Último día en San Francisco de este viaje del MBA. La actividad pendiente que quedaba, desde que ví la película La Roca de 1996 era Alcatraz. En ese momento, no lo sabía, pero volvería con Nagore dos años después.
La isla de Alcatraz —del español «alcatraces», los pelícanos pardos que la usaban como pernoctadero cuando los marinos españoles la nombraron en 1775— está a 2,4 km del Fisherman’s Wharf, en plena bahía de San Francisco. Sirvió como fortaleza militar a partir de 1850, prisión militar desde 1859 y, sobre todo, como penitenciaría federal de máxima seguridad entre 1934 y 1963. Albergó a Al Capone, Machine Gun Kelly y Robert Stroud (el Birdman), entre otros 1.576 presos a lo largo de sus 29 años. Nunca se confirmó ninguna fuga exitosa pese a 14 intentos documentados —el más famoso, el de Frank Morris y los hermanos Anglin en junio de 1962, que inspiró la película Escape from Alcatraz (1979) con Clint Eastwood y se mantiene como caso abierto—. Cerró por costes de mantenimiento; hoy es National Park y recibe 1,5 millones de visitantes al año. El acceso es por ferry desde el Pier 33, con entradas que conviene sacar con días de antelación porque se agotan.
Destino «La Roca»
Tras hacer las maletas, llamada a Nagore y desayunar, tocaba desayunar y poner rumbo al Pier 33 a coger el ferry hacia la isla. Estuvimos visitando la penitenciaría por dentro con el audio-guía oficial —el recorrido es el clásico: pasillos de celdas, cocina, biblioteca, patio, recordatorio de los fugitivos célebres, panel sobre el cierre de la prisión y la ocupación indígena de 1969-71 que vino después.
Estuvimos visitando la penitenciaría por dentro con el audio-guía oficial —el recorrido es el clásico: pasillos de celdas, cocina, biblioteca, patio, recordatorio de los fugitivos célebres, panel sobre el cierre de la prisión y la ocupación indígena de 1969-71 que vino después—. La sensación fue muy interesante; tenía como referencia previa la cárcel de Kilmainham en Dublín, que había visitado hacía años, así que iba con el listón de comparación puesto. Cárcel-museo es un género en sí mismo.
La sensación fue muy interesante; tenía como referencia previa la cárcel de Kilmainham en Dublín, que había visitado hacía años. Cárcel-museo es un género en sí mismo. Tras aprender y conocer la cárcel, tocaba comer. Una pizzería tras desembarcar de nuevo en el Pier, fue la elegida.
Lombard Street y compras
De ahí enfilamos hasta la calle de las ocho curvas con setos y árboles en pendiente —Lombard Street—. Hicimos fotos desde la parte alta y abajo Después fuimos ya hacer algunas compras de cierre: una cantimplora de Alcatraz y algunas postales. Después vuelta al hotel.
La Lombard Street, en el barrio de Russian Hill, se promociona como «the most crooked street in the world»: ocho curvas pronunciadas en una pendiente del 27% remodelada en 1922 precisamente para domesticar la cuesta y permitir bajarla en coche. En realidad no es la calle más sinuosa del mundo —ni siquiera de San Francisco, donde ese título lo tiene Vermont Street en Potrero Hill— pero la combinación de pendiente, las ocho horquillas en un tramo de apenas 180 metros, los setos de hortensias y las casas victorianas a los lados, además de la postal del downtown abriéndose al fondo desde lo alto, la han convertido en parada obligada de cualquier visita a la ciudad. Hay tres rutas estándar para abordarla: bajarla en coche (siempre hay cola), bajarla a pie por las escaleras laterales o, simplemente, fotografiarla desde la parte alta o desde abajo.
Hasta la próxima
Vuelta al hotel, recogida de equipaje y despedida. Rumbo al aeropuerto. Mi vuelo salía a las 5:55, así que busque un buen sitio donde dormir. Lo encontré en unos sillones

















































































































































































































