Diciendo adios a Japón, hasta dentro de 12 años

Último día en Tokio de este viaje, y por tanto en Japón. Día de paseo largo: Asakusa con el Senso-ji, zona de embajadas, Roppongi y Roppongi Hills con las oficinas de Konami, vuelta nocturna a Takeshita-dori y cierre por Akihabara.

El Senso-ji de Asakusa es el templo budista más antiguo de Tokio, fundado en el año 645 según la tradición tras una aparición de la diosa Kannon en el río Sumida. Su acceso por la Kaminarimon —»Puerta del Trueno», con su gran linterna roja de papel de 3,9 metros— y la calle peatonal Nakamise-dori con sus 89 puestos centenarios son una de las postales obligadas del Tokio tradicional.

Roppongi Hills, en cambio, es la cara más contemporánea: un complejo urbanístico de 11 hectáreas abierto en 2003, con la Mori Tower (238 m) que alberga el Mori Art Museum en su planta 53 y un mirador en la 52, y zona comercial, residencial y de oficinas integradas. El barrio de Roppongi es además zona de embajadas en Tokio: por aquí están las representaciones diplomáticas de España, Suecia, Portugal y Francia entre otras.

Asakusa y paseo por la zona de embajadas

Empezamos el día en Asakusa. Enfilamos hacia el sur paseando por la zona de las embajadas, donde nos cruzamos por delante de la embajada de España y de la embajada de Suecia entre otras. El barrio cambia de carácter de manera curiosa: del Tokio tradicional al Tokio diplomático con verjas y placas de bronce.

Don Quijote y Roppongi Hills

Por el camino pasamos por delante de un Don Quijote —los Donki, esa cadena de bazares de stock infinito que en Japón funcionan como tienda 24 horas para todo tipo de cosas: cosmética, comida, juguetes, bebida, productos curiosos—. La oferta es tan abrumadora que cuesta comprar: paradoja del tener demasiadas opciones. En aquel momento no lo teníamos tan presente como cadena típica japonesa. Años después, en nuestro segundo viaje, con Julen, el Donki volvería a aparecer en nuestra memoria de viajes a Japón, pero ya de otra manera.

Llegamos a Roppongi Hills y aquí lo que se me quedó claramente fue el paso por la zona de las oficinas de Konami: había un cartel pidiendo no entrar que indicaba que era zona de oficina, y al lado había una tienda y un espacio con mesas para jugar a las cartas.  Saliendo, en el complejo, también recuerdo un poco esos paseos por las plazas elevadas de Roppongi y entramos, de paso, en el Mori Art Museum en lo alto de la torre.

Comimos en un sitio de tempura, en el centro comercial del propio Roppongi Hills. Para hidratarse, un frappé: hacía calor de verdad ese día.

Takeshita-dori de noche y el vestido

Por la tarde-noche volvimos a Takeshita-dori en Harajuku. Esta vez Nagore se compró un vestido de verano que todavía conserva. Quizá fue también por aquí donde compramos unos palillos que aún tenemos y un go que regalé a mi padre. (Es un juego que yo conocí por Shibumi, uno de mis libros favoritos, que mi padre me dejó de pequeño)

Vuelta a Akihabara

Como cierre del día y del viaje a Tokio, otra pasada por Akihabara, el barrio que ya conocíamos de memoria, paseo nocturno por sus tiendas iluminadas y vuelta al hotel para preparar las maletas: al día siguiente cogíamos el avión rumbo a Roma.

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