De cumpleaños en Pau: castillo de Enrique IV, Boulevard de los Pirineos y Pixel Art

18 de mayo de 2026, mi 44 cumpleaños. El día arrancó en casa de Nati con tarta sorpresa de Oreo, velas, regalos y fotos; y a media mañana Nagore, Nati, Julen y yo nos subimos al coche y enfilamos a Pau, en el Béarn francés.

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Pau es la capital histórica del Béarn y prefectura del departamento de los Pirineos Atlánticos, en el suroeste de Francia, a poco más de una hora en coche desde San Sebastián por la A-63/A-64. Tiene unos 77.000 habitantes y se asoma desde un balcón natural sobre el río Gave de Pau a un panorama recto de los Pirineos que el escritor escocés Lord Bryce calificó en 1880 como «una de las vistas más bellas del mundo» — al lado del Bósforo en Estambul y la bahía de Río de Janeiro, según su célebre lista. Esa vista, recogida en el Boulevard des Pyrénées de Napoleón III (1900), tiene su propia mesa de orientación con los nombres y altitudes de cada pico.

Lo que de verdad puso a Pau en el mapa, sin embargo, fue su castillo: en el Château de Pau nació en 1553 Henri d’Albret de Bourbon —el futuro Enrique IV de Francia y III de Navarra—, hijo de la reina Juana III de Navarra. Según la tradición, su abuelo Henri II le frotó los labios con ajo y le dio a beber vino de Jurançon al recién nacido como gesto fundacional. Su famosa frase «París bien vale una misa» al convertirse al catolicismo para acceder al trono francés es una de las grandes citas políticas del Antiguo Régimen, y todavía hoy el centro de Pau se llena de homenajes con humor —pósteres parodia «Captain Henri IV», «L’invincible Henri IV» estilo Marvel— como vimos en algún escaparate del paseo. Convertida en estación termal y de invierno aristocrática en los XIX-XX, Pau atrajo a familias inglesas, rusas, estadounidenses y españolas que dejaron en la ciudad villas, hipódromo, golf-club (el más antiguo del continente, 1856) y palacios de hierro fundido. Hoy combina la vida estudiantil de su universidad con un casco histórico bien cuidado, gastronomía bearnesa y el funicular gratuito que conecta el barrio bajo con el Boulevard de las vistas.

Mañana: tarta sorpresa de Oreo en casa

El día arrancó en casa, donde el plan ya estaba montado: tarta sorpresa de Oreo, velas y cumpleaños feliz.

Coche a Pau y comida en Le Cristal

Llegamos a Pau al mediodía y, sin perder tiempo, aparcamos en la zona del centro y nos pusimos a buscar un sitio para comer. l Brasserie Le Cristal. Toldo rojo, número 13, terraza con sillas claras y una calle empedrada delante.

La comida fueron hamburguesas con patatas, ensalada, cesta de pan y, para mí, una cerveza Gallia y un cordón bleu. Comimos a gusto, Julen su jambon amb frites, y el resto nuestros platos. Todos teníamos hambre.

Tarde: Place Clemenceau, Place de Verdun y Ayuntamiento

De Le Cristal salimos a darnos un paseo por el centro. Pau lo organiza todo alrededor de unos pocos ejes muy reconocibles: la Place Georges Clemenceau es la primera parada obligatoria — gran plaza peatonal con sombrillas, terrazas, Starbucks, fachadas mansardadas claras al fondo…  y un kiosko donde el cumpleañero paró a comprar cromos Panini del mundial masculino.

De ahí bajamos por la modernísima Promenade des Pyrénées  —pérgolas metálicas blancas, FNAC, Skechers, farmacia—; pasamos un rato en la FNAC (siempre se acaba en una FNAC), y enfilamos al Hôtel de Ville de Pau, en la Place Royale, con su fachada de frontón, su reloj y las banderas francesa y europea sobre las arcadas. La iconografía local de Henri IV asoma por todas partes.

Iglesia de San Martín, Boulevard des Pyrénées y Château de Pau

De la Place Royale enfilamos a la Église Saint-Martin de Pau, la iglesia neogótica que asoma desde lo alto con su aguja altísima visible desde casi cualquier punto de la ciudad. La construcción actual es del siglo XIX (1863-1871, arquitecto Émile Boeswillwald, alumno de nuestro conocido Viollet-le-Duc) y dentro tiene la nave central neogótica con altar mayor, vidrieras coloreadas y capillas laterales con paneles de los caídos: «Que nos morts…«. Nagore  y Nati se quedaron un rato descansando dentro y yo aproveché para salir a hablar por teléfono con Naturgy…

De la iglesia bajamos a la zona del Château de Pau. Estuvimos en  fuente octogonal en uno de los miradores donde Julen estaba flipado con el agua.
No entramos al interior del castillo —no era el plan — pero recorrimos a fondo lo de fuera, que es prácticamente lo mejor: el pórtico de entrada renacentista con sus arcadas talladas, donde nos hicimos una foto con Julen a hombros, el patio interior empedrado rodeado por las fachadas claras del castillo, el arco de salida con vistas hacia las colinas del Jurançon — y, en el suelo del jardín, el parterre con setos podados en forma de letras «HMW» (las iniciales históricas de la familia real Henri, Marguerite, etc.).

De ahí, salimos al Boulevard des Pyrénées, el mirador clásico de Napoleón III. La cordillera, con un día medio nuboso, no se dejó ver del todo, pero el parc de Beaumont y los jardines en cascada con palmeras que descienden hacia el río compensaron. La mesa de orientación del Boulevard sigue ahí marcando todos los picos con su altitud. Aviso para próxima visita: el funicular de Pau está cerrado por gran inspección de marzo a julio de 2026, según el cartel oficial de la entrada inferior (cerca de la Médiathèque André-Labarrère). Así que la única forma de subir/bajar a este nivel es por las rampas peatonales del Boulevard.

Pixel Art Café & Arcade: la parada inesperada

Tocaba café y encontramos un sitio con muy buena pinta. Era el Pixel Art Café & Arcade, un bar-tématico de Pau con todo el imaginario del videojuego retro: mosaicos pixel de Mario a tamaño natural en la pared, cuadros con escenas de Pokémon, Sonic, R-Type, Pac-Man, máquinas arcade verticales, un baño con azulejos formando pixel-art alrededor del lavabo y mesas verdes menta. Nos tomamos un latte helado y un chai helado que Nagore se llevó enfrente porque Julen no quería quedarse sentado 🙂

Mientras Nagore esperaban junto a la señal del logo de Pau yo fui a por el coche. De camino, parada en una tienda Cash Express. Me compré una copia de The Witcher de PS4 por un precio razonable — uno de esos juegos que llevaba tiempo pendientes en la lista. Siempre me gusta comprar juegos cuando estamos fuera, también como souvenir.

Vuelta al coche y a casa

Tocaba ya volver a casa. Julen se acabó durmiendo. Llegamos a Irun, llamada con papá y con Sergio y un bacalao extraordinario de Nati. Fue un día muy feliz.

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