de Ámsterdam — la del señor Hendrik Berlage, principios del XX, el que arrancó la arquitectura moderna del país—. Las pantallas exteriores siguen marcando AEX, Aegon, RELX, como si la lonja no se hubiera mudado nunca. Y de ahí, ya sin plan, al centro.

Trozo de pizza en New York Pizza. Plato verde, dos puntas. Lo de comer pizza estando en Ámsterdam tiene su gracia.

Y la otra parada gorda de la mañana: la American Book Center, una librería preciosa con un tronco de árbol incrustado en el centro de la sala como elemento arquitectónico. De ahí salimos con una postal con la reproducción de una Gameboy. Al otro lado de la plaza, el Athenaeum y su kiosko de prensa internacional, lleno de The Economist, GQ y revistas francesas y holandesas.

Nos asomamos a la tienda oficial del Ajax, escaparate rojiblanco, y entré, por supuesto, a ver qué podía encontrar. Un boli, un boliiii…

Y aquí entra el descubrimiento de la mañana: el Begijnhof. Habíamos visto la entrada del Spui pero no le habíamos prestado atención. Un patio cerrado de casas en torno a un jardín verde, ese silencio amortiguado tan propio de Ámsterdam, y, lo que no esperábamos, una iglesia oculta en una de las casas: la pequeña parroquia católica de Santa Úrsula, abierta a escondidas en pleno XVII cuando el catolicismo estaba prohibido por la república protestante. Curiosísimo. Una capilla entera en mitad de una casa de fachada anónima.

El Begijnhof es uno de los hofjes más antiguos de Ámsterdam: un patio cerrado de casas en torno a un jardín verde, fundado en el siglo XIV como residencia de las beguinas —mujeres laicas que llevaban vida religiosa sin ser monjas, dedicadas a la enseñanza y los cuidados—. En su centro convive la única casa de madera medieval que sobrevive en la ciudad y, enfrentadas, dos iglesias: la Engelse Kerk —la Iglesia Reformada Inglesa, donde rezaron los Pilgrim Fathers antes de partir hacia América en el Mayflower— y la pequeña iglesia católica oculta dedicada a Santa Úrsula, abierta a escondidas en pleno XVII tras la prohibición del catolicismo.

El Anne Frank Huis, en la Prinsengracht 263, junto a la Westerkerk, es la casa donde la familia Frank y otros cuatro judíos vivieron escondidos en el Achterhuis —la «casa de atrás»— entre julio de 1942 y agosto de 1944. La torre de la Westerkerk (1631), con su corona imperial dorada, marcaba las horas que Anne escuchaba desde el escondite y aparece repetidamente en el diario.

Fou Fow, postales y la campana que escuchaba Anne

Tocaba ya comer y llegamos a un vietnamita. Comimos bien, agradable, con mesas pequeñas. Allí nos pusimos a escribir las postales con los sellos viejos.

De ahí, la zona de la Westerkerk y el Anne Frank Huis. No habíamos comprado entrada, simplemente estábamos de paseo por esta zona residendial de la ciudad.  Cruzamos el canal y entramos a la Westerkerk, el campanario que Anne escuchaba desde el escondite. Está medio vacía a media tarde, con el órgano detrás de un cordón rojo y la luz entrando lateral por las vidrieras claras. Nos sentamos un rato en un banco y al salir echamos las postales a un buzón naranja 🙂

Crucero por canales y vuelta a Centraal

De vuelta hacia la estación, cogimos por fin uno de los cruceros por canales. La caseta blanca de Canal Cruises frente a Centraal, billete, asiento junto a la ventana.

La travesía duró una media hora, casi tres cuartos: pero estaba bien: el patrón fue contando algunas casas con su historia, pasamos por delante de la Ópera, los woonboten amarrados a la orilla del Amstel, la postal de los puentes bajos del Grachtengordel. Una buena manera de cerrar la ciudad por la otra mitad: la del agua.

Una cabina de KLM en Schiphol y a casa

Recogimos las maletas en las taquillas de Centraal y cogimos el tren a Schiphol. Cuarto de hora. El cartel del aeropuerto a la salida — Welcome below sea level — y al hall principal. Y aquí pasó lo más inesperado del último día: en pleno Schiphol Plaza, antes de pasar los controles, había una exposición de un avión de KLM a tamaño real que se podía recorrer por dentro. Lo trasladaron a Schiphol entero como pieza de museo. Te metes a la cabina por una pasarela, ves los asientos de pasajeros de la generación anterior y, lo mejor, puedes entrar al cockpit con los paneles analógicos a la vista.

Tienda de prensa, una revista holandesa que creo que esta vez no compré—Power Unlimited, con la portada sobre Princess Peach Showtime—, embarque y a casa. Julen seguía a tiempo en la barriga de Nagore.  Primer país visitado por Julen, aunque no lo contamos en la lista oficial 😉

Al llegar a Madrid, por cierto, maleta (que habíamos comprado en Polonia años antes) rota. (O por lo menos fue la primera vez que nos fijamos.

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