Llegada a Edimburgo con equipo estelar

Edimburgo en febrero. Sabiendo que íbamos a pasar frío. Vuelo de fin de semana con plantel estelar: venían Sergio (que dos años después viviría aquí, pero eso él no lo sabía, claro), Raquel, y Adrien! (que años después vivirían en Madagascar, pero eso ellos no lo sabían, claro)

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Barajas, vuelo a Edimburgo y aterrizaje al saltire

Estaba atardecindo cuando llegábamos a Barajas. Vuelo 7945 de Easyjet. Aterrizamos sobre las 21:25, hora local, en un Edimburgo en el que hacía mucho que era de noche. Con las cintas de equipaje decoradas con el saltire — la cruz de San Andrés azul y blanca de la bandera escocesa— y un viento que ya nos avisó de lo que venía.

Airlink 100, el bus rojo de Lothian que conecta el aeropuerto con el centro. Asientos rojos, ventana al frente, treinta y pocos minutos y allí estábamos: Princes Street.

Edimburgo es una ciudad-collage: la fortaleza volcánica del Old Town apilada en su roca de basalto y la cuadrícula georgiana del New Town trazada por Sir James Craig en 1767, separadas por los jardines de la antigua laguna del Nor Loch. Capital de Escocia desde el siglo XV, su silueta es probablemente la más famosa del Reino Unido después de Londres: tres protagonistas — Edinburgh Castle, Calton Hill con su acrópolis inacabada, y Arthur’s Seat, el volcán dormido del este — encadenados sobre un casco antiguo medieval que conserva los closes originales del XV.

La ciudad es también el corazón de la Ilustración escocesa del XVIII —David Hume, Adam Smith, James Hutton caminaban estas calles—, fue declarada Patrimonio de la Humanidad en 1995, alberga el Edinburgh Festival (el Fringe es el mayor festival de artes escénicas del mundo cada agosto) y, desde el referéndum independentista de 2014, vive en un equilibrio permanente entre Escocia y el Reino Unido. Y en febrero, eso sí, llueve de lado y la luz se va a las cuatro y media.

Edinburgh Backpackers, en plena Cockburn Street

El hostal lo teníamos a unos pasos de Princes Street: Edinburgh Backpackers Hostel, en el 65 de Cockburn Street. Esa calle curva que baja desde el Royal Mile hacia Waverley es una de las más reconocibles del Old Town, con sus fachadas de piedra rojiza, sus tiendas independientes y la curva continua que la convirtió en una de las imágenes recurrentes de mil postales. El hostal con su rótulo enorme de «Hippo» en la fachada. Recepción, y a la calle a cenar y a descubrir.

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Bajada nocturna por North Bridge y Cowgate

De Cockburn al Royal Mile, dos pasos. La noche sobre la piedra mojada con esa luz amarilla de farola que ya no nos abandonaría hasta el lunes. Pasamos por delante del The Bank Hotel en la esquina con North Bridge — fachada victoriana de piedra arenisca con el rótulo en letras blancas—. Y la primera postal nocturna del viaje: el North Bridge hacia el sur, con la antigua sede de The Scotsman imponente — el edificio gris de torres simétricas que albergó al diario escocés desde 1905 hasta que se mudó en 1999, hoy convertido en hotel—.

Bajamos al Cowgate, esa calle estrecha que pasa por debajo del South Bridge, llena de pubs y locales nocturnos. Las arcadas del puente sobre la cabeza, los neones de los pubs en las fachadas.

Pizza y pintas

Primeros unas pizzas y después unas cervezas, como parece lógico. (También tendríamos tiempo para el whiskey el siguiente día. Entramos a uno del Royal Mile con vaso del Fringe Festival (que conoceríamos un par de años después)

Pinta de Deuchars IPA primero (años después en San Francisco, no me acordaría de esta y pensaría que la había bebido por primera vez) otra de Tennent’s Lager después. Y de vuelta al Backpackers por Cockburn Street, las farolas amarillas iluminando la piedra mojada.

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