Jueves. Susto al amanecer — Maki, el gato, saltó sobre la cama de pronto. Tenía hambre y nos pegó un buen sobresalto. Día de trabajar para mí por la mañana. Plan para la tarde: Greenwich. Empezaría mal y terminaría increíblemente bien.
Por el día, currando como siempre. Mañana de calls. Comimos en casa, más curro por la tarde. Al terminar con el portátil nos pusimos en marcha. Salida hacia Northumberland Park otra vez — la estación pequeñita de Overground al este de Tottenham con su marquesina amarilla —. Tren al sur.
El bus equivocado en el O2 y mucho tiempo perdido
Llegamos a la zona del Greenwich Peninsula con el plan de coger un autobús cerca del O2 Arena — el antiguo Millennium Dome blanco con sus mástiles amarillos —. Y ahí me equivoqué: cogimos el bus en sentido contrario. Por mucho que justos íbamos de tiempo y por mucho que yo estaba «seguro» de la dirección. Cuando nos dimos cuenta, vuelta atrás, espera al autobús de vuelta, recálculo. Perdimos un buen rato. Resultado: llegamos al Greenwich Park prácticamente de noche y con el observatorio cerrado.
El Royal Observatory de Greenwich es donde el mundo aprendió a medir el tiempo. Carlos II lo fundó en 1675 sobre la colina del antiguo palacio de Placentia (donde nació Enrique VIII) con la encomienda al astrónomo real John Flamsteed de hacer cartas estelares para resolver «el problema de la longitud» — la incapacidad de la marina británica de saber exactamente dónde estaba un barco en el mar —. Christopher Wren proyectó la Flamsteed House, el edificio rojo con la «bola del tiempo» en lo alto que aún hoy cae a las 13:00 cada día (desde 1833) para que los barcos en el Támesis sincronizaran sus cronómetros. La Conferencia Internacional del Meridiano de Washington de 1884 — con 26 países representados — eligió Greenwich como meridiano cero de la Tierra por mayoría: 22 a favor, 1 en contra (República Dominicana), Francia y Brasil abstenidas. Desde entonces, la línea pintada en el patio del Observatorio divide el hemisferio este del oeste, y el láser verde que parte del edificio al anochecer la prolonga sobre Londres como una herida de luz en el cielo. El Greenwich Mean Time (GMT) rige el horario civil del mundo desde 1884 hasta 1972 (cuando fue reemplazado por el UTC, atómico).
Junto al Observatory, el Cutty Sark es el último tea clipper superviviente del siglo XIX. Construido en 1869 en Dumbarton, Escocia, para la Jock Willis Shipping Line, fue diseñado para la ruta del té entre China y Londres en la era victoriana — la velocidad importaba: cuanto antes llegara la primera cosecha del año a Londres, mayor el precio en subasta —. Hizo solo ocho viajes a China; cuando el Canal de Suez se abrió en 1869, los buques de vapor desplazaron a los clippers en la ruta del té. El Cutty Sark se reorientó a la lana de Australia, donde sí era imbatible: en 1885 hizo Sydney-Londres en 73 días, récord absoluto del siglo. Tras una larga decadencia, fue restaurado en seco a partir de 1954 en Greenwich. Un incendio en 2007 durante las obras de conservación destruyó parte del casco; la restauración terminó en 2012 levantando el barco un metro sobre el dique seco con una cubierta de vidrio, permitiendo verlo por debajo.
Royal Observatory cerrado, pero el láser verde del meridiano cruzando el cielo
Subida a Greenwich Park por el lado oeste. Y aquí, la sorpresa que salvó el día: mientras nos acercábamos al parque, ahí estaba — el láser verde del meridiano, partiendo desde la fachada del Observatorio en lo alto de la colina y prolongándose sobre Londres hacia el norte —. La línea de luz visible desde abajo, cruzando todo el parque, una línea verde clara contra el cielo nocturno. Una de las cosas más singulares que he visto en Londres.
Subimos al Observatorio. La Flamsteed House roja, la time ball en la cubierta. Y, ya cerrado el museo, la verja del patio del Observatorio cerrada también. No pudimos entrar a pisar la línea del meridiano. Pero el láser verde por encima de la verja, el patio adoquinado al otro lado, y el efecto del paisaje nocturno hacían que no nos faltara nada.
Vista del Old Royal Naval College abajo iluminado, Queen’s House al frente, y al otro lado del Támesis, el skyline de Canary Wharf brillando en el horizonte con el láser verde cruzando todo el cuadro. Quizá la mejor postal del viaje.
