Hoy la otra mitad del binomio bretón: Mont Saint-Michel, con la abadía completa por dentro y una instalación temporal de Cai Guo-Qiang en la nave, y después subida a la costa normanda hasta las playas del Desembarco — Utah Beach y Omaha Beach en la misma tarde —. Cierre por fin en el Airbnb de Michelle e Yves, que hoy sí conseguimos abrir después del lío de la llave de ayer.
Desayuno en el parking: boulangerie Ange
Nos despertamos en el Ibis Saint-Malo La Madeleine, primer despertar fuera del Kindred en dos semanas. La noche anterior Julen se había puesto muy despierto al llegar al hotel — Nagore le bañó, aprovechando —. Esta mañana me ducho yo y salimos sin desayunar: Habíamos visto una boulangerie a un lado del polígono industrial-comercial de La Madeleine — enfrente literal del hotel, aunque casi vamos en coche, porque no nos aclarábamos —. Es el día más fresco de todo el viaje: hay que bajar al coche a por chaquetas, porque en la maleta de verano no llevábamos ropa de otoño. Entramos en la Boulangerie Ange — cadena francesa presente en toda ciudad mediana — para una pain au chocolat hecho a la vista y baguettes calientes para el trayecto.
Camino al Mont: parking-relais y passerelle
Salimos por la N176 rumbo este. Cincuenta kilómetros de recta cruzando el estuario del Couesnon y la isla mágica aparece en el horizonte antes de lo esperado. Por el camino nos encontraremos con un conejo cruzando por delante nuestro en la carretera. Salió ileso, no como la gallina escocesa. Y también vimos a nuestra derecha varios caballos corriendo en un rancho, una imagen memorable.
Google nos manda a un aparcamiento privado que en realidad es solo para huéspedes de los campings y hoteles cercanos — reculamos —, y acabamos en el Parking-relais du Mont Saint-Michel oficial: el gigantesco parking situado a 2,5 km del propio Mont, obligatorio desde 2012 cuando quitaron el aparcamiento del pie de la muralla para restaurar el carácter marítimo de la bahía. Está a unos 35 minutos andando. Y pese a que Mont Saint Michel está en Bretaña, de hecho la frontera interna hace un quiebro para dejar la ciudad en este departamente, el parking – de acuerdo con Google está en Normandía
Se puede coger una lanzadera-navette gratuita — muy chulos los autobuses, con volante en los dos extremos para no tener que dar la vuelta al llegar a la base del Mont, presumiblemente porque en marea alta el agua ocupa la explanada donde girarían —, pero decidimos hacer el trayecto de ida andando por la Passerelle, la estructura elegante de 760 metros que sustituyó al viejo dique-carretera. El fresco de la mañana ayuda al paseo. Muchísima gente, pero muy muy agradable paseo, con la silueta agrandándose paso a paso.
Unos días antes habíamos estado mirando los horarios de las mareas y aprendiendo lo que eran los coeficientes, porque teníamos previsto verlo en bajamar y pleamar, pero los cambios de planning por no llevar los pasaportes y no poder ir a Jersey, hizo que lo viéramos solo casi en en bajamar, pero fue una mañana maravillosa.
Grande Rue y subida a la abadía
Llegada a la base del Mont y entrada por la Porte du Roi. La Grande Rue es lo esperado: tienda de souvenirs pegada a tienda de souvenirs — omelettes de la Mère Poulard, camisetas, imanes, réplicas de espadas medievales — subiendo en pendiente pronunciada por la única calle que atraviesa el pueblo. Sabíamos que el sitio era un monte — de los pocos sitios de este viaje que teníamos claros de antes —, pero no habíamos caído en el detalle del carrito. Cuando llegamos a las escaleras que suben a la abadía, decisión rápida: plegamos el carrito, Nagore coge a Julen y yo cargo con el carrito subiendo escalón a escalón. Va peleando su peso (11 kg ya el niño). El último tramo Julen lo hace andando de la mano de Nagore. Pero cuando ganas altura, aparecen ventanas laterales con la bahía abierta al norte, la marea baja dejando el limo brillante hasta el horizonte, y arriba del todo la Abbatiale Saint-Michel presidiendo la roca.
El Mont Saint-Michel es una pequeña isla-cima granítica de menos de un kilómetro de diámetro en la bahía del mismo nombre, en el límite entre Normandía y Bretaña. Los monjes benedictinos fundaron en 966 una abadía dedicada al arcángel San Miguel sobre una capilla anterior del siglo VIII, y a lo largo de la Edad Media fueron ampliando el conjunto vertical — iglesia abacial románica en la cumbre, gran monasterio gótico llamado La Merveille adosado a la ladera norte con claustro, refectorio y sala de huéspedes en tres pisos — hasta hacer del sitio uno de los grandes centros de peregrinación de la cristiandad medieval. La isla, rodeada por una de las mareas más grandes de Europa (hasta 14 m de diferencia entre pleamar y bajamar), quedaba cortada del continente en cada ciclo. Fue prisión estatal durante la Revolución y todo el XIX (los llamados «bastilles de mer»), y volvió a manos religiosas y patrimoniales en 1874. En 1979 la UNESCO lo declaró Patrimonio de la Humanidad. Recibe 2,5 millones de visitantes al año — segundo destino turístico de Francia después de la Torre Eiffel —.
Iglesia abacial, claustro y refectorio
La visita a la abadía se hace subiendo escaleras y más escaleras. Primero la iglesia abacial en la cumbre, con la nave románica del XI casi original y el coro gótico flamígero reconstruido en el XV tras el hundimiento del coro románico en 1421. Después bajada al gran monasterio La Merveille, empezando por el claustro — el famoso claustro gótico del XIII con columnitas alternadas en zigzag creando efecto de perspectiva —, con vista al norte sobre el vacío de la bahía. Después el refectorio, sala de perspectiva engañosa con ventanas altas que iluminan solo desde arriba, para que los monjes comieran sin distracción. