Cruzar el Bósforo en el Marmaray y mirar la ciudad desde Asia

Penúltimo día del viaje, lo dedicamos por fin a la otra mitad de Estambul: el lado asiático. Hasta este día habíamos vivido todo el viaje en la mitad europea —Beyoğlu, Sultanahmet, Eminönü— sin haber cruzado nunca el Bósforo. Tocaba subir al Marmaray —el tren que pasa por debajo del estrecho— y pisar el otro continente para ver Estambul desde el lado de Asia, donde están los barrios donde de verdad vive la mayoría de la gente.

El Bósforo (İstanbul Boğazı, «estrecho de Estambul») es el cuello de mar más concurrido del mundo: 48.000 buques cruzan al año, casi tres veces más que el Canal de Suez, y separa físicamente Europa de Asia con apenas 700 metros de agua en su punto más estrecho. La ciudad se extiende a ambos lados con una asimetría política y demográfica curiosa: dos tercios de los 16 millones de habitantes de Estambul viven en el lado asiático, pero los símbolos turísticos —Sultanahmet, Topkapi, Gálata, las murallas teodosianas— están casi todos en Europa. Los barrios de Asia (Üsküdar, Kadıköy, Moda, Çengelköy) son menos fotografiados pero tienen una vida urbana intensa, con calles peatonales de tiendas, mercados de pescado y un trato más relajado con el turista, que es minoría.

Los tres puentes —el Bósforo (1973), el Fatih Sultan Mehmet (1988) y el Yavuz Sultan Selim (2016, futuro respecto a nuestro viaje)— y el túnel del Marmaray que cogimos nosotros —inaugurado en 2013, el primer túnel ferroviario submarino que une dos continentes en el mundo— han ido cambiando la geografía del cruce. Antes el ferry era la única opción cotidiana; hoy media ciudad va a trabajar al otro lado en metro o en transbordador con la misma facilidad. Esa doble pertenencia continental ejecutada como rutina diaria es algo que ninguna otra ciudad del mundo tiene.

Mañana: por el Cuerno de Oro hacia el túnel

Bajamos del apartamento por la rutina ya conocida: callejuelas de Gálata, Puente de Gálata, Eminönü. La mañana estaba algo desagradable, con cielo bajo y viento del norte que cortaba. Dedicamos bastante tiempo este día a comprar cosas. Disfrutamos en Aponia y en otras y en una librería de mapas y libros en Istikal. y después enfilamos hacia la entrada del Marmaray en Sirkeci, justo al lado de la estación histórica del Orient Express, en lo que fue la antigua puerta marítima imperial.

Mediodía: el túnel bajo el Bósforo y la otra orilla

El Marmaray es uno de esos viajes que ningún folleto turístico vende como atracción, pero que mereció el ir con la cámara preparada. Trece minutos de tren, parte por debajo del Bósforo —la cota más profunda del túnel está a 56 metros bajo el nivel del mar— y de pronto sales a luz en Üsküdar, el barrio asiático más cercano al estrecho. La sensación de que has cambiado de continente sin haber visto el agua es rara y memorable.

Caminamos por el paseo costero de Salacak mirando la silueta europea de la ciudad desde el lado opuesto: la Mezquita Azul, la Santa Sofía y el Topkapi alineados en la colina al otro lado del estrecho, con la Torre de Leandro (Kız Kulesi) flotando en una pequeña isla del agua y los ferries cruzando entre uno y otro lado. Esa vista —el casco histórico de Estambul desde Asia— es la que sale en menos postales pero es la que más merece la pena: te enseña la ciudad como conjunto, no como la suma de monumentos.

Comimos en un restaurante del paseo que  donde  el camarero, con un cajón de madera colgado, nos ofrecía los platos y elegimos un hummus increíblemente bueno y un par de köfte. Ahí entendimos por qué los locales prefieren comer en este lado: la calidad por euro es notablemente mejor que en Sultanahmet o en İstiklal.

Atardecer: paseo largo hasta el puente y vuelta

Después de comer dimos un paseo largo por la costa de Üsküdar hacia el sur en dirección al puente. La costa asiática del Bósforo tiene un paseo continuo de varios kilómetros, con bancos cada veinte pasos, gaviotas, vendedores de pan y café. Cae la luz pronto en enero —a las cinco de la tarde ya estaba todo dorado, a las seis era de noche— y aprovechamos las horas de día para andar despacio, sin propósito turístico, mirando cómo viven los locales en su domingo. Llegamos hasta cerca de la base del Puente del Bósforo y dimos la vuelta. La caminata fue una de las decisiones más felices del viaje: no había nada que «ver» en el sentido turístico, pero entendimos cómo huele Estambul los domingos.

Noche: vuelta cruzando, cena con baklava y café con canela

Volvimos cruzando otra vez por el Marmaray —esta vez con luna ya alta— y subimos por Karaköy hacia el apartamento por el camino habitual, pasando por delante de la Torre de Gálata ya iluminada. Cenamos en un sitio cerca del apartamento que se llamaba Tramway Volvimos al apartamento sabiendo que mañana era el último día y solo quedaba ya recoger.

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