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Entre el crómlech y la aguja

Stonehenge, el crómlech y la vuelta en autobús

Hoy será un gran día. Visitaremos por fin Stonehenge, otro de esos lugares que siempre han estado en la lista de pendientes. Pero el día comenzó regular. Me desperté tempranillo pero seguía sin encontrarme bien. Desayunamos pero me volví a meter en la cama. Teníamos entrada para Stonehenge a las once y no estaba claro que fuéramos a ir. Pero, no sé muy bien cómo, me desperté sobre las 10:00, justo a tiempo para poder llegar a tiempo.

Bradford on Avon → Stonehenge → Salisbury → Bradford on Avon

Así que nos pusimos en marcha, rumbo al pasado. Sin salir de Bradford, un coche rojo se puso detrás de nuestro y lo llevamos detrás todo el trayecto, hasta el parking 🙂  Fue un viaje agradable. Es una zona en la que hay muchos terrenos del ejercito británico y más de una vimos una seña del «Peligro: tanques»

Stonehenge es un monumento megalítico neolítico construido en varias fases entre el 3000 y el 1500 a. C., sobre la llanura de Salisbury en Wiltshire. El círculo exterior, de sarsen, procede de canteras de Marlborough a 30 kilómetros, mientras que las piedras azules más pequeñas, las bluestones, llegaron desde los montes Preseli, al oeste de Gales, a más de 250 kilómetros, por medios que todavía se discuten.

La alineación del eje principal con el amanecer del solsticio de verano y el ocaso del de invierno sugiere una función ritual y calendárica, probablemente ligada a los ciclos agrícolas y a cultos funerarios: alrededor del círculo hay centenares de túmulos, los Aubrey Holes y restos de cremaciones.

Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO desde 1986, gestionado por English Heritage. Hoy el visitante lo rodea por un sendero perimetral con audioguía, sin pisar el interior salvo en el solsticio, cuando el acceso al círculo se abre durante unas horas al amanecer.

Praderas y perdices

Yo salí corriendo al baño nada más aparcar 🙂 Nagore recogió a Julen, dormido en el coche y recolocado en el carro sin enterarse, y nos plantamos en el pabellón de admisiones. Allí nos atendió un señor con los ojos muy azules, posiblemente maquillados, que nos sacó de la cola y nos metió en un stand lateral para hacernos patrons de English Heritage. Nosotros solo compramos la entrada a una amable señora.

Como nos pasó en el Mont Saint-Michel hace nada, decidimos ir a pie hasta el crómlech en vez de coger el shuttle Go Heritage. Son dos kilómetros entre praderas y las caminamos tan a gusto, hablando de nuestras cosas con Julen tapadito en el carro. Vimos un cuervo picoteando el prado detrás de la valla, una perdiz corriendo por la hierba y un rebaño de ovejas pastando en lo alto de la loma. El sendero se mete bajo un túnel de árboles amarilleando antes de salir a la pradera abierta, con el aviso de English Heritage de que la zona está grabada con cámaras corporales. La silueta del monumento aparece primero como una mancha gris al fondo, cada vez más clara.

El menhir, los túmulos y la vuelta en autobús

Al llegar pusimos la audioguía y fuimos dando la vuelta entera por el camino perimetral, que no deja acceder al recinto pero sí acercarse lo bastante como para ver bien los menhires, sobre todo a la vuelta. Vimos de cerca el Heel Stone, el menhir aislado que marca el eje de los solsticios, los trilithons del herradura central, los Aubrey Holes señalizados con discos metálicos incrustados en la gravilla y los barrows, los túmulos funerarios que ondulan el horizonte como lomos suaves.

No había demasiada gente, aunque sí un grupo escolar en fila con chalecos amarillos de alta visibilidad cruzándose con nosotros. Nagore se puso con los brazos en alto para imitar el cartel del Photo challenge junto al Heel Stone y a los dos minutos Julen se despertó un rato, miró todo con cara de felicidad y le hicimos la foto reglamentaria con el túmulo detrás.

Cuando empezó a entrarnos frío, cada vez que una nube tapaba el sol, volvimos en el shuttle bus de English Heritage, un trayecto de dos minutos. Pasamos por la tienda de regalos y cayeron una cajita de mentas y una moneda conmemorativa. Y a comer. En la cafetería acristalada solo quedaba sopa de tomate caliente, así que nos pedimos dos vasos de sopa y un menú infantil para Julen, Simply Lunch 1979, servido en una caja temática Neo-lithic lunchbox. Se comió el jamón york y las patatas sentado encima mío, formal como pocas veces, y una bolsa de patatas con poca sal.

