Domingo. Último día, pero queda la mitad, claro. Nos despertamos con la maleta medio hecha – una de Ikea muy barata con una parta de cartón 🙂
A la la Sentralstasjon. Pasamos por una zona de oficinas, con bicicletas para apoyar bicicletas, me acuerdo de esto. Llega a la estación. Consigna numerada. La 161.
Egertorget, el reloj Freia y un domingo tranquilo
Domingo. El centro estaba claramente más vacío que el día anterior. Volvimos a recorrer la Karl Johans gate, esta vez sin agobio, con la luz del mediodía. Pasamos por Stortorvet, con la Catedral al fondo, y al cruzar Egertorget nos paramos delante del icónico reloj Freia — esa marca de chocolate noruega que tiene un reloj enorme presidiendo la pequeña plaza intermedia—, con una cabeza de toro esculpida en la fachada al lado y los carteles azules de Ruter, el transporte público de Oslo.
Domingo. Tiendas tranquilas: Panduro Hobby con su escaparate naranja, los carteles de Moods of Norway, los quioscos Narvesen en cada esquina. Una tienda de souvenirs con un troll grande sosteniendo la bandera noruega. El centro del centro, esa hora de domingo en la que las ciudades respiran.
Y, al final, frente al Stortinget — el Parlamento — con sus banderines rojos colgando de la fachada amarilla curva y la balaustrada de Eidsvolls Plass enfrente.
El antiguo Nasjonalgalleriet fue la galería nacional de Noruega desde 1842 hasta junio de 2019, cuando cerró sus puertas para integrarse en el nuevo Nasjonalmuseet abierto en 2022 frente al ayuntamiento. Su edificio en Universitetsgata, neorrenacentista de ladrillo rojo, albergó durante 177 años el grueso de la colección pública noruega y, en particular, la única versión expuesta en museo de El Grito de Edvard Munch — el pintor noruego más universal—.
El Grito existe en cuatro versiones autorizadas (dos pinturas, un pastel, una litografía); la del Nasjonalgalleriet —pintada en 1893— es la más reproducida del mundo. Munch la concibió como parte de su Friso de la vida, su gran proyecto sobre los estados emocionales humanos. La obra fue robada espectacularmente en 1994, la mañana de la inauguración de los Juegos Olímpicos de Invierno de Lillehammer, y recuperada tres meses después; la versión del Munch Museum tuvo un robo paralelo en 2004, también recuperada en 2006. La sala donde la vimos, con las paredes pintadas en un azul oscuro y un cordón a metro y medio, ya no existe.
El Grito
El plan del último día era ir a verla. El Nasjonalgalleriet está en la Universitetsgata, dos calles al norte de Karl Johans gate, en un edificio neorrenacentista de ladrillo rojo con los retratos de los maestros noruegos colgados a la entrada. Entrada gratuita los domingos en aquella época. Subimos despacio por la escalera principal, sin prisa, con esa sensación rara de que ya casi habíamos terminado el viaje pero todavía nos quedaba lo importante.
Las primeras salas eran de paisajistas noruegos del XIX: Theodor Kittelsen con sus trolls y sus bosques, Cappelen, Nesch, paisajes románticos del nacionalismo cultural noruego del XIX. Una sala completa de marinos, escenas de pesca en el norte, retratos de pescadores con pipa y mujeres con pañuelo. Christian Krohg. Brudefærden i Hardanger, la barca nocturna iluminada por fuego cruzando el fiordo.
Y, sin pretenderlo, en otra sala, El Pensador de Rodin. Junto a un paisaje tipo Cézanne. Y un Étretat de Monet. Y un Eugène Delacroix, barca en mar tormentoso. Y una Edad de Oro de Cranach el Viejo. La colección era infinitamente más rica de lo que esperábamos.
Y al final de la planta, doblando una esquina, ahí estaba. El Grito de Munch. En una sala azul oscuro, sin demasiados visitantes esa hora del domingo. Pequeño. Más pequeño de lo que uno se imagina. Pero el cuadro no necesita ser grande. Te lo lleva todo aunque sea tamaño cuaderno. Al lado, en la misma sala, una de las versiones de la Madonna. Y aquí, cómo no, los dos selfies obligatorios: caras de grito imitando al cuadro, Nagore primero, Pedro después. La foto que se hizo todo el mundo en aquella sala antes de que la cerraran en 2019.
Dean & De Luca y al aeropuerto
Para comer, lo único decente que encontramos sin gastarnos una pasta. La cadena de delicatessen-bocadillería. Sandwich, café, sentados en una mesa alta con vistas a la calle.
Volvimos a la consigna a recoger las maletas y nos fuimos rumbo al aeropuerto. En Rygge nos encontramos con nuestra amiga Lauren.
FR de vuelta a Madrid, Boeing 737-800, los reposacabezas amarillos de Ryanair, una revista del bolsillo del asiento y las nubes al atardecer pasando por la ventana. La aproximación a Madrid nocturna por encima del Manzanares.















































































