Rumbo a Oslo: Ópera, Vigeland y el Celta de Vigo

Tras un año haciendo el EMBA y por tanto casi sin fines de semana de dos días, este era un viaje muy esperado. A su vez creo que era nuestro (mi) primer viaje fuera de España desde San Francisco. Y el elegido había sido Oslo. No por nada especial. Destinos Ryanair pendientes 🙂

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Llegada el 19, y al sofá

El 19 de septiembre de 2014, vuelo Ryanair FR5422 de Madrid-Barajas a Oslo-Rygge, aterrizando a las 23:25. Rygge es uno de esos aeropuertos secundarios que Ryanair llama Oslo, a hora y media en bus del centro. Nos subimos al Rygge-Ekspressen y rumbo norte

Tocábamos suelo en Oslo pasadas la 1 de la madrugada. De ahí, andando un buen rato hasta el alojamiento. Sin metro, sin taxi. Andando. Y al otro lado, esperándonos, el sofá de Per y Ángela, por 73€/dos noches. Un Airbnb que era literalmente eso, el sofá de una pareja. Oslo era – y es (2026) – una de las ciudades más caras de Europa y dormir ajustando el presu era el plan que cuadraba. Esa primera noche no veríamos a Ángela (la veríamos al otro día, no parecía demasiado contenta de tenernos allí): dejamos las mochilas, dimos las gracias a Per en susurro y a dormir.

Oslo es una de esas capitales del norte que apenas pasaban de pueblo grande hasta que descubrieron el petróleo del mar del Norte. Fundada por Harald III hacia 1048 en el extremo del fiordo, fue arrasada por incendios siete veces en mil años y refundada en 1624 por Cristián IV de Dinamarca con el nombre de Christiania. Solo en 1925 recuperó el nombre antiguo. Su centro histórico está organizado alrededor de Karl Johans gate, el eje peatonal que une la Sentralstasjon con el Palacio Real y, en mitad, el Storting y el Nasjonalgalleriet.

La ciudad cambió de cara entre 2000 y 2015 con la reconversión de Bjørvika —el antiguo puerto industrial reconvertido en barrio cultural y residencial—. Allí se asentaron la Ópera de Oslo de Snøhetta (2008), el Barcode Project de torres pixeladas y, años después, el Munch Museum y la nueva Deichman Bjørvika. Es probablemente el ejemplo más limpio de regeneración portuaria del norte de Europa: lo que un día fueron grúas, depósitos y vías muertas son hoy galerías, hoteles y mirador sobre el fiordo.

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Café Ritazza, Bjørvika y… una maratóoooooon

¡Cómo mola levantarse y desayunar en vacaciones!. Salimos a la calle y enfilamos hacia el centro caminando, hasta llegar a la zona que llaman del Barcode con sus rascacielos pixelados del nuevo barrio de Bjørvika.

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Lo primero que cruzamos al llegar a la estación fue un Café Ritazza en pleno hall, una de esas cadenas – no lo sabíamos entonces – que en Oslo se convirtió en nuestra primera comida del día: café au lait, un muffin, sentaditos. Eran las once y poco. El cuerpo cambió de marcha.

Salimos de la Oslo Sentralstasjon y enfilamos hacia la Ópera, lo único de Oslo que ya conocíamos por foto y lo único que sabíamos que íbamos a ver seguro. El edificio de Snøhetta, ese bloque de mármol blanco con cubierta inclinada para que se pueda subir andando, es probablemente el más famoso de la ciudad. La rampa empieza al nivel del fiordo y termina en el techo.

Llegamos justo cuando estaba pasando el Maraton. Las calles cortadas, los corredores cruzando por los puentes, los dorsales numerados, las vallas con publicidad de BMW i3. Nos colamos por entre los corredores – cuando nos dejaron- hasta la entrada principal y nos asomamos al vestíbulo de cristal. Un edificio digno de verse. Años después, al visitar la Biblioteca Nacional de Letonia en Riga, nos recordaría a este.

Subimos a la cubierta de mármol. Desde arriba, el fiordo abierto, el ferry de Color Line saliendo del puerto, las torres de PwC del Barcode al lado, y, flotando en el agua frente a la rampa, la escultura «She Lies» de Monica Bonvicini: un iceberg de acero y cristal, una traducción tridimensional del Mar de hielo de Caspar David Friedrich.

Domkirke y una bufanda gris

De la Ópera por el túnel a Tollbugata y de ahí, al centro. Empezamos a caminar por la Karl Johans gate, la calle peatonal que cruza Oslo de la estación al palacio. Nos cruzamos con la inauguración (o quizá era por el maratón) de un Specsavers, con globos amarillos y voluntarios anunciando descuentos, y con el Grand Hotel, esa fachada amarillo claro con mansarda verde frente al Storting.

No hacía demasiado frío, pero no tanto como para ir sin cazadora, como iba yo. Así que por el camino, en alguna tienda del centro, compré en H&M una bufanda gris de doble vuelta. Estaría conmigo tres inviernos hasta que se quedó en Cairns, en Australia, en 2016, tras su último servicio en Alaska.

Frente al Storting, la Oslo Domkirke, la catedral. Esta sí entramos. Teecho pintado en azul, con escenas bíblicas restauradas en los años 50, y las vidrieras del coro con las naves de pesca. Bancos pintados de gris claro, lámparas de araña, esa sensación de iglesia luterana, ordenada y discreta. Salimos a la plaza Stortorvet, con la fuente al pie del reloj Freia — la marca histórica de chocolate noruega que sigue presidiendo la plaza desde un edificio amarillo de finales del XIX—.

