Hoy tenemos un objetivo: recoger a un Woody reservado en una juguetería de Vannes para el cumple de Julen. Pasaremos la mañana en la Presqu’île de Quiberon y tarde entera en Vannes. En un par de tramos de carretera veremos gente haciendo autostop, algo que cuesta ver ya.
Salida del Kindred sobre las diez, con el cansancio bueno de haber cerrado la noche celebrando España campeona. Coche por la N165 hacia el este, cruzamos el límite del Finistère al Morbihan y giramos al sur — objetivo: la Presqu’île de Quiberon, esa lengua de tierra de 14 kilómetros que se adentra en el Atlántico entre las Islas de Belle-Île y Houat —. Paisaje bretón puro por la ventana: brezos, pinos, aeródromos pequeños, carteles bilingües francés-bretón…
Julen se duerme casi al arrancar, en Pont-Aven mismo, y no se despierta hasta que aparcamos junto a la estación de Quiberon: sale del coche súper risueño, con la energía a tope.
Quiberon: «ROIS DU JEU»
Llegada a Quiberon a mediodía. Aparcamos junto a la estación de tren — justo al llegar entra un tren, muy fotogénico, con la gente bajando en manada —. Pueblo estrecho pero muy agradable, muy turístico – quizá el que más de los que llevamos vistos – pero bonito. Paseo por la Rue de Verdun y la Rue de Port Maria hasta la Place Hoche — con la Église Notre-Dame-de-Locmaria y el menhir plantado en el medio —. La iglesia — a diferencia de todas las bretonas que llevamos vistas esta semana — es «sin más»: románica pero con techo de piedra normal, como una parroquia de barrio, sin el casco de nave invertido. Una anomalía en el patrón bretón 😉
Parada obligada en la Maison de la Presse del centro. Y ahí está la portada del día en L’Équipe: gran foto de Rodri con la copa y el titular «ROIS DU JEU» — «reyes del juego». Compro el ejemplar como recuerdo. Foto familiar frente al mural del rostro de sirena, con el mercadillo local y un mini Decathlon al fondo.
Bajada hacia el puerto por la pescadería — súper vistosa, con las cajas al hielo de rape, cigalas, gambas y galeras —, y llegamos a la Grande Plage — la playa urbana de Quiberon, con arena clara y los grandes hoteles balnearios asomando entre los pinos —. Alto largo en el café Le Colibri del paseo marítimo: café y crêpe berre saltée (con mantequilla salada y caramelo) — el postre bretón por antonomasia —. Justo mientras estamos ahí, mensaje de Sergio: acaban de aterrizar de su viaje desde Colombia.
Un rato antes, de camino a la playa, Julen, que lleva varios días llegando al coche y gritando «¡el coche! ¡el coche! ¡lo he encontrado!» como quien ha resuelto un enigma, se cruza con un Peugeot idéntico al nuestro (mismo modelo, mismo color) y suelta el reclamo con toda su convicción.
La Presqu’île de Quiberon — Kiberen en bretón — es una lengua de tierra de 14 km unida al continente por un istmo tan fino que en algunos puntos mide menos de 30 metros de anchura. Era originalmente una isla; los sedimentos arrastrados por la corriente la unieron al continente por un tombolo, un cordón de arena y piedras que hoy soporta la carretera D768. La costa occidental — orientada al Atlántico — se conoce como Côte Sauvage: acantilados de granito y hoyos formados por el mar, muy fotografiada por las marejadas de invierno. La costa oriental, en cambio, es una sucesión de playas de arena fina abiertas a la Baie de Quiberon, con Belle-Île enfrente. Históricamente, Quiberon es célebre por la batalla de Quiberon de 1795 — el desembarco fallido de los emigrados realistas franceses apoyados por la Royal Navy, aplastado por el general Hoche, cuyo nombre da hoy a la plaza central de la ciudad —. Económicamente vive de la pesca (las sardinas de La Quiberonnaise, la conservera más antigua), del turismo balneario (Thalassotherapie desde 1964) y de la ruta a Belle-Île por el ferry de la Compagnie Océane.
Un paseíto corto por la playa entre las terrazas de Le Fisher y Glacier Fabric, y de vuelta al coche antes de que se pase la hora de aparcamiento gratis. Parada por delante de La Quiberonnaise — la conservera de sardinas más antigua de la ciudad, fundada en 1921, con la fachada azul y las latas ilustradas por artistas —. Salida del pueblo pasando por delante del mural histórico y de la Boulangerie Pierrot le Boulanger. Al salir queríamos coger el paseo marítimo pero estaba cerrado (peatonal), así que fuimos por la segunda línea — y ahí, menhir de verdad plantado en el arcén: «el menhir de Obélix», dice Nagore.
Brocante en el istmo: Authentique Antiquités / Le Grenier
Cruzando el istmo de vuelta al continente, cartel a la derecha: «Authentique Antiquités — Le Grenier» — la tienda grande de antigüedades de la rotonda que ya nos había llamado la atención dos días atrás yendo hacia Carnac —. Curiosidad de rebote, damos un par de vueltas a la rotonda hasta encontrar la salida, aparcamos y entramos.
