Hoy iremos a por nuestro tercer día de visita en la ciudad de Florencia. Y cómo no, será un día para el recuerdo. Sobre todo la mañana, viendo a un señor que salió de una piedra. Por delante tenemos a Miguel Ángel y, aunque todavía no lo sabemos, una pequeña odisea nocturna para volver a casa. Tanto Nagore como yo ya habíamos estado en la ciudad — cada uno en su día, hace lo suyo — pero al David no le habíamos puesto cara ninguno de los dos. O espalda, según se mire.
La mañana empezó tranquila en Livorno. Mientras Nagore tendía la colada en casa, yo me acerqué al supermercado a por desayuno y algunas cosas. Se acerca Halloween y las estanterías ya estaban llenas de calabazas, dulces y decoración de temporada. Volvimos a desayunar todos juntos, preparamos a Julen y enfilamos hacia la parada de Magenta para coger el bus. De camino dimos un paseo por Livorno — a estas alturas ya de memoria — y en la tienda de la estación, mientras esperábamos el tren, estuvimos un rato entretenidos viendo cosas de Super Mario en el rincón de juguetes. Café para el camino y al regional rumbo a Firenze Santa Maria Novella. Una vez más, el peque cabe tumbado a lo largo de los asientos del tren. Pequeño lujo parental.
Por fin, cara (y espalda) al David
Salimos de la estación — que ya conocemos bien — y enfilamos hacia el Mercado Central. Por la mañana, el cuadrante exterior se llena de un mercadillo animado, con puestos de imanes, bolsos, cinturones y souvenirs de todo pelaje. No compramos nada; seguimos camino. Desde ahí, directos a la Galleria dell’Accademia, que nos recibe en plena obra: buena parte del edificio está cubierto por un andamiaje con lona. Con la Firenze Card pasamos por taquilla para canjearla por la entrada con hora concreta — una de esas cosas que no te cuentan en ningún folleto pero que conviene saber — y ya dentro no le echamos muchas cuentas al resto de salas. Íbamos a una cosa.
Y fue mejor de lo que esperábamos. Nagore lo resume rápido: «el museo no es muy impresionante, pero el David sí.» Y tiene razón. Llegamos al fondo, cerca del David, pero en vez de quedarnos delante con la marabunta, dimos la vuelta y nos sentamos en el banco de atrás, justo a la altura de su espalda. Esa zona, por alguna razón, estaba prácticamente vacía. Delante se amontona el mundo entero intentando hacerse la foto; detrás, silencio y banco libre. Estuvimos ahí un buen rato, viéndole el culo al David (así, claro), pensando en cómo una sola pieza de mármol puede parar en seco un museo. Mola pensar en el tío que le dio el primer martillazo. Julen, mientras, dormido como un bendito. Fue, de largo, uno de los ratos más guay del viaje.
Yellow: comer bien con un bebé al lado
Salimos de la Accademia y volvimos sobre nuestros pasos hacia la piazza del duomo. El estómago empezaba a avisar. Le dimos un biberón a Julen y nos pusimos a buscar sitio. La pregunta de estos días, invariable: «¿tenéis un banco o un sofá donde podamos tumbar al peque?». Hasta que dimos con uno que se llama Yellow, donde nos contestaron sin pestañear: «claro que sí». Nos sentaron en un sofá pegado a la cocina, con Julen tumbado a nuestro lado, y comimos sorprendentemente bien para un sitio elegido por logística. (Aquí añado, para quien nos lee con cariño, que Julen aprovechó el rato tranquilo para hacerse caca de las grandes — un clásico.)
Ponte Vecchio y al otro lado del Arno
Con el estómago lleno, tocaba cruzar al sur del río. Paseo hasta el Ponte Vecchio, el puente que cada uno había cruzado por separado hace sus buenos años, pero nunca juntos. Sigue igual que en el recuerdo: apretado de gente, flanqueado por joyerías colgadas sobre el Arno, con ese aire de decorado que, contra pronóstico, no pierde el encanto. Estuvimos un buen rato mirando escaparates, sin prisa — esta vez éramos nosotros los turistas parados frente a las vitrinas — y, a falta de comprar nada, cruzamos al otro lado rumbo al Palazzo Pitti.