El Slottet y los soldados de la Garde

Seguimos Karl Johans gate arriba y llegamos al Slottet, el Palacio Real, una mole amarilla de mediados del XIX con la avenida central llevando hasta su escalinata. Foto de rigor con los soldados de la Hans Majestet Kongens Garde formados frente a la garita amarilla. Estaríamos pensando en Hakum y Mette-Marit, imagino 🙂

Detrás del palacio, los jardines del Slottsparken, con una pequeña fuente de bronce con figuras de niños jugando. El parque es de esos que cuelgan del propio palacio: gente caminando, runners. Lo cruzamos por el medio, bajamos al sur y enfilamos hacia el puerto.

Rådhus, Nobel y el puerto

El Rådhuset de Oslo —dos torres de ladrillo rojo, el ayuntamiento de los años 50— nos pilló justo al borde del recorrido del maratón. La start line, las vallas, el globo amarillo con un «4» que marca el ritmo.

Y justo al lado, al borde del agua, el Nobels Fredssenter — el Nobel Peace Center—. Aquí es donde se anuncia y se exhibe cada año el Premio Nobel de la Paz. El único Nobel que no se entrega Estocolmo. Alfred Nobel, en su testamento de 1895  y se entrega aquí, en este edificio neorrenacentista frente al fiordo.

Tjuvholmen: T-Rex, lobos y un Tesla cargando

El paseo costero por Aker Brygge empieza ahí mismo, entre las terrazas, las cascadas artificiales del canal, las tiendas. Comimos en una de las terrazas con vistas al agua. Un plato combinado danés que estaba normal, caro como todo lo demás en Oslo. Y, al lado, lo único memorable de la comida: un Tesla Model S cargando en el aparcamiento del restaurante. De los primeros que veíamos. En 2014, en España, todavía no se veían.

Tjuvholmen es la prolongación de Aker Brygge sobre una pequeña península artificial. Edificios modernos residenciales, los del Hotel The Thief, el museo Astrup Fearnley con su cubierta de Renzo Piano en forma de vela, esculturas urbanas por todas partes —un hombre sobre zancos, un T-Rex en unas escaleras, un mural negro con lobos aullando firmado «Untitled 16 — Norway»—. Vimos un edificio con la fachada GRETTE en grandes letras (un bufete de abogados de prestigio)

La gente se bañaba en el fiordo. Hacía frío. El concepto noruego de buen tiempo.

El Vigelandsparken — dentro del Frognerparken— es probablemente el conjunto escultórico al aire libre más completo del mundo dedicado a un único autor. Gustav Vigeland (1869–1943) llegó a un acuerdo con el municipio de Oslo en 1921: le donaron una casa-taller a cambio de la propiedad pública de toda su obra. Vigeland pasó los siguientes veinte años trabajando para llenar este parque: 212 esculturas de granito y bronce que reproducen, en una secuencia formal, el ciclo entero de la vida humana —nacimiento, niñez, juventud, edad madura, vejez, muerte—.

El eje del parque parte del Hovedinngangen y se ordena en cuatro hitos: el Broen (el puente con sus 58 figuras de bronce, donde está el famoso Sinnataggen, el «niño enfadado»); la Fontenen (la fuente sostenida por seis gigantes, con un mosaico de granito a sus pies); el Monolitten (el monolito, una columna de granito de 17 metros tallada con 121 figuras humanas entrelazadas), y la Livshjulet (la «rueda de la vida», un anillo de bronce que cierra el eje al fondo). La obra entera tardó más de 30 años en completarse y se inauguró en 1947.

Vigelandsparken: el parque Viguera

Subimos andando hasta el Frognerparken. La entrada por el portón principal, el puente con las esculturas de bronce a ambos lados, el famoso Sinnataggen (el «niño enfadado», esa figura pequeña que le tienen pulida la mano de tanto tocársela los visitantes) y, al fondo, la Fontenen con sus seis gigantes sosteniendo el plato y el mosaico de granito en el suelo. Bordeamos la fuente entera. Tres chicos tocaban guitarra en uno de los bancos del puente, junto a la Livshjulet. Pedro y Nagore se pararon a escucharlos un rato.

Y de ahí, las escaleras subiendo al Monolitten. La columna de 17 metros con sus figuras entrelazadas, en lo alto de la plataforma circular, rodeada de las 36 esculturas en granito que cuentan la vida en grupo. El parque entero gira alrededor de este eje. Atardecía cuando bajamos, ese atardecer escandinavo en septiembre, dorado y largo.

El Celta de Vigo en una pantalla de Oslo

Volviendo hacia el centro paramos en un bar a tomar un par de cervezas. Ya empezaba a hacer frío y entrar a un sitio caliente parecía buen plan.. Y, en la pantalla de la pared, el partido del Celta de Vigo. En directo. En Oslo. A 9 euros la cerveza. El mundo es un sitio raro.

Había dos chicos en la mesa de al lado. Cuando metió el primer gol se vio claramente que iban con el Celta, claramente habían apostado :-).

Cenamos en un mexicano de franquicia con quesadillas a precios que nos hicieron mirarnos varias veces. La vuelta a casa por la Ópera otra vez, con el mármol iluminado, el reflejo en el vidrio, y, abajo en la plaza, el ferry de la mañana ahora ya atracado.

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