Hoy será un día para recordar. Contamos con un cicerone de primera y con él recorreremos la ciudad en esta segunda visita. Con las ventajas que tiene conocerla con alguien que vive aquí. Comeremos bien, beberemos mal, oíremos música en directo y saludaremos al almirantazgo.
Charities y haggis
Quizá lo que más me gusta de estar de viaje o de vacaciones sea desayunar tranquilo, disfrutando del momento y de todo un día de aventuras por delante. Si además va acompañado de unas buenas asaduras de cordero u oveja para qué quiero más.
El haggis es un plato típico escocés. Probablemente no para todos los estómagos. (Lo que es gracioso porque lleva estómago (y pulmón hígado y corazón)
Es un plato que se encuentra frecuentemente en los pubs en Edimburgo (en los de EEUU, no. Está prohibida su importación) que tiene un sabor fuerte, pero muy sabroso y que incluso se encuentra en ecuentra en bolsas de patatas fritas procesados con sabor haggis. Se come también, enn particular en la noche de Burns, 25 de enero, en la que se recuerda al poeta escocés.
El lugar elegido para desayunar fue Troy Café, muy cerquita de casa de Sergio. Poco más de 200 metros lo separan y sin embargo, nos dio tiempo a echar un vistazo por varias charities. Son un emblema en Reino Unido, una forma de reutilizar muebles, ropa u otros al tiempo que se hace un bien por los demás (esa es la idea) que particularmente me encanta. (Lástima que Sergio no se pudiera traer el precioso sofá que compraron para su piso meses antes)
Es pleno Agosto y aún así hace fresco. Ya se ve en las fotos que algunos van con gorro y bufanda 😉 Tras dar buena cuenta del desayuno british y descrubrir, gracias a Sergio, el Sanpellegrino, nos vamos de paseo.
El West End Fair y los datáfonos de bolsillo
Una de las primeras paradas, dentro ya del paseo desde la zona donde vive Sergio hasta el centro, fue un mercado al aire libre en el oeste de la ciudad, el West End Fair, una feria que cada agosto monta en torno a Charlotte Square con artesanos, libreros y puestos de comida coincidiendo con el bullicio del Festival.
Compramos un par de cosas, algo para Nagore, creo, y me llamó la atención que la vendedora cobró deslizando la tarjeta por un datáfono diminuto inalámbrico de Stripe conectado a su móvil. Era 2015, los lectores móviles tipo Square, iZettle o Stripe empezaban a generalizarse entre los autónomos europeos, y para mí era la primera vez que veía un cobro así.
El Festival de Edimburgo es, en realidad, una red de festivales superpuestos que convierten la ciudad en una de las capitales culturales europeas durante todo el mes de agosto: el Edinburgh International Festival de música y artes escénicas (desde 1947), el Edinburgh Festival Fringe de teatro alternativo (el mayor festival de artes escénicas del mundo, con más de 3.000 espectáculos), el Edinburgh International Book Festival, el Edinburgh Art Festival y el Royal Edinburgh Military Tattoo, todos en simultáneo. Toda la ciudad se llena de carteles, gente repartiendo flyers, escenarios improvisados en cualquier esquina y un volumen de público que duplica la población habitual de la ciudad durante esas semanas.
Después estuvimos tomando algo en una esquina del centro que no consigo localizar con seguridad, con el fresco de los agostos escoceses bien plantado en la cara, agosto en Edimburgo anda entre los 12 y los 19 grados, el viento del Mar del Norte no perdona.
Victoria Street y los videojuegos a una libra
Subimos después a Victoria Street, la calle curva con fachadas de colores que conecta el Grassmarket con la Royal Mile y que es uno de los lugares por los que se rumorea que J. K. Rowling se inspiró para imaginar el callejón Diagon de Harry Potter —rumor que la propia autora ha matizado con los años, pero que sigue siendo motor turístico de la cuesta—.
