Un poco menos de un año después, volvemos a Reino Unido. Segunda vez de Julen. Este viaje lo compramos hace menos de 3 meses, como plan para ir a ver Jersey, tras el fallido intento del verano. Pero ese mismo día decidimos que no, que ya lo haremos en otro momento. Así que dedicaremos estos días a un plan que también llevábamos tiempo barruntando dados los bajos precios del vuelo Madrid-Bristo: ver Stonehenge y Bath.
El día comenzará regular. El primer Cabify, el que habíamos reservado con silla, aparece sin silla, y toca gestionar el cambio. El segundo llega enseguida, va eléctrico y conduce despacio: hacemos todo el trayecto a Barajas hablando de autonomía, de puntos de carga. Un señor muy amable. Me tocará reclamar dos veces a Cabify, en fin.
En la T1, el panel confirma lo que ya sabemos: RYR154 10:00 Bristol, Boarding, puerta B26. Es un nuevo regreso a Gran Bretaña, con un año de distancia respecto a la vez anterior, y el primer vuelo en el que Julen ocupa su propio asiento. Lo ponemos en medio, entre Nagore y yo El avión es un Boeing 737.
Un vuelo tranquilo y un aeropuerto en obras
Julen se duerme pronto, tumbado sobre su asiento y, en parte, encima de Nagore. El vuelo es bueno. Compramos cinco rascas de los que vende el personal, estaba de oferta a 1 euro cada uno, con la promesa del millón de euros en un coche de lujo, y por supuesto no toca nada. Por la ventanilla reconocemos la costa de Bretaña, de la que volvimos no hace tanto, y luego otra línea de acantilados ya más al norte, en las islas británicas, que parece la península de Cornualles. El único lloro del día llega al despertarlo para aterrizar. Mola, porque vuelve a sonar la fanfarria de Ryanair tras mucho tiempo sin oirla.
El aeropuerto de Bristol está en obras. Lo primer es cambio de pañal, que no había aguantado el vuelo entero :-(. Paseos y más paseos dando vueltas por el aeropuerto, y despuñes al rentalcar ya por fuera del aeropuerto, en una especie de hostel a unos 10 minutos andando, llegamos sin problema. Nos atienden rápido. El coche es un Nissan Juke rojo con matrícula FY75 OPL, cinco mil millas recién cumplidas, Android Auto conectado. Lo que nos llevó bastante rato fue averiguar cómo anclar la silla para Julen. Dieciséis grados fuera y el sol apretando entre nubes. Nagore revisa que la silla queda bien anclada mientras y en marcha. (Lo que no fui capaz de desactivar fue el limpiaparabrisas, que fue encendido y no llovía 🙂
Castle Combe y la terraza del Castle Inn
Arrancamos, cruzaremos por delante de lo que parece el estadio del Bristol y vamos saliendo poco a poco. A Castle Combe el «pueblo más bonito de Inglaterra»se llega por carreteras cada vez más estrechas, con un seto cerrado a cada lado. Entrar es ya el aviso: una sola calle en pendiente, cottages de piedra color miel y la Market Cross al fondo, cubierta por su tejadillo medieval. Damos dos vueltas al pueblo antes de aparcar, porque no hay hueco.
Comemos en la terraza del Castle Inn, con el solecito justo que apetece al llegar y una verja de hierro que separa la mesa de la calle en cuesta. Fish and chips como manda el manual, con guisantes aplastados y salsa tártara, y un plato combinado que acaba siendo una tabla: huevos escoceses (mejores que los que comimos el año pasado en Cambrige), paté servido en tarrito Weck y pan de la casa. Dentro, el comedor combina muros de piedra, columnas verde salvia y un lucernario que da buena luz incluso cuando se nubla. Los aseos son, como suele pasar aquí, mejor que el comedor: urinarios antiguos de porcelana y portadas enmarcadas del London Herald con «Everest Conquered!», «Kennedy Assassinated», «Berlin Wall Tumbles» y «Flying Machine Takes to the Air». En otra pared, tres carteles ilustrados del Castle Combe Autumn Classic de 2015, 2016 y 2017, con coches clásicos descolgados por una curva, pequeño recordatorio de que – nos acabamos de enterar – aquí al lado también hay un circuito de carreras.
La iglesia, el reloj sin esfera y un cochecito rosa entre zarzas
Después de comer entramos a la iglesia parroquial, St Andrew’s. Nos recuerda un poco, no mucho, a las iglesias bretonas: piedra fría, bancos oscuros y un detalle que nos llama la atención, los kneelers bordados a mano por la parroquia. Hay cojines con la paloma, la cruz con alfa y omega, una gavilla fechada en 2000, cruz celta amarilla sobre azul y uno con cruz amarilla sobre fondo azul que parece la bandera de Asturias. Hay un rincón con juguetes para los niños, cosa que nunca nos cansamos de ver en las iglesias británicas y bretonas.
Encima de uno de los pórticos interiores están el león y el unicornio del escudo real, en una pose como de descanso tras la batalla que habla de Escocia e Inglaterra. Una placa cuenta que el mechanical clock de la torre es uno de los más antiguos de Inglaterra, instalado antes de 1500, sin esfera, con una sola función: dar las horas en una campana. En 1984 lo bajaron de la torre y lo colocaron a ras de suelo, con una ranura de veinte peniques para iluminarlo. Otra placa, en inglés escueto, menciona que War Horse, la de Spielberg, se rodó en parte aquí mismo, y de pronto la calle en pendiente que acabamos de bajar tiene otra cosa.