Chozas, exposición y los pioneros de la aviación

Salimos después del restaurante y pasamos al lado del centro de visitantes, donde hay una recreación de las casas donde vivirían los constructores del monumento. Muros encalados pintados con triángulos y rombos rojos y marrones, techos cónicos de paja, camas bajas de palos atados con cuerda, hogares circulares hundidos en el suelo. Julen se cayó por primera vez  en el día justo entrando en una de ellas, se quejó un segundo y se puso luego a correr por la hierba como un pequeño cromañón, mientras Nagore cotilleaba las puertas cerradas. En una de las chozas había un vigilante con polo granate custodiando la exposición. Un panel explicaba que el nuevo Kusuma Neolithic Hall, basado en una estructura hallada cerca de Woodhenge, lo levantaron en tres meses un centenar de voluntarios con herramientas de la Edad de Piedra, financiado por el Kusuma Trust.

Dentro, la exposición permanente arranca con una réplica de piedra sarsen apoyada sobre rodillos de tronco y una placa que avisa que harían falta unas cien personas tirando de la cuerda para moverla, con un dinamómetro para que calcules cuantas te harían falta a ti. Una gran mesa curva con pantallas marca la línea del tiempo de 3000 a. C. hasta hoy. En lo alto, un panel calado con la cita «The purpose of Stonehenge is lost to us. There will always be debate about its meaning». Entramos un momento a la sala inmersiva circular, con la proyección panorámica del amanecer del solsticio partiendo el cielo entre dos trilitos, y ya para el coche. Había un grupo muy grande y no dedicamos mucho tiempo al museo.  De camino al coche vimos el monumento a dos hermanos pioneros de la aviación que murieron volando por aquí, antes de que el campo fuera, también, el que es ahora.

Carretera de tanques y aguja gótica

Google Maps nos llevó hasta Salisbury por carreteras tan estrechas que, cuando apareció un autobús de frente, nos tocó parar para dejarle pasar en las estrechas calles de un pueblito.  Toda esa parte de Salisbury Plain sigue siendo zona militar activa, y en medio queda un pueblo que se llama Imber, desalojado por el ejército en 1943 para que los americanos entrenaran para el desembarco de Normandía y que nunca devolvieron a sus vecinos.

El pueblo de Imber llevaba habitado desde la Alta Edad Media, en pleno centro de la Salisbury Plain. En noviembre de 1943, el ministerio de la Guerra dio a sus habitantes 47 días para abandonarlo, con la promesa de que podrían volver tras la guerra. No volvieron nunca. El ejército sigue usando las casas vacías para entrenamiento urbano y solo abre el pueblo al público unos pocos días al año, para visitar la iglesia de St Giles.

En Salisbury aparcamos primero en una calle residencial donde no se podía, y de ahí al parking regulado cerca del centro. Cuando fui a poner el dinero para el ticket, Julen, que estaba al cuidado de un servidor, se cayó por segunda vez en el día y se hizo un chichón y una pequeña herida en la frente. Pero no lo veríamos hasta un ratito después. Fuimos primero a la Cathedral of Salisbury, pasando por el Matrons’ College, la vieja casa de las viudas de los sacerdotes con su fachada de ladrillo rojo. Quedaban quince minutos para que cerrara la nave, lo justo para rodear la fachada oeste con su galería de santos esculpidos y comprobar lo que dice Nagore, que las catedrales rodeadas de césped y árboles, sin edificios pegados, lucen más (Pisa, por ejemplo). Después, farmacia a por antiséptico para la frente de Julen.

Salisbury es la ciudad catedralicia de Wiltshire, fundada en 1220 cuando el obispo Richard Poore trasladó la sede episcopal desde la antigua colina fortificada de Old Sarum al valle, por falta de agua y por conflictos entre clero y guarnición militar.

Su catedral, construida en apenas 38 años (1220-1258), es uno de los ejemplos más puros del gótico primitivo inglés (Early English): nave de piedra de Chilmark, bóvedas de crucería, claustros con el chapter house octogonal que custodia una de las cuatro copias originales de la Carta Magna de 1215, firmada por Juan sin Tierra. La aguja de 123 metros, añadida en el siglo XIV, es la más alta de Inglaterra y se inclina levemente por el peso.

