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Un día increíble en Tierra del Fuego y Canal de Beagle

Ushuaia, 20 may 2009

Este sería para mí el mejor día del viaje y uno de los más especiales que recuerdo viajando. Mañana en el Parque Nacional Tierra del Fuego —Bahía Lapataia, el cartel mítico de «Buenos Aires 3.079 km, Alaska 17.848 km«— y tarde de navegación por el Canal de Beagle entre lobos marinos y cormoranes, una cerveza en cubierta y Manu Chao de banda sonora, en uno de los momentos más felices que recuerdo de cualquier viaje.

Ushuaia es la ciudad más austral del mundo con condición efectiva de ciudad —Puerto Williams, en el lado chileno, es más al sur pero tiene rango de localidad—. Fundada en 1884 por el gobierno argentino para reforzar la soberanía sobre Tierra del Fuego frente a las pretensiones chilenas, su origen real es una misión anglicana establecida en 1869 por Thomas Bridges, un misionero británico que aprendió la lengua de los yámanas —los pueblos originarios canoeros del Beagle— y compiló el primer diccionario yámana-inglés con 32.000 entradas, una de las gramáticas más detalladas de un pueblo en extinción. Los yámanas, prácticamente desaparecidos hacia 1920 por enfermedades europeas, daban a la zona el nombre Ushuaia, «bahía que penetra hacia el poniente».

El Canal de Beagle debe su nombre al HMS Beagle, el barco que en su segundo viaje (1831-1836) llevaba a un naturalista joven de 22 años llamado Charles Darwin y atravesó este canal en 1833. Las observaciones de Darwin sobre los yámanas, los pingüinos, los cormoranes y la estepa patagónica entraron directamente en El origen de las especies veintiséis años después. El faro Les Éclaireurs —»los iluminadores» en francés— de 1920, sobre un islote rocoso a 5 millas náuticas al este de Ushuaia, suele venderse turísticamente como «el faro del fin del mundo» aunque ese título histórico le corresponde al faro San Juan de Salvamento en la isla de los Estados, más al este. La isla de los lobos marinos y la isla de los pájaros completan la navegación clásica.

Mañana: rutilla por el Parque Nacional Tierra del Fuego

Desayunamos algo en el hostel y  salimos a hacer una rutilla por el Parque Nacional. Lupe y Rubén se unieron a nuestro grupo de paseantes. Fue bastante interesante: las cordilleras de Tierra del Fuego no son muy altas, pero por su forma —cumbres muy escarpadas, picos como sierras— resultan mucho más impresionantes de lo que la altura sugeriría. Es un paisaje que no tiene nada que ver con el resto de la cordillera andina, una geometría distinta.

La superficie del sendero estaba bastante helada, y nos pasamos buena parte del recorrido patinando por los tramos congelados. Risas, fotos, y la sensación de estar caminando por un sitio que en mayo está prácticamente vacío.

Bahía Lapataia

En el parque llegamos a Bahía Lapataia, el final oficial de la Ruta Nacional 3 y, por extensión, del eje Norte-Sur de las Américas viable en coche. Allí está el cartel mítico: «Aquí finaliza la Ruta Nac. Nº 3 – Buenos Aires 3.079 km – Alaska 17.848 km». Yo en aquel momento, viendo aquel «Alaska a 17 mil kilómetros» en la otra punta del continente, pensé «qué increíble poder ir allí en el futuro«. Años después lo conseguí, y en parte aquel cartel del 2009 fue el germen — Visto en retrospectiva, veo Argentina como el viaje que consolidó mi pasión por los viajes.

Mediodía: comida y bajada al puerto

Después de la rutilla comimos algo —no recuerdo exactamente dónde, alguno de los puestos del parque o ya de vuelta en Ushuaia— y enfilamos al puerto de Ushuaia para coger el barco de la tarde por el Canal de Beagle.

Tarde: el barco más feliz del viaje

Salimos del puerto en uno de los catamaranes turísticos del Beagle rumbo este, hacia el faro Les Éclaireurs —el famoso «faro del fin del mundo» del marketing local, aunque el título oficial corresponda al de la isla de los Estados—. La navegación pasa por islotes con colonias de lobos marinos —tumbados al sol unos sobre otros, gruñendo cuando el barco se acerca— y por la isla de los cormoranes, con cientos de aves anidando en las paredes verticales de roca.

En el barco conocimos a Jose y Joao, dos portugueses con los que compartiríamos también tiempo en Ushuia y volveríamos a ver en Ezeiza el día de la vuelta porque nuestro vuelo se retrasó.

Yo me acuerdo perfectamente de lo que hice en cubierta: una cerveza en la mano, musica en los altavoces, escuchando a Manu Chao mientras el barco avanzaba por el Beagle entre las cordilleras patagónicas que se cierran a ambos lados del canal.

Uno de los momentos más felices que recuerdo de toda mi vida viajando. Estábamos a unos mil kilómetros de la Antártida —que al día de hoy todavía no he ido pero que sigue como pendiente— y la sensación era de privilegio absoluto: el sitio, la compañía, la música, el momento. Uno de esos momentos casi únicos.  Recuerdo otro en la primera vez que fuimos a Japón en el barco hacia Miyajima, hablando con Nagore con la tori roja del santuario apareciendo entre la neblina, y otro en Meteora, Grecia  con Susanay Vanessa, encima de los monasterios suspendidos sobre las rocas. Cada uno con su forma, pero todos con la misma sensación de «esto es maravilloso».

Vuelta a Ushuaia y noche de bares

Volvimos al puerto ya con la luz baja y nos acercamos al Penal Ushuaia, pero ya estaba cerrado o no nos apeteció entrar

Después de eso el grupo se animó a salir de fiesta por Ushuaia: bares para cenar, tomar algo. Probamos primero uno de mala reputación en el que según entramo, salimos. Acabamos en otro distinto, mejor. Ahí echamos la noche. Que si trago por aquí, trago por allá, Isla Tírate…

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