Un cobertizo grande lleno de trastos maravillosos: fondos de dispensadores de sellos americanos, un enorme cartel médico húngaro del Dr. Fehér Márton, chapas esmaltadas de Essolube y Standard, un futbolín antiguo con jugadores de madera pintados a mano. Todo muy grande y muy caro — no había cositas pequeñas, cajitas o menudencia baratas: solo piezas de verdad que ocupaban mucho —. Anécdota tecnológica pedrista: había una radio antigua a la que, cuando me acercaba con el móvil, se le colaban interferencias por el altavoz — como cuando de niños sabíamos que iba a sonar el teléfono porque el altavoz de casa pitaba dos segundos antes por la interferencia GSM —. Julen se mea encima de Nagore y ahí decidimos irnos 🙂
Vannes retail park: JouéClub, cambio de pañal, biberón y Roadside Burger
Cambiamos a Julen antes de arrancar, arrancamos el coche, cinco metros más adelante nos paramos otra vez para hacerle el biberón. Y ya sí, de tirón hasta la zona comercial de Vannes. Al principio nos equivocamos de juguetería — íbamos a una y era la de al lado —, pero como habíamos reservado el juguete de Woody teníamos que ir a la que tenía la reserva. Y ahí sí: la chica del King Jouet súper amable. Le pedimos también que nos buscara al señor Patata. Me gustaron de nuevo los Playmobil — mucha «colaboración con marca» (Ferrari, Vespa) que no habíamos visto nunca, aunque los Playmobil de LG los conocemos bien. Retrogaming, libros infantiles, vinilos. Un buen rato ahí.
Y al lado, una tienda de segunda mano — de las que parecen gigantescas y son medianas — con videojuegos franceses en ediciones antiguas a 1-2 euros. Cayeron algunos, claro.
Tocaba ya comer. Encontramos ahí mismo, en el retail park, el Roadside Burger & Coffee Shop — cadena bretona de hamburgueserías — y decidimos que valía. También queríamos ir al Buffalo Grill, pero se nos olvidó. «Comer en la carretera tiene gracia», sonríe Nagore. De alguna manera, nos recordaba a Australia y nuestro roadtrip. Julen mientras esperaban las hamburguesas correteando un poco loco por el local. Comimos hamburguesita y perrito.
Qué de cosas en el parking
Nos volvemos a cambiar a Julen — el pañal es el pañal — y nos vamos al Carrefour a hacer compra. Y ahí el primer lío: me subo al parking de arriba por error (culpa mía que iba hablando con Nagore salvayayas) salimos, atasco en la rotonda, entro por donde se descarga la mercancía, marcha atrás…
Ya dentro, disfrutando de los supermercados como siempre — camisetas del OM (Olympique de Marsella), peluches Nintendo, tartas de cumpleaños de Los Minions y Mario Bros —. Nos llama la atención una edición de Playmobil «Carrefour» — set exclusivo a 5 € que casi cae —, el Monopoly Extension ampliado, un LEGO de Keith Haring preciosísimo. Mostrador de pescadería con moules de Penestin — el pueblo de los suegros de Raquel, los padres de Adriáe, del que nosotros no sabíamos que existía hasta hace poco —, bolígrafos BIC Made in France, un futbolín gigante de 7×7 plazas que a Pedro le arranca sonrisa, y un rincón bretón entero con productos regionales. Un mapa «Grand Ouest» del hipermercado para orientarse.
Anécdota del carro: metí 50 céntimos para desengancharlo, pero resulta que los enganches estaban cortados y no hacía falta ningún depósito. Al terminar la compra, intenté recuperar la moneda y ahí me di cuenta. 50 céntimos de tax carrefour por despiste. Salimos con la despensa de los siguientes días.
Vannes centro: Le Ticha, Hôtel de Ville y Cathédrale Saint-Pierre en obras
Al centro histórico de Vannes. Aparcamos cerca de la Place Maurice Marchais con el Hôtel de Ville y la estatua ecuestre de Arthur de Richemont — condestable de Francia bajo Carlos VII, artífice de la reconquista del reino a los ingleses tras Juana de Arco, y último duque bretón de la casa de Montfort antes de la anexión —. Por el camino, veníamos siguiendo un Alfa Romeo descapotable amarillo un buen tramo — de esas coincidencias de carretera que uno recuerda —.
Primera parada del centro, un café rápido para llevar en Le Ticha: café con leche frappé, la señora súper amable, hablamos en francés muy bien .Nos lo tomamos sentados en un banco a veinticinco metros.
Antes de la catedral, entramos a una tienda de productos malgaches — recuerdos de artesanía de Madagascar (nada de madera Ambositra, eso sí) —.
