Hoy será un día para la historia de mis viajes. Hoy visitaremos Petra con el clásico recorrido por el Siq (Yo no lo sabía cuando llegué) que termina en Al-Khazneh (el Tesoro), exploración completa del recinto y, para cerrar, la sesión nocturna Petra by Night, con el Tesoro iluminado por 1.500 velas. Un día épico.
Petra —en árabe Al-Batra, «la piedra»— fue la capital del Reino Nabateo, una civilización árabe-aramea que entre los siglos IV a.C. y II d.C. controló las rutas caravaneras del incienso y la mirra entre Arabia, Egipto, Siria y el Mediterráneo. Su posición estratégica en una hondonada al borde del desierto de Wadi Araba, accesible solo por gargantas estrechas como el Siq, la convirtió en una fortaleza natural inexpugnable. Los nabateos desarrollaron aquí una arquitectura única: fachadas talladas directamente en las paredes de arenisca rosa de los acantilados, mezclando influencias helenísticas, egipcias, asirias y nabateas autóctonas, con un sistema hidráulico tan sofisticado —canales, cisternas, presas— que abastecía a una ciudad de hasta 30.000 habitantes en pleno desierto.
Roma anexionó Petra en 106 d.C. incorporándola a la provincia Arabia Petraea; un terremoto en 363 d.C. y la apertura de nuevas rutas comerciales marítimas iniciaron su declive. La ciudad quedó perdida para Occidente durante mil años —solo conocida por los beduinos locales— hasta que el explorador suizo Johann Ludwig Burckhardt la «redescubrió» en 1812 disfrazado de árabe. Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO desde 1985 y una de las Siete Nuevas Maravillas del Mundo (votación de 2007), recibe casi un millón de visitantes al año. El recinto arqueológico cubre unos 264 km² y se necesitan al menos dos días para verlo con calma.
Amanecer en Wadi Rum
Nos despertamos temprano en el campamento beduino —las jaimas oscuras encajadas al pie del cañón, todo el campamento aún en silencio—. Salimos a las afueras del campamento a ver el amanecer sobre el desierto rojo: el sol despuntando entre los jebels (macizos) de arenisca, el cielo pasando de rosa pastel a naranja saturado, las dunas teñidas en degradado y las sombras alargadísimas en la arena. Una de las imágenes mentales más nítidas del viaje entero. Caminamos un rato por las rocas, hicimos algún selfie con el paisaje desértico al fondo y volvimos al campamento a desayunar antes de cargar las maletas a la pickup beduina. (El responsable nos dijo que ya «había resuelto» lo del timo del día anterior. (Sea lo que fuera que eso significase)
Traslado a Petra y entrada por el Siq
Serían sobre las nueve de la mañana cuando arrancamos rumbo al norte. Wadi Rum → Wadi Musa son unos 130 km por la Desert Highway 15, casi dos horas de desierto plano con macizos puntuales —parada técnica en una gasolinera donde compré algunos imanes y un botecito de arena y entrada por la sierra a Wadi Musa, el pueblo-base de Petra—.
Llegamos al Visitor Centre de Petra, cogimos las entradas sin absolutamente nada de cola y enfilamos a pie por la primera parte del recorrido: el Bab as-Siq («Puerta del Siq»), un camino ancho de 800 metros bordeado de tumbas talladas en la roca —los Bloques de los Djinn (tres bloques cúbicos misteriosos), la Tumba del Obelisco (con los cuatro obeliscos sobre la cámara funeraria), el Triclinium del Bab as-Siq (banquetes funerarios)— hasta llegar al inicio del Siq propiamente dicho.
El Siq es la garganta natural que da acceso a Petra: 1,2 km de pasillo entre paredes verticales de arenisca rosa que en algunos puntos solo dejan 3 metros de anchura con paredes que se elevan hasta 80 metros. Caminamos por su interior maravillados con las paredes onduladas, las marcas de los antiguos canales hidráulicos labrados a media altura por los nabateos, los puntos donde la luz cenital se cuela en haces y los relieves esculpidos que aparecen en las paredes: caravanas de camellos, dioses nabateos, inscripciones.
Al-Khazneh: el Tesoro al final del Siq
Y entonces, al final del Siq, llega el momento que justifica todo el viaje. La garganta gira por última vez y, entre las dos últimas paredes, aparece Al-Khazneh —»el Tesoro»—, la fachada nabatea de 40 metros de alto y 25 de ancho tallada directamente en la pared del acantilado opuesto. Helenística en su composición pero con detalles nabateos por todas partes, la fachada combina columnas corintias, frontones, urnas, tholos, esculturas de las Amazonas, los Dioscuros, las Victorias, Isis… toda una iconografía mestiza del cruce de imperios que era la Petra del cambio de era.
El sitio se llamaba «Tesoro» por una leyenda beduina: pensaban que la urna del frontón superior contenía el tesoro del faraón, y por eso lleva siglos picada de balazos —los proyectiles beduinos intentaban abrirla; al detallarlo de cerca todavía se ven los impactos—. En realidad la urna es de piedra maciza. La función real del edificio sigue debatiéndose: tumba real del rey Aretas IV (siglo I d.C., explicación más aceptada), templo o ambas cosas. Sea lo que sea, hoy es una de las fachadas más fotografiadas del planeta —y aparece, evidentemente en Indiana Jones y la Última Cruzada como entrada al templo del Santo Grial—. (La primera película que recuerdo ver en el cine, y la única con mi abuelo Santiago)
Outer Siq, Calle de las Fachadas y subida al Alto Lugar de Sacrificio
Pasado el Tesoro, el camino se ensancha, hacia la izquierda, en el Outer Siq: una avenida procesional con la Calle de las Fachadas a la derecha —decenas de tumbas reales menores talladas en línea, fachadas con escalonados nabateos—. Antes de seguir hacia el centro de la ciudad nabatea, decidimos hacer la subida al Alto Lugar de Sacrificio —800 escalones tallados en la roca hasta lo alto del Jebel Madbah, una plataforma plana con altares dedicados al dios Dushares donde se realizaban sacrificios ceremoniales—. Desde arriba, vista panorámica espectacular sobre el conjunto: el Tesoro asomando entre las paredes, las tumbas reales al norte, los wadis y el desierto extendiéndose hasta el horizonte. La bajada por el otro lado pasa por tumbas del Sur y el León fontanal.