La ciudad vieja sigue el trazado medieval de calles rectas en cuadrícula, con pubs del XIV como The Haunch of Venison, la iglesia de Santo Tomás con su Doom Painting del Juicio Final, y la confluencia de los cinco ríos (Avon, Nadder, Bourne, Ebble y Wylye) que da a Salisbury su carácter de ciudad de agua.

Santo Tomás, el cuarteto de flautas y café Cornwallis

Para limpiarle bien la frente nos sentamos en el Cornwallis Cafe, con pared de ladrillo visto y lámparas Edison, y pedimos un flat white con hielo y un cappuccino. Julen, que iba mustio desde la caída, se animó de golpe. De ahí, paseo. La primera sorpresa del centro fue la iglesia de St Thomas: por fuera, un seto recortado y un flanco gótico con grandes ventanales de tracería; por dentro, cristaleras y, sobre el arco del coro, el famoso Doom painting medieval del Juicio Final, con el Cristo juez y las ánimas resucitando sobre un fondo de ciudades. Ensayaba un cuarteto de flautas, dos señoras mayores con los atriles encima de los bancos y los primeros compases repitiéndose en bucle. Hay un rincón con alfombra y juguetes para que los niños anden mientras los padres miran, cosa que a mí siempre me encanta.

Después dimos la vuelta por el centro peatonal, intentando llegar a unas tiendas de juegos que había visto en el móvil, y acabamos en Market Square, delante del Guildhall con su bandera verde y amarilla y su pórtico neoclásico. Fuimos al CEX (cayó una peli de Star Wars, y a una tienda de merchandising escondida en un pasaje donde le compramos a Julen un par de cosas que todavía no sabe que son suyas y, sobre todo, un Mate, el coche oxidado de Cars, en versión Mate Cash). Pasamos por el Santander, con la fachada en obras y cinta roja y blanca, a sacar algo de calderilla para seguir coleccionando libras de recuerdo.

Haunch of Venison, cinco ríos y el claustro al atardecer

Queríamos ver (lo había leído en Atlas Obscura), aunque fuera por la puerta, el Haunch of Venison, un pub del siglo XIV famoso por tener en una vitrina al fondo una mano embalsamada que, cuenta la leyenda, le cortaron a un tramposo pillado haciendo trampas al whist. Entré un paso, pero había que buscarla al fondo y pasamos. Vimos luego el reloj de la torre de St Thomas y, siguiendo el consejo de Nagor que había dicho antes que teníamos que explorar por ahí, bajamos a la zona de las terrazas junto al río, donde confluyen los cinco ríos de Salisbury: el Avon, el Nadder, el Bourne, el Ebble y el Wylye. Era viernes por la tarde, hacía vientillo y la gente se amontonaba con la cerveza fuera. Fue un rato realmente guay aunque breve porque teníamos que ir al coche a poner más tiempo en el parquímetro.

Antes de volver al coche a añadir esa hora al parking y pasar por un Greggs a por un Too Good to Go, de cena, dimos otro paseo por el Close. El claustro estaba abierto, con un ensayo de concierto dentro de la nave ya cerrada al público. Vimos de lejos la puerta de la Chapter House, cerrada ya, donde se guarda la copia mejor conservada de la Magna Carta de 1215, el pacto que arrancaron los barones a Juan sin Tierra para limitarle el poder al rey. Nos fijamos en la galería de santos labrados que ocupan los nichos de la fachada oeste, obra victoriana del XIX, y en uno con túnica corta y gorro que podría ser Adelphus, apedreado por los daneses. Pasamos al salir por la puerta medieval de madera del Close con el cartel azul «Please vacate the Close by 23:00», y encontramos aparcada en la acera, al lado de un buzón Royal Mail, una Honda CBR con la decoración Repsol que me alegró.

Volvimos a The Cabin conduciendo una hora larga, con el atardecer de frente y Roxette de fondo. Yo llegué extrañamente activo. Vimos a Barry en el jardín y eché una habladilla con él. Me contó que su hermano vivía en China y había vivido en Madrid y que Stratford no era un village si no una town. Yo todavía no sabía lo relevante que es este pueblo para su tamaño. Entre Nagore cuidando a Julen y yo recogiendo, abrimos las bolsas de Greggs, cenamos un poco y a dormir.

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