Vannes — Gwened en bretón — es la préfecture del Morbihan, capital histórica del ducado independiente de Bretaña hasta la anexión de 1532. Fundada por la tribu gala de los Vénètes — que Julio César venció en la famosa batalla naval de Morbihan del 56 a.C., una de las primeras batallas navales documentadas de la historia romana —, la ciudad conserva íntegro su recinto amurallado del siglo XIII-XVI, con sus Ramparts, sus torres (Tour du Connétable, Porte Prison, Porte Saint-Vincent), el Château Gaillard (siglos XIV-XV) y el Château de l’Hermine — la antigua fortaleza ducal —. La Cathédrale Saint-Pierre se levantó entre los siglos XI y XIX combinando románico, gótico y clasicista. Vannes fue en el siglo XV la capital de facto del duque Jean V y del connétable Arthur de Richemont, hasta que la reina Ana de Bretaña, casada con Carlos VIII, incorporó el ducado a la corona francesa en 1532. Hoy es una ciudad de 55.000 habitantes con universidad, puerto deportivo abierto al Golfe du Morbihan, y un casco antiguo de casas con entramado especialmente bien conservado.
Entramos a la Cathédrale Saint-Pierre. Está en obras: pasarela de madera enorme por dentro, andamios, la primera parte en restauración — pero te dejan entrar hasta el altar y el púlpito, se agradece la solución —. En una de las capillas laterales, una exposición fotográfica anuncia la visita del Papa León XIV a Francia (25-29 de septiembre de 2026) — segunda visita papal a Francia del pontífice americano —. Callejeamos por la Rue Saint-Salomon y la Rue Alexandre Le Pontois, entramos en una librería (donde ya ni siquiera preguntamos por El Principito en bretón) y en una tienda de juguetes, marionetas y peluches especiales — no de las grandes marcas, sino de esa jugueteria artesana con cosas de madera y un oso haciendo pompas de jabón en la puerta que nos hizo entrar —. Casas con entramado («pans de bois») por todo el trazado — construcción típica de la alta Edad Media, vigas de madera con relleno intermedio, muy bien conservadas —. Y la fachada roja de la tienda «Fest-Noz» — el baile bretón tradicional —.
Ramparts, Porte Prison, Jardin des Remparts y luna con Julen
Subimos a la Place des Lices — con café NOX en la esquina — y salimos por la Porte Prison, la puerta monumental del siglo XIV que da acceso al recinto amurallado del norte. Al otro lado se abre el Jardin des Remparts — jardín formal con parterres geométricos, banda de flores debajo de las murallas y la Tour du Connétable asomando —. Estuvimos ahí un rato. Pegaba un poquito de sol — aunque no hacía calor, hacía muy bueno —. Parque infantil: los tres en los columpios — a Julen le gusta más subirse al columpio que columpiarse, es el reto de subir lo que le mueve —. Se veía ya la luna gigante por encima de las murallas, tempranísima; En la pared reconoce inmediatamente un Pitufo — el Space Invader del Papa Pitufo — porque en la guardería tiene todo dedicado a los Pitufos, aunque en casa nunca hayamos visto la serie.
Salimos por la Rue Saint-Guenhaël, bajamos por la escalera a la Rue de la Fontaine, pasamos por delante del Cinéma La Garenne, la restauración del antiguo cuartel, y llegamos a la Place du Maréchal Joffre. De ahí, breve vistazo a un castillo en obras que en Google Maps sale precioso — el Château de l’Hermine, la antigua fortaleza ducal en reforma integral —, y bajada al Port de Plaisance — la marina que conecta la ciudad con el Golfe du Morbihan por un canal navegable —. Un penúltimo escaparate con un Playmobil skater que nos da la última risa del día y Nagore se dija en un pequeño mural anarquista con forma de corazón, que «está también en Pont-Aven» Yo no me había fijado. Al día siguiente Nagore me lo indicó, claro. Moló.
De Vannes a Pont-Aven con Moby Dick de fondo
Recogemos el coche con la luz ya cayendo. Hora y media larga por la N165 de vuelta a Pont-Aven. Y con la carretera empezada, ponemos por el altavoz el audiolibro de Moby Dick — la novela de Herman Melville — que nos está encantando. Es el segundo tramo largo de audio que le dedicamos y ya estamos enganchados: la voz del narrador, el ritmo pausado del capítulo de la ballena blanca, la enormidad del texto, la atmósfera de mar y de obsesión. Kilómetros que se hacen cortos con Ismael.
A las siete se durmió Julen en el coche — y no se despertó hasta el día siguiente a las nueve de la mañana. Con dos despertares breves en la cama, pero sin salir de ella. Récord de la semana.
En el Kindred, cena tardía con la selfie de la postal de Gauguin del baño (esa tan obvia y tan hipster a la vez): sobras de patata gratinada del día anterior, un botecito de espárragos blancos, y de fondo Los Simpson en la tele. Nagore se va a dormir. Pedro se queda un rato más rematando posts del blog. Se cierra un día con dos ciudades históricas y un peluche de Luigi siempre a nuestro lado.


































































































































