Salimos al cementerio con el carro, con cuidado por las losas desencajadas, y subimos otra vez a la calle principal. La luz de media tarde es la que es, perfecta, y empezamos a hacer fotos sin control: la hilera de cottages dorados, la hiedra encendida de otoño, el Bybrook corriendo a nuestra derecha, la Union Jack ondeando sobre la plaza, dos bancos de madera dedicados uno al rey Carlos III y otro a su madre. En un camino de salida del pueblo, un cartel pintado a mano avisa: «Slow! Free Range Children». A todo esto Julen aprovecha para tirar por el talud el cochecito rosa que le había regalado Sergio. Yo bajo por las zarzas a rescatarlo, Nagore graba la operación desde arriba con comentario deportivo, y el cochecito regresa un poco arañado al carro.
The Cabin, un bungalow en un back yard
De Castle Combe a Bradford on Avon son veinte minutos por carreteras que se van estrechando hasta el gesto automático de meter el espejo cuando viene otro coche. Alguna que otra caricia al bordillo, nada grave, pobre Nagore con algún sustillo. En una de esas se nos cruza un pavo real por una rotonda. Está todo lleno de minirotondas, que la gente toma por el medio. (No creo que se atrevan en la cercana Swindon, recuerdo que esto me llegó en la uni en la época de enviar PPTs con curiosidades)
El alojamiento se llama The Cabin. Resulta ser exactamente lo que promete la foto: un bungalow, al fondo del jardín. Nos cuestra un poco encontrarlo y vamos preguntando a los vecinos. Porque no es un camping, es literalmente el back yard de los dueños, con su cama elástica con red naranja y una chirristra azul en la que Julen se tira veinte veces seguidas antes de dejarnos entrar la maleta. Barry, el anfitrió, nos recibe en la puerta con la trona ya montada dentro y una alfombrilla amarilla de «Caution Wet Floor» por si la lluvia aparece.
Bradford on Avon al atardecer
El topónimo oficial del pueblo, el que usan hoy el consejo del distrito, Royal Mail y las señales de carretera, es Bradford on Avon, sin guiones.
La forma con guiones, Bradford-on-Avon, es la convención victoriana y del siglo XX, se mantuvo en los mapas de la Ordnance Survey hasta mediados del XX y sigue viva en Wikipedia en inglés y en bibliografía académica. Las dos conviven, y los vecinos las usan indistintamente.
Después del rato de asentarnos bajamos andando al centro. La cuesta hacia el pueblo mira al valle y la puesta de sol se abre encima como si fuera un decorado un poco excesivo, con el cielo rayado de naranjas y rosas sobre los tejados de piedra. A medio camino nos cruzamos con una cabina telefónica roja K6 reconvertida en Seed & Plant Swap Station, apadrinada por Grow Bradford on Avon, llena de macetas y sobres de semillas. En un contenedor municipal, una pegatina del «20’s Plenty Where people are» nos cuenta cuánto les importa aquí la velocidad en la calle.
Entramos en el casco histórico por Silver Street y nos topamos con Studio Bacchus en el número 24, un edificio con mascarones esculpidos en la fachada: Hydra, Satyr, Bacchus y Ariadne, cada uno con su nombre grabado debajo. Enfrente, el pub The Bunch of Grapes, y más abajo rótulos pintados en piedra, «J. Alex Brown Est. 1856», y los escaparates de Heathers, Silver Street Antiques & Collectables, Thomas & Ellis. Un cartel discreto señala Whiteheads Lane y la Quaker Meeting House. En un escaparate de pastelería, una torre absurda de cupcakes nos devuelve el reflejo del antiguo town hall, con su cupulín afilado, hoy iglesia católica de St Thomas More.
El puente del pueblo es el motivo por el que nos acercamos tanto hasta la orilla. Es el Town Bridge sobre el Avon, en origen medieval y pensado solo para que pasaran caballos y burros de carga, ensanchado luego en el siglo XVII o XVIII, de modo que mirado por un lado parece una cosa y por el otro, otra. En una de las pilastras asoma un lock-up, una celda abovedada de piedra con chapitel y una veleta en forma de pez dorado, el famoso Bradford Gudgeon del dicho local: «over the river and under the fish». Sobre el puente alguien ha colgado una guirnalda de bombillas amarillas que empiezan a encenderse al ritmo que cae la luz.
Pasamos al Co-op a comprar cena ligera y desayuno para los días siguientes. Y por supuesto, Strepsils, que cuestan 3 veces menos que en España y es ya una compra clásica cuando vamos a UK. En las cajas, gente discutiendo. Camino de vuelta, pasamos junto al pub The Swan, que es de los pubs-cadena de este rincón de Inglaterra y, por supuesto, aparece en la Wikipedia del pueblo, y junto al panel verde «Welcome to Bradford on Avon» con el mapa del casco histórico, el Kennet & Avon Canal y el Barton Farm Country Park, para otro día.
De vuelta en The Cabin, el techo de madera y las cortinas estampadas de hojas Orla Kiely dan al bungalow un aire de refugio escandinavo. Julen se desmorona delante de los dibujos animados con el pijama verde de dinosaurios, y yo empiezo a encontrarme mal. Nagore calienta un poco de sopa de la Co-op, me sugiere tomar unas cucharadas Nos acostamos pronto, con el ruido lejano de alguna moto por la carretera. Mañana, con suerte, salud recuperada.









































































































