Último día del viaje, lo dedicamos a la visita estrella de Sintra —el Palacio da Pena—, una comida en una callejuela con escaleras del centro de Sintra y la vuelta hacia Madrid pasando por Lisboa, cruzando el Puente 25 de Abril —el «puente rojo» sobre el Tajo, hermano arquitectónico del Golden Gate, que conocería años después—. Día de niebla densa arriba del castillo, comida buena al sol de agosto y carretera de vuelta sin prisa.
El Palacio Nacional da Pena corona la Serra de Sintra a 529 metros de altitud y es la obra maestra del Romanticismo portugués. Lo construyó entre 1840 y 1854 el rey consorte Fernando II de Sajonia-Coburgo-Gotha sobre las ruinas de un antiguo monasterio jerónimo del XVI, encargando el proyecto al arquitecto y militar prusiano Wilhelm Ludwig von Eschwege. El resultado es una fantasía ecléctica que mezcla neo-manuelino, neo-gótico, neo-mudéjar, neo-renacentista y referencias bávaras: torres rojas amarillas y violetas, tritones de piedra escupiendo coronas, almenas con azulejos, terrazas que se asoman a 200 km a la redonda. Es considerado el primer palacio romántico de Europa, anterior al Neuschwanstein de Luis II de Baviera (1869-1886) que tantos ojos europeos copiarían después. Junto al casco histórico de Sintra y la Quinta da Regaleira forma parte del paisaje cultural declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1995.
El Puente 25 de Abril, sobre el río Tajo en Lisboa, fue inaugurado en 1966 como Puente Salazar y rebautizado en 1974 al caer la dictadura con la Revolución de los Claveles del 25 de abril. Lo construyó la American Bridge Company —la misma empresa que había hecho el Bay Bridge de San Francisco— y comparte con el Golden Gate el característico color rojo internacional y la estructura suspendida de dos torres, lo que le ha dado por todas partes el apodo de «el Golden Gate europeo«. Tiene 2.277 metros de longitud, una luz central de 1.013 metros y dos niveles —tráfico rodado arriba, ferroviario abajo, añadido en 1999—. Al pie del lado sur, el Cristo Rey de Almada, inspirado en el de Río de Janeiro y construido en 1959 como gracias por haber salvado a Portugal de entrar en la Segunda Guerra Mundial, mira a Lisboa desde el otro lado del río.
Subida andando al Palacio da Pena
Por la mañana subimos a Sintra y nos fuimos directamente al Palacio da Pena. Dejamos el coche abajo, en el aparcamiento del parque, y nos lanzamos a subir todo el camino andando por los senderos que cruzan los bosques de la Serra de Sintra. Visto desde hoy —que ya somos más mayores y más perezosos—, nos hace gracia recordar que entonces éramos mucho más jugones, pero aun así recuerdo perfectamente que nos cansamos: la subida es bastante más larga y empinada de lo que parece desde el plano, con curvas, escalones de tierra y rampas que se van acumulando.
Arriba en la niebla: Pena envuelto en bruma
Cuando llegamos arriba al palacio, hacía muchísima niebla —la misma orográfica que el día anterior nos había tapado el Cabo da Roca, pero esta vez sobre la cima de la sierra—. Las torres amarillas y rojas del Pena salían y desaparecían entre la bruma, los tritones de piedra sobre la fachada se intuían entre el blanco, y las terrazas que normalmente regalan una vista impresionante hasta el Atlántico estaban directamente metidas en una nube. De este sitio no tengo un recuerdo particularmente vivo, realmente el palacio tiene muy buena pinta —es uno de los castillos más fotografiados de Europa— pero por una mezcla del cansancio de la subida, la niebla que tapaba todo y el final de viaje, no se me quedó grabado como otras cosas que hemos conocido.
Terrazas, patios y arqueología romántica
Aun así, recorrimos las terrazas, patios y galerías del Pena —los azulejos pintados, la arcada manuelina que es ya el sello visual del palacio, las almenas con balaustradas, los pasajes que conectan los distintos cuerpos del edificio—. Por momentos la niebla se abría un poco y dejaba ver la Cruz Alta en lo alto de un cerro vecino, o la silueta lejana del Castelo dos Mouros que el día anterior habíamos visto desde la Quinta da Regaleira. Ese tipo de visita que no se disfruta del todo en el momento pero queda en fotos.
Bajada al centro y comida en una callejuela con escaleras
Después del Pena bajamos al centro de Sintra a comer —el casco histórico al pie del Palacio Nacional, con sus cuestas adoquinadas y los letreros de pastelerías de travesseiros y queijadas—. Comimos en una callejuela con escaleras —se ve perfectamente en las fotos: una escadinha empedrada con las mesas dispuestas sobre los peldaños, las terrazas pegadas a la pared y los toldos rojos del verano—. De esa comida sí tengo un recuerdo muy claro: nos sentamos a gusto, era muy agosto portugués en estado puro, la luz del mediodía colándose entre los edificios bajos del centro. Es de las comidas del viaje que más recuerdo.
Vuelta a Madrid por el Puente 25 de Abril
Después de comer cogimos el coche para empezar la vuelta a casa. Y aquí ocurrió uno de esos detalles que se quedan: en lugar de volver por donde habíamos venido no sé si por error o a propósito, terminamos cruzando Lisboa por el centro y saliendo por el Puente 25 de Abril —el «puente rojo», el gran colgante sobre el Tajo de 2,2 km que en cualquier postal de Lisboa siempre sale dominando el horizonte—. Luego ya sí, autopista A2, IP1, frontera, A5, Madrid.
Y con esto se cerraron tres días largos de Sintra y Cascais que arrancaron en una parada de carretera en Elvas y se acabaron cruzando el Tajo por el puente rojo. Un fin de semana de palacios, niebla, cabos, fados no pero Super Bock y Sagres sí, marisco en olla y, esa sensación de improvisar un viaje en agosto y que salga muy bien.


















































































































