Núremberg en solitario

El 12 de octubre —Día del Pilar, fiesta nacional en España, puente útil para escaparse— teníamos planeado Nagore y yo un fin de semana en Núremberg. Al final a Nagore le tocó trabajar y la sorpresa se convirtió en uno de los pocos viajes que he hecho yo solo. Viajar solo no es algo que me apetezca demasiado —prefiero los viajes con ella— pero esta vez, empujado por los billetes ya comprados, salió un fin de semana muy interesante.

Núremberg (Nürnberg en alemán) tiene dos identidades históricas que se solapan mal: durante seis siglos, entre 1219 y 1806, fue Ciudad Libre Imperial — una de las pocas urbes alemanas que dependía directamente del Sacro Emperador Romano y no de un príncipe local. Aquí se reunía la Dieta del Imperio, aquí se forjaron los lazos comerciales que hicieron a la Liga Hanseática poderosa, aquí nacieron y trabajaron Albrecht Dürer y Hans Sachs. Es probablemente la ciudad alemana donde mejor se conserva —pese a la destrucción del 1945— la huella física de ese mundo medieval-renacentista de gremios, casas con frontón, plazas porticadas y murallas de piedra arenisca.

La otra identidad es del siglo XX, y le pesa: durante el Tercer Reich, Núremberg se convirtió en la «ciudad de las grandes manifestaciones» del NSDAP — los famosos congresos del partido nazi se celebraron aquí entre 1933 y 1938 en un recinto monumental al sur, levantado por Albert Speer — y, como contrapunto, fue también la sede del Tribunal Militar Internacional que entre 1945 y 1946 juzgó a los responsables nazis. Esa simetría —tribuna del nazismo y tribunal contra el nazismo— es lo que la ciudad lleva ochenta años intentando integrar en su relato.

Aterrizaje de noche y pensión cerca del centro

El vuelo de Ryanair salía de Madrid Barajas a las 20:05 y aterrizaba en el Albrecht Dürer Airport de Núremberg a las 22:30 hora local. Aterrizar en un aeropuerto que lleva el nombre de un pintor del Renacimiento es, en sí, una declaración de intenciones de la ciudad: aquí ha pasado mucho, pero lo que se elige recordar es a Dürer.

En el vestíbulo de llegadas había publicidad de un festival de artes digitales y carteles anunciando las elecciones regionales de Baviera del 14 de octubre, dos días después. El Landtag bávaro se renovaba en mi último día de viaje, lo cual añadía a la atmósfera del fin de semana un punto de interés

Cogí el U-Bahn hasta la estación central y luego el regional unas cuantas paradas hasta cerca de mi alojamiento — una pensión en el barrio de Leopoldstraße, al sur del centro. No era hotel ni hostel exactamente: era una casa de varias plantas con habitaciones individuales para alquilar, baño compartido en el rellano.

A dormir pronto. El día siguiente tenía el plan de verdad: descubrir la ciudad sin guía y sin agenda, que es como me gusta acercarme a un sitio nuevo cuando puedo. Ya tendría tiempo el domingo de tour más estructurado.

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