Liseberg cerrado, bodega bajo tierra y el ‘timetable’

Último día en Gotteborg. El plan era relajado: visitar el parque de atracciones que cierra la postal de la ciudad, comer despacio en algún sitio con encanto y volver al aeropuerto al final de la tarde.

Liseberg fuera de temporada

Nuestra primera parada fue Liseberg, el parque de atracciones más grande de Escandinavia y una de las cosas que Gotemburgo saca en todos los folletos. Abierto en 1923, es el equivalente sueco del Tivoli de Copenhague, de hecho, años más tarde, cuando íbamos al Tivoli propiamente dicho, todavía nos acordaríamos de esta mañana. Lo que no sabíamos al ir es que Liseberg cierra en temporada baja: entre finales de octubre y finales de noviembre solo abren fines de semana con el *Halloweenäventyr*, y los lunes están literalmente vallados.

Nos contentamos con pasear por fuera de la entrada principal — el arco de Liseberg con sus torretas verdes y rosas, el cartel luminoso apagado, la cabina de entradas cerrada — y hacernos las fotos típicas de «estuvimos pero no entramos». Nagore posó bajo el arco, ensayando la sonrisa del que hace de visitante por obligación.

Lo que sí recorrimos fue el Liseberg Walk of Fame, las estrellas de bronce incrustadas en la acera que homenajean a artistas que han tocado en el parque. El paseo se inauguró en 1996 y es una especie de Hollywood Boulevard a escala sueca — años después iríamos al de Los Ángeles y nos acordaríamos de aquella mañana fría en Gotemburgo. Nagore pisó la estrella de ABBA casi sin darse cuenta, y nos hicimos fotos con las de Harry Belafonte, que en aquel momento no teníamos tan localizado en nuestra cabeza. Mucho tiempo después comparíamos un disco en Auckland, la de The Rolling Stones y, curiosamente, la de Albert Einstein, que aparece en el paseo porque Liseberg incluye también a personalidades no musicales cuya figura haya inspirado al parque.

Paseo por los jardines y comida en una bodega

Bajamos hacia el centro por el cinturón verde de Kungsparken, el parque que sigue la vieja muralla del foso defensivo (Vallgraven) y que junto con el Trädgårdsföreningen rodea casi todo el casco antiguo. Atravesamos una zona con esculturas en las laderas llenas de hojas — recuerdo un desnudo de bronce sobre la hierba y una tubería de drenaje verde chillón que salía del suelo. A Nagore se la ve sentada en un banco al fondo, yo en el de enfrente; debieron ser dos minutos de descanso.

Gotemburgo la fundó en 1621 el mismo rey Gustav II Adolf cuya estatua nos cruzamos el día anterior, en la desembocadura del Göta älv — el río que es la única salida natural de Suecia al mar del Norte, entre lo que entonces era Dinamarca y Noruega. Se diseñó desde cero como puerto y fortaleza comercial, contratando a ingenieros neerlandeses que importaron el trazado en retícula y los canales defensivos que todavía organizan el centro. Durante siglos fue la ventana atlántica del reino, con una convivencia cosmopolita de suecos, escoceses, holandeses y alemanes que le dio un perfil muy propio.

La segunda vida de la ciudad llega con la revolución industrial. Aquí nacieron y crecieron gigantes como Volvo (en 1927, de la fábrica de rodamientos SKF) y la universidad técnica Chalmers, y el puerto pasó a ser uno de los mayores de Escandinavia. Hoy es la segunda ciudad de Suecia — eterna rival de Estocolmo — con una mezcla rara y acogedora de ambición marinera, diseño sueco de manual y ciudad planificada.

Para comer caímos en lo que parece una especie de bodega subterránea — un sitio con arcos de ladrillo vistos, velas, manteles largos y luz cálida — en una calleja del centro viejo. No recordamos el nombre, pero probablemente en la zona del barrio Inom Vallgraven, cerca de Magasinsgatan o Kyrkogatan, que es donde se concentran este tipo de restaurantes en bóveda. La comida salió rica, aparecemos los dos comiendo, brindando, bebiendo vino blanco, con esas fotos de pareja al inicio de la relación :-).

«Big Book», Inom Vallgraven y noche en el Rica

Al salir, Nagore se quedó con un cartel luminoso en una de las plazas peatonales del centro. Resulta que no era ninguna librería — era BIK BOK, una cadena noruega de moda joven muy presente en la Escandinavia de los 2000. .

De ahí callejeamos un rato más por Kungsgatan y los pasajes peatonales del centro viejo, con las primeras luces de la tarde ya encendidas. Volvimos al Rica Hotel (hoy rebautizado como Scandic, que compró la cadena) por las calles ya mojadas del centro, y aprovechamos la última noche para otra de esas sesiones de fotos caseras muy de 2007 — cámara apoyada en cualquier sitio, temporizador, los dos apretujados para entrar en el encuadre.

Al aeropuerto: «time table»

Tocaba ya ir hacia el aeropuerto, cogimos nuestras cosas del hotel bajamos a la Göteborgs Centralstation a coger el Flygbussarna al aeropuerto de Landvetter. La estación por dentro es bonita, con su bóveda de hierro forjado y madera — 1858 — y me acuerdo perfectamente de estar allí mirando paneles.

Ahí pasó la pequeña historia que Nagore ha contado unas quinientas veces desde entonces. Yo subí al autobús delante y le pregunté al conductor algo así como «*at what time do we arrive to the airport?*», con mi inglés de 2007. El conductor dijo algo y miró directamente a Nagore, que había entendido perfectamente su respuesta.

Y así se cerró nuestro primer viaje juntos fuera de España. Volamos a Madrid esa noche. No recordamos si dormimos en mi casa o en la de Nagore. Al día siguiente volábamos a París 🙂

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