Greenwich centro: un coche clásico, Waterstones y libros para Julen
Bajada al pueblo. Greenwich es uno de los barrios más conservados del Londres georgiano. Paseo tranquilo por las calles. Greenwich Market ya estaba cerrado a esa hora.
En una esquina nos cruzamos con un Ford Zephyr, concretamente de la primera generación (Mark I o Mk1), fabricado por Ford Gran Bretaña entre 1951 y 1956, con la elegante tipografía cromada que dice «Zephyr».
Vimos la Universidad de Greenwich en el complejo del antiguo Royal Naval College — el Old Royal Naval College de Wren reconvertido en campus desde 1998, dos cuartas partes de los edificios universitarios y dos cuartas partes accesibles al público —.
Lo que sí estaba abierto y nos enganchó: el Waterstones de Greenwich. Estuvimos paseando una vuelta entera por la librería. Y aquí le compramos a Julen unos libros de los que se pinta con agua — esos con el papel que se vuelve color al mojarse. Los guardamos sin decir nada y, dos meses después, se los trajeron los reyes magos.
Cutty Sark cerrado y Greenwich Foot Tunnel por sorpresa
Salida del centro hacia el río. El Cutty Sark iluminado contra el cielo de la noche con sus tres mástiles, pero cerrado — el museo cierra a las 17:00 en otoño —. Foto desde fuera y a otra cosa.
Y, completamente por sorpresa, descubrimos algo que no teníamos planeado: a unos pasos del Cutty Sark, una cúpula circular de ladrillo rojo con una «especie de escalera» bajando dentro. Acercándonos descubrimos lo que era: la entrada norte del Greenwich Foot Tunnel, el túnel peatonal bajo el Támesis que conecta Greenwich con el Isle of Dogs. Abierto en 1902 para los obreros de los muelles.
Bajada al túnel, con un pequeño contratiempo: el ascensor no funcionaba. Bajamos los 80-pico escalones de espiral con el carrito a pulso. Divertido y muy interesante: 370 metros de túnel cilíndrico de azulejos blancos bajo el río, en plena noche, con la marca de «Second World War Bomb Damage» visible en el revestimiento donde una bomba alemana cayó en 1940 y lo repararon con un parche metálico.
Salida por Island Gardens. Y aquí, sí, subimos en ascensor.
Isle of Dogs, los cisnes del Millwall Dock y vuelta de Canary Wharf
Andando al norte por el Isle of Dogs. Pasamos bajo los arcos de ladrillo del viaducto victoriano del DLR — la línea trazada en los 80 sobre los antiguos raíles de los muelles —.
Y aparecieron los Millwall Docks. El Inner Dock con el agua negra reflejando las torres de Canary Wharf — las luces de los rascacielos duplicadas en el agua —, el Glengall Bridge, y los cisnes blancos nadando en la oscuridad. Como apariciones, los cisnes en el medio del dock con todo el skyline reflejado. Una de esas postales de Londres que no están en ninguna guía.
Llegada a Canary Wharf. Nos encantó el paseo. Nagore ya había estado cenando alguna vez, en su época de Londres.
Canary Wharf de noche: novela impresa y metro a casa
Paseo entre las torres ya con la luz cenital del invierno corto. Pasamos por puestos navideños que ya estaban montándose en alguno de los espacios públicos.
Entramos al Jubilee Place Mall, el centro comercial subterráneo bajo Canary Wharf. Y ahí ocurrió la cosa más divertida del día: hay una máquina dispensadora de Short Édition — máquina naranja en mitad del centro comercial donde introduces unas indicaciones y te imprime un cuento o una novela corta en un papel térmico de varios centímetros —. Lo probamos. El cuento que salió todavía lo tenemos en casa guardado. De las pequeñas alegrías de las grandes ciudades.
De Canary Wharf a casa en metro: bajamos a la estación de Foster — esa bóveda blanca de hormigón con escaleras mecánicas en cascada que sigue siendo de las estaciones más bonitas de Londres —. Línea Jubilee al norte, transbordo, Victoria Line a Seven Sisters, andando los últimos diez minutos a Lansdowne Rd.
Como siempre, no hay mal que por bien no venga. Perdimos tiempo por el desvío del bus, pero justo eso hizo que tuviéramos una tarde formidable.








































































































