Victoria Street es del primer tercio del siglo XIX —obra del trazado urbanístico de Thomas Hamilton en torno a 1827-1834— y se construyó precisamente para resolver el desnivel brutal entre el casco antiguo en la colina y el barrio del Grassmarket en la hondonada. Las fachadas pintadas de colores son posteriores: una capa de identidad visual que el ayuntamiento empezó a permitir con la rehabilitación turística del centro y que ha terminado siendo postal canónica de la ciudad. Justo encima, en el cruce con George IV Bridge, está Greyfriars Kirkyard, el cementerio cuyas lápidas —Thomas Riddell, William McGonagall, Elizabeth Moodie— J. K. Rowling sí ha reconocido como fuente directa de los nombres de varios personajes de Harry Potter, en su época en que escribía en cafés del barrio.
En una de las tiendas de la zona, especializada en videojuegos y cultura del videojuego, encontramos juegos de PlayStation 2 a precios muy bajos —del orden de una libra cada uno—. Yo en aquella época todavía no estaba especialmente metido en el medio, pero acabamos saliendo con varios títulos: Simpsons y Buffy. Además jugamos a una Master Systema 1, por primera vez.
Castello, Deacon Brodie’s y la Old Town
Tomamos algo en Castello Coffee, una de las pequeñas cafeterías independientes que han ido proliferando en el centro y que es de las que ponen el listón del café en la ciudad por encima de la media británica. De ahí salimos a seguir paseando por la Old Town: pasamos por delante del Deacon Brodie’s Tavern —el pub histórico de la Royal Mile que lleva el nombre de William Brodie, ebanista respetado de día y ladrón de noche en el Edimburgo del XVIII, cuya doble vida inspiró a Robert Louis Stevenson el Dr. Jekyll y Mr. Hyde—. Me hizo gracia ver una gaviota, no tan cerca del mar —los Larus argentatus son tan presencia urbana en Edimburgo como las palomas en Madrid—. La animación en las calles era enorme, propia del agosto del Festival.
Bocadillos con música en directo y el Museo Nacional de Escocia
A mediodía paramos a comer en un sitio que nos recomendó Sergio, con música en directo, donde nos pedimos unos bocadillos brasileños, creo, que tenían muy buena pinta. Ahí también compramos algunos discos que terminaron en casa y siguen en la estantería.
Después de comer entramos al Museo Nacional de Escocia —que en su volumetría exterior se confunde fácilmente con una iglesia, pero no lo es—. Es uno de los museos generalistas más completos de Reino Unido: dinosaurios, esqueletos, taxidermia, animales naturalizados, salas de historia natural, ciencia, tecnología y arte aplicado. La Grand Gallery central es uno de esos espacios victorianos en hierro y cristal que dan ganas de quedarse a leer una tarde entera, y desde sus balcones superiores se ven vistas hacia el centro preciosas. En la tienda del museo nos llevamos una cajita de tarjetas de constelaciones.
El National Museum of Scotland es la fusión, en 2006, del antiguo Royal Museum (1861, edificio victoriano de hierro y cristal del arquitecto Francis Fowke) con el Museum of Scotland (1998, edificio contemporáneo de piedra arenisca de Benson + Forsyth). Reúne más de 20.000 objetos en exposición, desde la oveja Dolly —el primer mamífero clonado a partir de una célula somática adulta, nacida en 1996 en el cercano Roslin Institute— hasta esqueletos de dinosaurios completos, máquinas de Watt, instrumentos de navegación y la Lewis Chessmen, las célebres figuras de ajedrez vikingas talladas en marfil de morsa del siglo XII halladas en la isla de Lewis. La entrada es gratuita, como en casi todos los grandes museos del Reino Unido.
Greyfriars Bobby
De allí Sergio nos llevó a un sitio cercano que para él era parada obligatoria: Greyfriars Bobby. Bobby fue un Skye terrier que, según la tradición, vigiló durante 14 años la tumba de su dueño John Gray —un sereno de la policía de Edimburgo enterrado en el cementerio de Greyfriars en 1858— hasta que el propio perro murió en 1872 y fue enterrado a la entrada del mismo cementerio. La estatua de bronce de Bobby sobre una fuentecita en el cruce de Candlemaker Row con George IV Bridge es una de las imágenes más fotografiadas de la ciudad. Hay una placa, y la gente sigue tocándole el hocico para la suerte —tanto que el ayuntamiento acabó pidiendo que dejen de hacerlo, porque el bronce se desgasta—.
