Amanecimos con la ciudad medio espolvoreada de nieve —no había cuajado del todo, pero los minaretes y las cúpulas de las mezquitas tenían un velo blanco encima y el frío era ya el de los días serios. La temperatura no subió nunca de los tres grados. Pensábamos acercarnos a la Mezquita Azul y la Santa Sofía. Aunque antes me tocó ir a buscar una farmacia para comprar algo para el catarro de Nagore.
Santa Sofía (Aya Sofya en turco) es probablemente el edificio más estudiado del mundo cristiano. La consagró el emperador Justiniano I en el año 537 —apenas cinco años después de empezar las obras— y mantuvo el récord de la mayor cúpula del mundo durante mil años, hasta el Duomo florentino de Brunelleschi en 1436. Como catedral del Imperio Bizantino fue durante novecientos años el lugar simbólico de la cristiandad oriental: aquí se coronaron emperadores, aquí se sentaron los patriarcas de Constantinopla, aquí estaba la sede del rito que el siglo XI iba a separarse de Roma en el Cisma de Oriente.
En 1453 Mehmed II entró en la ciudad, fue directo a Santa Sofía, oró dentro y la convirtió en mezquita esa misma semana. Le añadieron cuatro minaretes uno a uno a lo largo de los siglos siguientes —cada sultán quería el suyo— y los frescos cristianos los taparon con cal pero sin destruirlos, porque el Islam prohíbe la representación humana pero no exige eliminar la del adversario. Cuando Atatürk la convirtió en museo laico en 1934, los frescos volvieron a aparecer al ir retirando la cal. Eso es lo que se ve hoy si entras: dos religiones superpuestas en la misma cúpula, las suras coránicas en placas circulares de oro junto a los mosaicos bizantinos del Pantocrátor. En 2020, el gobierno de Erdoğan la volvió a convertir en mezquita —ahora hay alfombra encima de los mosaicos del suelo— pero los frescos del techo siguen visibles.
Mañana en Beyoğlu y bajada a la Torre de Gálata
Empezamos el día con un paseo lento por Beyoğlu mientras decidíamos qué hacer. Compramos algunas púas de guitarra en una tienda de música y bajamos por las callejuelas hacia la Torre de Gálata en lugar de coger el metro, que era lo más rápido pero menos interesante. Las cuestas estaban algo heladas. Cruzamos por delante de una mezquita pequeña de Mimar Sinan en el camino y nos asomamos al patio. Nieve en los aleros y las farolas todavía encendidas a las once de la mañana.
Cuerno de Oro, Sultanahmet y sopa caliente
Cruzamos a la zona vieja por el Puente de Gálata y subimos hacia Sultanahmet caminando entre cúpulas nevadas. Antes de meternos en la Mezquita Azul o la Santa Sofía paramos en un restaurante turco pequeño para comer una sopa de lentejas —la famosa mercimek çorbası— que nos calentó por dentro como nada otra cosa habría podido. El sitio se llamaba Dervish (yo aprendí tiempo antes lo que eran los derviches, por Battiato) y estaba en medio de ambas mezquitas.
Santa Sofía y el mosaico bizantino
Entramos a Santa Sofía por la fila lateral y nos quedamos un buen rato dentro mirando hacia arriba. La cúpula vista desde abajo es uno de esos espacios que la fotografía no consigue replicar: parece colgar del aire sin que ninguno de los pilares la sostenga. Los mosaicos del piso superior —los que dejaron a la vista al retirar la cal— incluyen el famoso Cristo Pantocrátor y la Deesis, esa escena de juicio donde la Virgen y Juan el Bautista interceden por la humanidad. Subir a la galería superior por la rampa de piedra es subir a otro tiempo. Allí pasamos casi dos horas, hicimos las fotos obligatorias de los mosaicos bizantinos, y antes de salir nos asomamos a la biblioteca del Sultán Mahmud I del siglo XVIII, encerrada dentro de la Sofía como un libro dentro de otro libro.
A la salida volvimos a entrar al frío y a la calle. Paramos en un sitio de comida pinchada por la calle (de los de «haces fila y te dan algo en un palo») y compartimos algo sin nombre exacto, pero rico, antes de seguir el paseo.
Vuelta por el Gran Bazar, fútbol en una taberna y cena ligera
De vuelta a Beyoğlu cruzamos otra vez por la zona del Gran Bazar y entramos a cenar a Roka Pera, otra grandísima cena y volvimos al apartamento. Mañana nos esperaba el día más cargado del viaje: Topkapi, el Pudding Shop y la Cisterna Basílica, esa lista típica de un primer Sultanahmet pero que merecía un día propio.

































































