El Pitti y los jardines de Boboli
El Pitti, desde fuera, parece más una fortaleza adusta que una residencia principesca. Pero por dentro — y, sobre todo, por detrás — la cosa cambia mucho. En Inferno de Dan Brown, Langdon hace parte de su carrera por aquí, y un cuadro del museo juega su papel en la trama. Dentro, como en cualquier palacio Medici que se precie, hay de todo: pinturas, tapices, salas enormes. Volvió a llamarme la atención la sala de los mapas — igual que en el Vecchio — y reconozco que a estas alturas del viaje ya las estaba fichando como «mis salas favoritas».
Pero lo mejor del Pitti no está dentro: están los jardines de Boboli. Habíamos estado al inicio. Y subir. Y subir. No exagero: un montón de escaleras. En un par de descansillos nos sentamos un rato largo para recuperar el aliento con el peque en brazos. Pero ahí arriba, con Florencia entera abajo y la cúpula de Brunelleschi asomando como un sello en el centro, la subida cobró sentido. Ya empezaba a caer el sol y todo tenía ese tono naranja que Toscana regala sin pedirlo. Estuvimos haciendo fotos un buen rato; me acuerdo del silencio, del cansancio bueno y de pensar que este parque, solo, ya justificaba el día.
El Palazzo Pitti, en la margen sur del Arno, fue encargado en 1458 por el banquero Luca Pitti con la intención explícita de rivalizar en tamaño e influencia con los Medici, entonces la familia más poderosa de Florencia. La fachada maciza y austera responde tanto al espíritu defensivo de la época como a esa ambición. La ironía es sabrosa: casi un siglo después, en 1549, fueron los propios Medici quienes compraron el palacio. Eleonora de Toledo, esposa de Cosme I, lo adquirió para convertirlo en la nueva residencia principal de la familia, y los Medici lo ampliaron y añadieron detrás los jardines de Boboli, uno de los ejemplos más importantes de jardín renacentista italiano.
Un detalle poco conocido es el Corridoio Vasariano, el pasadizo elevado que Giorgio Vasari construyó en 1565 por orden de Cosme I para conectar el Pitti con el Palazzo Vecchio sin tener que pisar la calle. El corredor atraviesa el Ponte Vecchio por encima y, para que la travesía no oliera a carnicería, los Medici expulsaron a los carniceros del puente y los sustituyeron por joyeros. De ahí que, medio milenio después, el Ponte Vecchio siga siendo el puente de los joyeros.
La odisea del tren
Y aquí llegó la parte que no estaba en el guion. Salimos de Boboli ya de noche, con el plan clásico: cruzar hacia Santa Maria Novella, tren a Livorno, bus a casa, cena, cama. Llegamos a la estación con tiempo de sobra. El tren se retrasó. Y se retrasó. Y se retrasó otra vez. Después de cambiar de andén un par de veces, al final salió un tren que llegaba hasta Pisa, y a Pisa nos fuimos pensando en enlazar con el siguiente a Livorno. Pero cuando llegamos, el último había salido y ya no había nada más esa noche. Puntuación del día: diez al David; cero a Trenitalia.
La solución apareció en forma de un padre y su hijo que también se habían quedado colgados en Pisa y que iban al puerto de Livorno. Compartimos taxi con ellos. Fue, por cierto, la primera vez que Julen iba en coche con el cinturón puesto sin silla ni sistema de retención. No nos encantó la situación pero entre esperar a saber qué en Pisa con un bebé y resolver, elegimos resolver. Dejamos a nuestros compañeros de aventura improvisada en el puerto y, por fin, pusimos rumbo a nuestra casita livornesa. Cenar, acostar al peque y caer redondos.




































































































