Teatro, Tumbas Reales y Calle de las Columnas
De vuelta en el Outer Siq llegamos al Teatro Romano —de origen nabateo (probable Aretas IV, siglo I d.C.) y ampliado por Roma tras la anexión del 106 d.C.—, con capacidad para 8.500 espectadores tallado en la pared del Jebel al-Khubtha, parte excavada en roca, parte construida. El sitio es impresionante por la combinación de mole rocosa y precisión arquitectónica.
Al norte se levantan las cuatro grandes Tumbas Reales: la Tumba de la Urna (siglo I d.C., con su explanada porticada y la urna que la corona), la Tumba de Seda (vetas de color en la roca como un tejido), la Tumba Corintia y la Tumba del Palacio (la más grande, con tres pisos y aire palaciego). Las recorrimos a pie subiendo y bajando por la pared del acantilado y descansamos un rato en el cardo con vista a la ciudad nabatea entera. Recuerdo que paramos a tomar algo y que te podías conectar a un wifi público, solo después me di cuenta que era el responsable del «chiringuito» compartiendo sus datos móviles.
Después seguimos por la Calle de las Columnas (Cardo Maximus) —el eje principal del centro de Petra, romano tras el 106 d.C., con sus columnas restauradas a un lado y otro, las ruinas del mercado y las grandes terrazas del Gran Templo—.
Qasr al-Bint, museo y vuelta
Al final de la Calle de las Columnas se encuentra Qasr al-Bint Faraun —»Castillo de la hija del Faraón», el nombre beduino del que probablemente fue el templo principal de Petra dedicado a Dushares, el dios nabateo, construido en torno al 30 a.C.—. Es uno de los pocos edificios de Petra no tallado en la roca sino construido en sillería; conserva muros de hasta 23 metros de altura.
Pasamos por el pequeño museo arqueológico de Petra con piezas nabateas, paseamos por la zona alta de las Tumbas del Soldado Romano, vimos los caballos y dromedarios nos apuntamos a una ruta en dromedario. Al igual que años antes a caballo en los Andes en Perú o un año después en el desierto del Tar… de esos momentos que recuerdo como «qué aventuras»
Petra by Night es una sesión nocturna especial que se celebra tres veces por semana en el recinto arqueológico: lunes, miércoles y jueves a las 20:30. El recorrido empieza en el Visitor Centre y atraviesa el Bab as-Siq y el Siq completo —1,2 km de garganta— alumbrado solo por 1.500 farolillos de papel con velas colocados en el suelo a ambos lados del camino. La caminata, en silencio (obligatorio según las normas), termina con la llegada al Tesoro iluminado en su explanada llena de velas. Allí, los visitantes se sientan en alfombras frente a la fachada y un beduino local toca el rababa (instrumento de cuerda tradicional árabe) y la flauta de pastor, mientras se sirve té dulce con menta o salvia. Después un narrador cuenta una historia sobre Petra en árabe e inglés, y se cierra la sesión con todos contemplando el Tesoro a la luz tenue antes de la vuelta por el Siq.
La sesión la organiza el Petra Visitor Centre desde 1991, con entrada aparte de la diurna (en 2015 costaba 17 dinares jordanos, unos 21 euros). Es una de las experiencias turísticas más comentadas del país y, también, una de las más criticadas por la masificación —en temporada alta llegan a venderse más de 1.000 entradas para una sola sesión, lo que rompe el efecto íntimo previsto—. En febrero, sin embargo, suele ser temporada baja y la asistencia es mucho menor. El recorrido tarda unas dos horas en total ida y vuelta.
Petra by Night: 1.500 velas y el Tesoro a oscuras
No recuerdo que hicimos tras el paseo en dromedario, pero sé que fuimos a descansar al hotel, quizá simplemente siesta, duña y cena. Después volvimos al Visitor Centre para la sesión de Petra by Night. La experiencia es muy distinta de la diurna: el Siq, que ya impresiona de día, se vuelve sobrenatural a oscuras. Solo los farolillos de papel con velas a ambos lados del camino marcan el sendero, las paredes laterales se intuyen más que se ven, el silencio es obligatorio y la única banda sonora es el roce de los pies sobre la grava y, de vez en cuando, un soplo de aire frío del desierto.
Y al final del Siq, en lugar del Tesoro de día con su color rosa-naranja, llegas a una plaza tenuamente iluminada con cientos de velas en el suelo y la fachada del Tesoro completamente oscura, recortándose solo por su silueta gigante contra el cielo nocturno. Nos sentamos en alfombras junto a otros visitantes, el beduino tocó el rababa y la flauta —música árabe de pastor, mínima y melancólica—, sirvieron té de menta, alguien contó una breve historia sobre Petra en árabe y luego en inglés, y la sesión terminó dándole un foco al Tesoro durante un par de minutos para que la fachada apareciera de golpe iluminada antes de regresar.
La vuelta por el Siq, otra vez en silencio, con las velas marcando el camino y el cielo estrellado de Wadi Musa arriba. Difícil no quedarse callados todo el trayecto. Probablemente la noche más bonita del viaje.




































































































































































































































































