Icono del sitio Nyumbani

We can be Brightonians… just for one day

Brighton 25 oct 2025 — 143

Segundo día. Despertar en The Gather Inn y asomarnos a la ventana — la reserva ponía «vistas al mar» y técnicamente las tenía, si te asomabas mucho y aceptabas que era más bien la bocana del puerto de Aldrington —. Pero ahí estaba, con la marisma y los almacenes industriales. Arrancaba nuestro día en Brighton.

English breakfast y los billetes de 20 libras retirados

(English) Breaktfast at Tiffany´s:  los huevos, las salchichas, las alubias, el bacon —. Hacía sol, estábamos de vacaciones… felicidad. Y aquí pasó la primera lección operativa del viaje: llevábamos dos billetes de 20 libras que teníamos guardados desde hacía años,  me los dió Fernando para un viaje que luego cancelamos. Pagamos con uno y la jefa de la camarera volvió a la mesa con cara amable de «no quiero darte la mala noticia» y nos explicó que esos billetes ya no tenían validez legal en Reino Unido. La transición al billete polímero con Carlos III había retirado los antiguos de papel con Isabel II en 2024.  Lo resolveríamos más adelante, el Bank of England los cambia en persona si vas con DNI, pero no fue así cómo lo hicimos.

Volvimos, hicimos las maletas en consigna en la recepción  y a la calle. Plan: bus al centro, día por la ciudad, vuelta a Hove a por las maletas, tren a Londres.

«Hove, actually» y el bus 700

Pequeña aclaración geográfica. Hove y Brighton son técnicamente la misma ciudad desde 2000 («City of Brighton and Hove») pero los de Hove llevan el «Hove, actually» en la mochila desde siempre — esa muletilla irónica para distanciarse del primo turistero del este —.

Salida andando hasta la marquesina de Kingsway. Cogimos el bus 700 «Coaster» hacia Brighton centro. No subimos al imperial (la parte de arriba) porque íbamos con el carrito de Julen. El bus bajó por Western Road con vista a las terrazas Regency de Hove, las casetas de playa de colores, Brunswick. Quince minutos hasta el centro.

Charity shops de London Road: guantes, Roald Dahl y Sainsbury’s

Bajamos en la zona alta del centro y enfilamos London Road hacia el sur. Y aquí cayó la primera ronda larga de charity shops — siempre volvemos a casa con más cosas de las que llevamos —. Oxfam Books, Oxfam Music, British Heart Foundation…

Lo que cayeron, esa mañana de Brighton en la que hacía más frío del que parece en las fotos: guantes. Compramos guantes para Julen y para mí en otra tienda.Parada técnica en el Sainsbury’s Local a por agua y algo para Julen. El quiosco con The Argus abriendo con noticias municipales y los cromos Topps Premier League 2025-26 al lado de la caja a 11,99 libras el álbum.

Churchill Square, Forbidden Planet y la calle de Naroa

Bajada por North Street hasta Churchill Square, el centro comercial al aire libre. La Jubilee Clock Tower de 1888 en la esquina con West Street. Nagore reconoció ahí cerca la zona donde había vivido Naroa de joven — «por aquí, una calle abajo», dijo señalando hacia algún punto del barrio de King’s Road —.

Por Sydney Street nos metimos en North Laine. Parada obligatoria en la Forbidden Planet Megastore — Funko Pop hasta el techo, manga, Lego, mochilas Loungefly de Pokémon —. Pasamos, sin comprar nada.

Grand Brighton y paseo marítimo

Bajada al paseo marítimo. Por West Street hasta llegar al frente del mar, primer vistazo: el esqueleto del West Pier al fondo recortado contra el cielo, las gaviotas en círculos.

Subida al Grand Brighton Hotel, la mole victoriana blanca de Kings Road de nueve plantas con balcones, inaugurada en 1864 — el hotel que en parte dio origen a la transformación turística de Brighton, cuando la aristocracia inglesa empezó a bajar a tomar los baños de mar y hacía falta sitio donde alojarlos en condiciones —. Entré al lobby a hacer fotos de la escalera de alfombra azul con abanicos dorados, los sillones turquesa, las columnas de mármol verde. Nagore se quedó fuera con el carrito.

Frío. Mucho frío. El día anterior había sido peor con el viento de cara, pero este tampoco regalaba. Los guantes recién comprados hacían su función… hasta que Julen se los quitaba cada dos por tres…

Brighton Palace Pier y monedas de 50 peniques

Desde allí fuimos de paseo por el paseo marítimo hasta el Brighton Palace Pier — había que pagar entrada, no recordamos cuánto pero no eran ni 5 libras —. Tablado de madera, gaviotas chillando, Palace of Fun con sus cúpulas de hierro y cristal. Y, claro, ahí estaba: Zoltar, el adivino de la barba blanca y la mano sobre la bola de cristal, el mismo que sale en Big con Tom Hanks. Foto reglamentaria.

Yo intenté encontrar monedas raras de 50 peniques en las máquinas de cambio. Las 50p británicas son uno de los grandes mercados ocultos de la numismática — hay variantes conmemorativas de absolutamente todo: los Juegos Olímpicos 2012, Paddington Bear, Peter Rabbit, Mr Men, Sherlock Holmes, las 22 monedas del cincuentenario del cambio decimal de 1971 —. Yo coleccionando cualquier cosa que se pueda coleccionar.

