Glaciar Perito Moreno y mi 27 cumpleaños en El Calafate

El 18 de mayo de 2009 fue, además del día más esperado del viaje, mi 27 cumpleaños. Día inolvidable: por fin Glaciar Perito Moreno y cena de cumpleaños en el hostel con toda la gente.

El Glaciar Perito Moreno es uno de los 48 glaciares principales del Campo de Hielo Patagónico Sur y, con diferencia, el más famoso. Recibe el nombre del perito Francisco Pascasio Moreno, geógrafo argentino que defendió los intereses territoriales del país en la disputa de la Patagonia con Chile a finales del XIX. Tiene 30 km de largo desde su origen en los hielos, 5 km de frente sobre el Lago Argentino, y una pared de hielo de 60-70 metros de altura sobre el agua —y otros 170 metros más por debajo, hasta el fondo del lago—. Es uno de los pocos glaciares del mundo que está en equilibrio dinámico, ni avanza ni retrocede netamente: se mantiene estable mientras la mayoría de glaciares andinos pierde masa por el cambio climático.

La peculiaridad espectacular del Perito Moreno es el fenómeno de la ruptura. Cada 2 a 4 años —no hay regularidad fija—, el frente del glaciar avanza tanto que toca la península de Magallanes y forma una presa natural de hielo que separa el Brazo Rico del resto del Lago Argentino, haciendo subir el nivel hasta 30 metros. La presión del agua acaba excavando un túnel a través del hielo, que se ensancha hasta provocar el colapso espectacular del puente —toneladas de hielo cayendo al lago, retransmitidas en directo por todas las cadenas argentinas—. Las últimas rupturas grandes anteriores a nuestra visita fueron en 2004 y 2006, y se repetiría en 2012 y 2016.

Acercándonos al glaciar en barco

El día arrancó con el doble plan: era mi 27 cumpleaños —día especial de por sí— y, encima, tocaba el Perito Moreno, que es uno de esos sitios que justifica el viaje entero a Argentina aunque no hicieras nada más. Supongo que contrataríamos en la recepción del hostel la excursión combinada —autobús ida y vuelta más navegación más entrada al parque— y por la mañana cogimos el bus que sale de El Calafate hasta el Parque Nacional Los Glaciares, declarado Patrimonio de la Humanidad en 1981.

Antes de subir a las pasarelas hicimos el paseo en barco —media hora o una hora supongo— que sale del Puerto Bajo de las Sombras y se acerca al frente sur del glaciar. La cubierta es prácticamente abierta y, cuando el barco se sitúa a unos 200 metros de la pared, se entiende la escala real: 60-70 metros de altura sobre el agua y un frente de cinco kilómetros que parece no acabar nunca. El azul de las grietas más profundas, ese azul imposible que sale de comprimir el hielo durante siglos, se ve perfectamente desde tan cerca. (Que era el color de los ojos de la guía, todos lo recordamos)

Era la primera vez que veía un glaciar y la sensación era maravillosa. Pensaba en la magnitud, en la belleza…

Pasarelas de madera

Después del barco subimos a las pasarelas de madera que recorren la península de Magallanes en tres niveles —balcón superior, balcón central, balcón inferior— y permiten ver el glaciar desde distintas alturas y ángulos. e.

Estuvimos bastante rato caminándolas, paseando despacio, esperando los desprendimientos de hielo —ese momento en el que oyes un crujido lejano y, segundos después, ves caer un bloque del frente—. Era mayo, fuera de temporada, y no había mucha gente: el sitio prácticamente para nosotros, lo que en cualquier otra época del año es impensabl

En un momento de la mañana subí solo a la cafetería del centro de visitantes, en lo alto de las pasarelas, y me quedé un rato con un café y la vista.

Estos estaban abajo haciendo fotos y, justo en el rato en que no estuve, se cruzaron con Natacha Pisarenko —una fotógrafa que estaba haciendo material para Associated Press en el Perito Moreno—. Le hicieron una foto a Santi que luego publicaría en la web de la agencia. La anécdota se contó después en el viaje varias veces — el famoso «justo el rato que tú no estabas» del cumpleaños.

(Por si hay alguna duda, no pegué la pegatina, no me pareció adecuado. Solo la adherí con el agua y la quité)

Vuelta al hostel, llamada de cumpleaños y cena

Tras la maravillosa mañana, tocaba volver al hostel. Por la tarde estuve un rato hablando por teléfono en la zona de habitaciones con mis padres y Nagore, que me llamaron para felicitarme —en aquel momento, llamada internacional con el cargo correspondiente, no era el WhatsApp de hoy—.

Cena de cumpleaños en el hostel

Por la noche el grupo organizó una cena especial en el hostel con toda la gente que estaba alojada — me felicitaron, asado argentino, tarta, ambiente bueno, pecho frío de Del Potro, anfitriones del hostel sumándose. Fue muy, muy bien. De los cumpleaños que se quedan en el archivo personal por el conjunto: glaciar de día, gente nueva de noche, en el lugar correcto.

Ahí también se cruzó la conversación con un chaval que decía que él no se iba todavía a Ushuaia, que iría más adelante porque estaba recorriendo Sudamérica con calma y tenía previsto pasar dos semanas al sur de Ushuaia, en Puerto Williams —la pequeñísima localidad chilena en la Isla Navarino, considerada la población permanente más austral del mundo—. Recuerdo pensar «qué increíble viajar con tanto tiempo» para estar dos semanas en Puerto Williams: para mí, aquellas eran todas nuestras vacaciones de toda la Argentina, y este chico se podía permitir dedicarles dos semanas a un único punto.

Es bonito porque años después, en 2016, Nagore y yo dimos la vuelta al mundo y pasó algo similar al revés: en la isla de Sulawesi (Indonesia) nos cruzamos con una pareja española en luna de miel que tenía dos semanas para Indonesia entera y pasaba un solo día en Sulawesi, mientras nosotros llevábamos meses de viaje y nos quedábamos cinco o seis días allí. Cada uno con su tiempo. La idea de que lo que hoy te parece imposible —dedicar dos semanas a un punto remoto— mañana lo estás tú haciendo al otro es una de las cosas más bonitas que dejan los viajes largos.

Mañana madrugábamos para coger el autobús de casi 24 horas hasta Ushuaia.

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