Del palacio Topkapi a la mezquita Azul y del Pudding Shop a la Cisterna Basílica

El 8 de enero fue uno de esos días que justifican un viaje entero. Parecía que Nagore ya estaba bien, los cortes del agua y la luz resueltos. Habíamos pensado al planificar este viaje si dedicar tres o cuatro días a Estambul y luego volar a Capadocia los otros tres, o quedarnos los siete días enteros en la ciudad. Decidimos quedarnos. Acertamos. Estambul, vista con calma, es una ciudad que no te puedes terminar — y este día, un jueves, lo dedicamos a la lista grande: Topkapi, Cisterna Basílica, Mezquita Azul y comida – de casualidad – en el legendario Pudding Shop.

El Pudding Shop —oficialmente Lale Restaurant— abrió en 1957 en una calle pequeña frente a Santa Sofía y se hizo legendario en los años 60 y 70 como kilómetro cero de la ruta hippie hacia Asia. Aquí paraban los mochileros que iban en autobús desde Londres, Ámsterdam o Múnich camino de Katmandú, Goa o Bombay: leían el corcho de avisos del local para encontrar conductor, compañero de viaje o aviso de que algún paso se había cerrado por motivos políticos en Irán o Afganistán. La Magic Bus, las carreteras del Asia Highway, los trips que tardaban dos meses, todo pasaba por la mesa de los hermanos Çolpan. La novela The Beach) de Alex Garland menciona el sitio, igual que media literatura de viaje occidental de los setenta — y todavía hoy, cuando entras, hay fotos en sepia colgadas de las paredes con jóvenes melenudos sonriendo junto a sus mochilas.

Cuando la Revolución Islámica de 1979 y la guerra soviético-afgana cerraron Irán y Afganistán al paso terrestre, la ruta hippie murió de muerte natural y el Pudding Shop dejó de ser cruce mundial para convertirse en simple restaurante turístico de Sultanahmet. Pero abrió hasta 2018 manteniendo el nombre y la decoración original, casi como un museo accidental. Cuando estuvimos nosotros en 2015, entrar, sentarse al lado del corcho de los avisos antiguos y pedir un kebab tenía algo de homenaje a una era que ya no se puede repetir: la del viaje barato, lento, peligroso y largo de Europa al subcontinente. Cerró por reformas en 2018 y no volvió a abrir.

Mañana: bajada al Cuerno de Oro y palacio de Topkapi

Bajamos como habíamos bajado los días anteriores, por las callejuelas heladas de Gálata, hasta una cafetería llamada Noir Pit. Me encantó la música swing, que shazameé y sigo escuchando hoy en día.  Después bajamos hacia el mar y cruzamos el Puente de Gálata —los pescadores estaban de turno, como cada día— y enfilamos hacia el Palacio de Topkapi, la residencia de los sultanes otomanos desde mediados del XV hasta el XIX. Compramos la entrada combinada con el harén pero entramos por el primer patio mirando los pasillos sin demasiado plan. La verdad es que el palacio en sí no nos cautivó tanto como esperábamos — fue un día con muchas obras (parte del Tercer Patio estaba andamiada). Apuntado como visto, no tan recordable como otras cosas. Lo que sí recuerdo es estar en sus jardines recitando La canción del Pirata de Espronceda:

Asia a un lado, al otro Europa,
y allá a su frente Estambul.

Mediodía: Mezquita Azul y comida en el Pudding Shop

Salimos de Topkapi y cruzamos por la Plaza Sultanahmet hacia la Mezquita Azul (Sultanahmet Camii). La mezquita estaba en obras de restauración —parte de los azulejos de Iznik del interior llevaban años cubriéndose para limpiarse y el andamiaje los tapaba a vista—, así que la experiencia se quedó algo a medias. Entrar mereció la pena: las 20.000 piezas de cerámica azules y blancas de los muros, los seis minaretes (los únicos del mundo islámico aparte de los de La Meca, que provocó un escándalo cuando se construyó la mezquita), la luz filtrada por los doscientos sesenta vitrales. La sala de oración es enorme y tiene una atmósfera distinta a la de la Süleymaniye que vimos el primer día — más decorada, más visualmente densa, también más turística.

A la salida fuimos directos al Pudding Shop, que estaba a doscientos metros, en la calle Divan Yolu. Pedimos un kebab de cordero y un ayran —el yogur líquido salado que acompaña todo en Turquía y que merece su propio párrafo en otro post— y comimos despacio mirando las fotos del corcho. Salir de la Mezquita Azul para entrar al Pudding Shop tenía esa transición rara entre dos planos del Estambul mítico: el imperial otomano del XVII y el contracultural occidental del XX.

Tarde: Cisterna Basílica y la Medusa al revés

A unos pasos del Pudding Shop, en un edificio modesto que no destaca en la calle, está la entrada de la Cisterna Basílica (Yerebatan Sarnıcı). Bajas treinta y dos escalones y de pronto te encuentras en un bosque submarino de 336 columnas de mármol alineadas en doce hileras de veintiocho, con el techo abovedado de ladrillo bizantino flotando sobre el agua. La construyó Justiniano I en el siglo VI como reserva de agua para el Gran Palacio Imperial, y siguió funcionando como cisterna durante los siglos otomanos hasta que se redescubrió oficialmente en el XVI. Hoy está iluminada con focos color naranja-rojo y tiene música ambiental de cuerda — un poco kitsch, sí, pero la atmósfera funciona. A nosotros nos flipó el sitio.

En el rincón noroeste, dos columnas reutilizadas de algún edificio anterior tienen en la base dos cabezas de Medusa: una boca abajo, otra de lado. Nadie sabe a ciencia cierta por qué fueron colocadas así. La explicación más probable es práctica —la pieza encajaba mejor por dimensión— pero la leyenda local dice que se pusieron al revés para «anular el poder petrificador» de la mirada de Medusa. La que está boca abajo es la más fotografiada de Estambul y que aparece al final de Inferno de Dan Brown.  Es uno de los rincones más memorables del viaje. Después de salir nos sobraba un poco de día, así que nos metimos en otra mezquita pequeña pegada a la cisterna —no recuerdo el nombre con seguridad— y dimos un paseo lento por la zona.

Tarde tardía

De vuelta hacia Beyoğlu pasamos por el Gran Bazar. De nuevo sin comprar nada. Compraríamos bastantes cosas en la ciudad: libros, camisetas, posavasos… pero no en el bazar. Al

Paramos a tomar algo y estuvimos un rato leyendo revistas y ya al rato, subimos al apartamento ya tarde. Esta noche cenamos en casa 🙂 Al día siguiente nos enteraríamos de que hacía solo 2 días había habido un atentado en una comisaría muy cercana a la basilica. 

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