Las postales escocesas en la Dean Gallery
Más tarde, ya por la zona oeste, entramos a la Dean Gallery —la Modern Two de la Scottish National Gallery of Modern Art—. En la tienda compramos las postales de Star Wars con los personajes hablando escocés que siguen colgando en la cocina de casa. Una de las postales – no de las que compramos – era del Forth Bridge, el icónico puente ferroviario rojo cantilever sobre el estuario del Forth (1890, Patrimonio de la Humanidad desde 2015) que descubriríamos en persona los días siguientes. El Forth Bridge aparece en escenas memorables de Los treinta y nueve escalones, la película de Alfred Hitchcock de 1935 sobre la novela de John Buchan, y en otras producciones británicas posteriores.
También en algún momento del paseo —no recuerdo en qué tienda exactamente— compramos una bolsa de tela de Edimburgo que aún conservamos.
Cena mexicana y al festival
Para cenar fuimos temprano a un mexicano que también nos recomendó Sergio, donde se nos unió Fabián. Cuando uno llega a una ciudad con alguien que vive allí y conoce los sitios, es una maravilla. La cena fue fantástica.
Ellos se fueron luego para casa y Nagore y yo, enfilamos al motivo original y principal del viaje: el Royal Edinburgh Military Tattoo. Es un festival militar de desfiles y bandas que se celebra cada agosto en la explanada del Castillo de Edimburgo desde 1950 con un público de unas 8.800 personas por noche durante tres semanas. La fórmula es relativamente fija: bandas de gaitas y tambores escocesas y militares británicas, más invitados de unidades de ceremonia de otros países —cada año cambian: pueden ser cuerpos de marina de Estados Unidos, regimientos de Singapur, bandas de África Subsahariana, ejércitos de Comunidades del Pacífico— que ejecutan formaciones, marchas y números coreográficos sobre el explanada con el castillo iluminado al fondo.
Yo había oído hablar del Tattoo por mi amigo Andrés, que era de los que ya lo había visto y me había dicho que tenía que ir, así que el Tattoo era el motivo del viaje. Las entradas las habíamos sacado con bastante antelación porque se agotan. Lo bonito de comprar entradas en aquel 2015 es que todavía las mandaban por correo postal a casa, en un pack muy bonito con su sobre de cartón duro, su programa, sus mapas. Hoy, imagino que será PDF al móvil y se acabó la épica 🙂
La palabra Tattoo en este contexto no tiene nada que ver con tatuajes: viene del neerlandés doe den tap toe («cierra el grifo»), una orden que los oficiales británicos en los Países Bajos del siglo XVII daban a los taberneros para que cerraran las cervecerías y los soldados volvieran a los cuarteles. Con el tiempo, la formación de gaiteros y tambores que recorría las calles tocando esa orden se convirtió en una ceremonia militar nocturna. El Royal Edinburgh Military Tattoo es la versión más espectacular y vista del mundo —se retransmite en TV en más de 30 países y atrae a 220.000 espectadores cada agosto—.
El Lone Piper
Al final del evento —que dura cerca de dos horas— llega el momento que se le queda a cualquiera que haya estado: el Lone Piper, un único gaitero solitario que aparece iluminado en lo alto de las almenas del castillo tocando un lamento (clásicamente un pibroch tradicional). Es una imagen icónica del Tattoo desde 1950: silencio en la explanada, foco sobre la silueta, sonido de la gaita rebotando sobre la piedra del castillo. Yo lo había escuchado describir y quería verlo en directo. Estuvo a la altura.









































































































































































































































































