Buen desayuno en casa y rumbo a la ciudad. Hoy pasearíamo por zonas menos turísticas, las que están más lejos del eje Sultanahmet-Topkapi para pasar la tarde en el Pera Palace. Día menos famoso, día redondo.
Hoy se nos cruzó dos veces el Acueducto de Valente (Bozdoğan Kemeri), una de las pocas ruinas romanas completas que sobreviven en pie en mitad de Estambul. Se construyó en el siglo IV bajo el emperador Valente —que da nombre tanto al acueducto como a la Batalla de Adrianópolis del 378 d.C., donde lo mataron los godos—, y formaba parte del sistema que llevaba agua desde los bosques de Belgrado, al norte, hasta los grandes depósitos del centro de Constantinopla, incluida la Cisterna Basílica que vimos ayer. Mide casi un kilómetro de largo y conserva sesenta y cuatro arcos sobre los tejados rojos de la Şehzadebaşı Caddesi, una de las arterias principales de la ciudad vieja. Lo singular del caso es que el acueducto siguió funcionando bajo el dominio bizantino y luego también bajo el otomano, suministrando agua al palacio de Topkapi hasta el siglo XIX. Mil quinientos años de servicio activo: pocos edificios romanos pueden decir lo mismo.
La estampa de hoy es turísticamente confusa: ves coches y autobuses pasar bajo arcos de piedra del siglo IV, mezquitas otomanas del XVI a la espalda y bloques de viviendas modernas pegados a los pilares. Esa superposición de tiempos —Roma debajo de Bizancio debajo del Imperio Otomano debajo de la república turca contemporánea— es la geología urbana de Estambul. Un acueducto romano cumpliendo función estética en una avenida que parece de Madrid o París, con el muecín cantando desde una mezquita renacentista al lado y un Starbucks en la planta baja del edificio de enfrente. No hay ciudad que apile mejor el tiempo.
Mañana: metro al oeste y mezquita Mehmed II
Cogimos el metro en Şişhane y bajamos a Vezneciler, ya en el corazón de la ciudad histórica pero al oeste de Sultanahmet. La idea era visitar la Mezquita de Fatih (Fatih Camii) — la mezquita imperial dedicada a Mehmed II, el «Conquistador» que tomó Constantinopla en 1453, con la ayuda de un orfebre húngaro. (Leí sobre esto hace poco en un libro de Stefan Swzeig que me djó Inés. Esta mezquita está sobre la cuarta de las siete colinas de Estambul, en el sitio donde antes se levantaba la Iglesia de los Santos Apóstoles —enterramiento de los emperadores bizantinos, segunda iglesia más importante de la ciudad después de Santa Sofía—, que Mehmed mandó demoler para construir su gran complejo religioso.
Por la zona, nos pasó la anécdota del limpiabotas que sigue siendo una de las que más se cuentan de este viaje. Iba un señor con su caja de cepillos al hombro caminando delante de mí, se le cayó uno de los cepillos al suelo y yo me agaché, lo recogí y se lo entregué. Error. El hombre se hizo el sorprendido y agradecido, dijo en inglés-turco-italiano que como muestra de gratitud me iba a limpiar las botas gratis, y antes de que pudiera negarme estaba ya con el cepillo en mi bota (barata, comprada días antes) arrancando una sesión que no había pedido. Me fue contando la historia de su vida, que tenía muchos hijos… ahí me di cuenta de la jugada. Le di 5€, pero la verdad es que no me molestó, me divirtió toda la historia. Al que no le hizo gracias fue a un guardia que andaba por allí que se acercó después y negó con la cabeza cuando le dijimos el importe de la propina…
La mezquita original es de 1463-1470 pero se hundió en el terremoto de 1766 y la reconstruyeron en estilo barroco otomano: por eso tiene un aire algo distinto a la Süleymaniye o la Azul. La estuvimos un buen rato dentro, con apenas tres o cuatro fieles rezando y nadie más. El silencio en una mezquita imperial vacía es de las experiencias estambulinas que más se nos quedaron.
Mediodía: sopita y centro comercial Cevahir
Bajamos andando por el barrio buscando comida un lugar donde comer. Al rato cogimos otra vez el metro y subimos hasta Şişli, en la zona moderna y comercial al norte de Beyoğlu. Allí pasamos un tiempo en el Cevahir — el mayor centro comercial de Europa por superficie cuando se inauguró en 2005, y todavía hoy uno de los más grandes. La excursión al Cevahir era una pequeña concesión a la curiosidad: queríamos ver cómo se compraba en una capital de Oriente Próximo en pleno 2015, y entender qué marcas estaban allí (todas las internacionales, todas las turcas), qué precios manejaban y qué tipo de cliente lo llenaba. Es una visita que no haría en un viaje turístico estándar, pero que a nosotros siempre nos interesa.
Rumbo al Pera Palace
Cogimos el metro de regreso a Şişhane y de ahí fuimos a un hotel mítico: Pera Palace justo al otro lado de la calle de nuestro apartamento y que yo conocía de cuando me leí Hotel Nirvana de Manu Leguineche que mi padre regaló a mi madre muchos años antes. Salimos a un último paseo antes de la cena y bajamos hacia el Acueducto de Valente. Pasamos después bajo los arcos del acueducto —impresionante de cerca, tan absurdo como parece sobre el plano: una autopista urbana a setenta kilómetros por hora pasando bajo bloques de piedra del siglo IV.
Una vez en el hotel estuvimos tomando algo en una sala – de nuevo solos, leyendo sobre la historia del lugar. Inaugurado en 1892, fue construido específicamente para alojar a los pasajeros de clase alta que llegaban a la ciudad en el mítico tren Orient Express, convirtiéndose en el primer hotel de estilo europeo en Turquía. Por aquí pasaron Agatha Christie (se dice que escribió su célebre novela Asesinato en el Orient Express mientras se alojaba en la habitación 411. Hoy en día, esta habitación se conserva como un homenaje a la autora, con muebles de época y una máquina de escribir similar a la que ella usaba, Kemal Atatürk: El fundador de la Turquía moderna era un visitante frecuente. Su habitación preferida, la 101, ha sido convertida en un museo que exhibe objetos personales, fotos y documentos históricos; o figuras como Ernest Hemingway, Greta Garbo, Alfred Hitchcock, la Reina Isabel II y Jacqueline Kennedy. El edificio es una joya arquitectónica que mezcla los estilos neoclásico, Art Nouveau y oriental y fue el primer edificio de la ciudad con ascensor eléctrico.
Tras la bonita velada, cruzamos la calle y a cenar y a dormir 🙂




















































































































