Caminamos hasta el extremo este del pier — donde están las atracciones de feria, la helter skelter, los carruseles —. Vuelta paseando hacia tierra con vistas al i360 al fondo a la derecha.

El Royal Pavilion es el capricho más extravagante de la realeza inglesa: el príncipe regente — futuro Jorge IV — encargó al arquitecto John Nash entre 1815 y 1822 un palacio costero en estilo indo-sarraceno, con cúpulas de cebolla, minaretes y arcos pseudomogoles. Por dentro, una fantasía chinesca: dragones de oro, palmeras de hierro fundido en la cocina, papel pintado lacado y un comedor con candelabro de seis metros suspendido de la fauce de un dragón. La reina Victoria, que detestaba Brighton (la ciudad había crecido demasiado y dejado de ser íntima), lo vendió en 1850. Hoy es museo público del ayuntamiento. Junto al Pavilion, el Brighton Dome — antiguo establo real, hoy auditorio y centro cultural con tres salas (Concert Hall, Studio Theatre y Corn Exchange) — guarda la placa azul que conmemora el sitio donde ABBA ganó Eurovisión con Waterloo el 6 de abril de 1974.

Royal Pavilion y el Brighton Dome con ABBA

Del Pier subimos por Old Steine hacia el centro. Y ahí, el Royal Pavilion. Las cúpulas indo-sarracenas que Nash levantó para Jorge IV. Vuelta entera por los Pavilion Gardens — sauce llorón, India Gate, los minaretes contra el cielo gris —. No entramos esta vez. Lo dejamos para otro día.

Al lado, el Brighton Dome — antiguo establo real, hoy auditorio. Mi padre tenía guardado el dato perfectamente —: «ahí ganó ABBA Eurovisión». Y, efectivamente, la placa azul en la fachada: «ABBA launched their international career here». El 6 de abril de 1974 sonó Waterloo en este escenario y el mundo cambió, en el plano de lo pop al menos. El complejo tiene tres salas — Concert Hall, Studio Theatre, Corn Exchange — y todavía hoy programa conciertos y festivales.

North Laine en sábado y el coworking de Brighton

Caminamos al norte por North Laine — el barrio bohemio del centro, callecitas estrechas con tiendas independientes y cafés temáticos —. Me recordó a Camden en versión costera: las mismas terrazas, la misma mezcla de comida internacional, las mismas tiendas con mucho color. Goemon Ramen Bar, Wetbox Cafe / My Melody & Kuromi Tea Shop en verde menta y rosa, Tokyo Monster, panaderías, tiendas de discos. Sábado a mediodía: a tope.

Y de ahí al sitio obligatorio: PLATF9RM, el coworking de Brighton donde Good Rebels tuvo oficinas durante años. Estaba cerrado (sábado). Foto de la fachada, nostalgia profesional contenida, y de vuelta a la calle.

Comida en un Greggs y vuelta a Hove a por las maletas

Hambre y necesidad de calentar algo para Julen. Y aquí Inglaterra desplegó su clásico problema de la «no hay microondas en este restaurante, lo siento»: estuvimos rondando varios sitios y ninguno los tenía. Solución final: Greggs, la cadena de panadería británica, el del «sausage roll» a 1,25 libras que ha vendido más unidades que ninguna cosa en este país. Recordaba el primero en Glasgow años atrás.

Subida a la Brighton Station a comprar los billetes de tren para Londres por la tarde — esta vez salimos por la entrada principal con la marquesina victoriana de cerchas azules, no por la trasera del primer día —. Creo que compramos ida y vuelta porque era más barata (peniques) que solo idea. Junto a la estación, el banner del Brighton Toy and Model Museum bajo el puente del ferrocarril — pequeño museo de trenes Hornby y robots de hojalata —. Nos asomamos pero no entramos. Otra vez será.

Por la mañana, Google Maps había sugerido que sobre esta hora sería más directo ir a Londres desde Hove. Por eso habíamos dejados las maletas en el hostel. Pero ahora la aplicación sugería Brighton Station para coger el tren. Así que: bus de vuelta a Hove a por las maletas, regreso a Brighton Station con el carrito, todo de nuevo.

Tren a London Victoria y Tube a Seven Sisters

Recogida en el Gather Inn. Despedida de la chica de recepción — el «Safe travels» de rigor —. Bus de vuelta al centro, Brighton Station, tren Southern a London Victoria: una hora larga, asientos azules con esos motivos geométricos de la librea Southern, vista del campo de Sussex pasando bajo el cielo de noviembre. Julen dormido en el carrito casi todo el trayecto.

Llegada al vestíbulo gigante de Victoria con los arcos del techo. Bajada al Underground: Victoria Line hacia el norte. Bajamos en Seven Sisters. Nagore había vivido relativamente cerca y conocía la zona.

Las llaves a 37 minutos andando y Maki el gato

Desde el metro teníamos que ir a por la llava. La anfitriona había dejado la llave en un Keynest  que estaba a 37 minutos andando desde la casa de Lansdowne Rd. No nos había avisado. Pero bueno.

Andar a recoger la llave, andar de vuelta a la casa, con el carrito y las maletas pesadas. Sábado por la noche cayendo, Tottenham High Road con las luces ya encendidas. Pero llegamos.  Una casa preciosa. Conocimos a Maki, el gato de la casa, instalado en su rincón. Le pusimos de comer. Cena rápida, sofá. Y a dormir. Primer día completo en Londres mañana.

Salir de la versión móvil