Hammamet y Nabeul. Jazmín, cerámica y cachimbas

Era mi primera vez fuera de Europa. Tras un viaje en autobús hasta Barcelona y bajo un gran diluvio y al grito de “Bien por Will” – que fue uno de los himnos del viaje – abordamos el avión de Nouvelair que nos llevaría al aeropuerto de Monastir. Recuerdo la emoción del aterrizaje, la noche fresca y pensar literalmente en el olor de un continente. Desde el aeropuerto tomamos un autobús ya directo hasta Yasmine Hammamet donde llegamos al que sería nuestro cuartel general durante la primera mitad del viaje: el hotel Marco Polo, un hotel de corte completamente occidental. Era el 31 de marzo de 2014

Hammamet – La ciudad del jazmín

El primer día – lluvioso – lo dedicamos a conocer esta ciudad de origen romano de algo más de 60.000 habitantes. Recuerdo – creo que fue ese primer día – sentirme completamente feliz en el trayecto en taxi desde Yasmine Hammamet, al oeste de la ciudad, donde se encontraba nuestro hotel hasta la medina oyendo en el viejo radiocassete del coche a Haddaway a toda pastilla, reflexionando sobre la vida:

What is love?
Baby don’t hurt me… Don’t hurt me…
No more

La de Hammamet, fue la primera medina  – parte antigua de una ciudad árabe – que visité en mi vida. También el primer barrio de construcción árabe. Por tanto una de las cosas que más me sorprendió fue el alboroto y las estrellas calles. Recuerdo estar impresionado. Con todo. De la forma de conducción tan distinta a la española. Muy “a lo loco”, pero con una precaución enorme en los cruces cediéndose el paso todos a todos bajo un constante sonido de bocinas.

medina_hammamet2.png

Ya en los primeros minutos, tras cruzar la puerta de entrada al zoco y enfilar a la derecha descubrimos otra de las costumbres que vivimos continuamente – como no – en esa semana el regateo, un tema completamente nuevo para mí y que no terminó de encajarme. Fue mi primera compra en el país, una pulsera – probablemente la primera que me compré en mi vida 😉

Seguimos paseando y recorriendo calles y tiendas hasta la hora de comer. Fatma, un restaurante cercano fue el elegido, creo recordar que tras no gustarnos Resto Vert.

Ya por la tarde, nos encaminamos hacia la muralla. Tengo también un precioso recuerdo de la tetería en la que pasamos la tarde, probando por primera vez una cachimba con tabaco de manzana y disfrutando de la brisa hasta el atardecer. Tras ello, volvimos ya al hotel para cenar y comenzar la fiesta allí. De eso también hay fotos, claro, pero no se publican 😉

Nabeul – La ciudad de origen griego

El día siguiente lo pasamos en el vecino Nabeul.  Viendo las fotos en las que estamos desayunando  ya allí, parece que no madrugamos ;-).

Tras el desayuno nos encaminamos al zoco de esta ciudad hermanada con la cercana Marbella y famosa por su cerámica. Tengo en casa el juego de té que compré por unos 3€. Pensé que debía ser el mejor regateador que había conocido aquel vendedor. (ay!) Aún no lo he estrenado.

El día en la ciudad nueva, “neo polis” en griego, que fue el pueblo que la fundó. Etimológicamente igual que Napoles.  En plan tranquilo. Descubríamos días después que era la ciudad de residencia de Mohammed (Mumú) el conductor de uno de los todoterrenos con los que nos adentraríamos en el Sáhara.

A la hora de comer, dimos con un restaurante con uno de los baños más sucios que había visto en mi vida (Lola dijo que no quería ni imaginarme el de las chicas) y pasar la sobremesa tranquilamente en una tetería.

Jorge, Rut, Jaume y yo nos fuimos después a dar un paseo por la ciudad y recuerdo que fue muy interesante. Coincidimos con una de las llamadas al rezo, pienso que fue la primera vez que oí a un muecín, y acabamos encontrándonos a la hora de la salida con un montón de niños en un colegio. que se mostraron super interesados en nosotros y saludaban sin cesar a la cámara de vídeo de Jaume. Algún adulto se sintió molesto – lo entiendo, la verdad es que fue una casualidad – y fuimos ya volviendo no sin antes encontrarnos en el suelo ahí cerca con un papel que todavía creo que guardo por casa y que algún estudiante más mayor debía haber abandonado. Lo que parecía un equivalente Thevenin de un circuito, en árabe.

Fue así como anocheció y era ya hora de volver al hotel en Hammamet, no sin antes negociar – lo que me seguía pareciendo sorprendente – el precio del trayecto con el taxista.  La moneda en Túnez es el dinar que se divide en milllimes. (Miniyos les llamábamos) La forma que yo tenía de calcular el tipo de cambio no era con su equivalencia en euros si no con algo que todavía tenía mucha presencia en nuestro cerebro. 1 dinar era muy aproximadamente 100 pesetas. 🙂

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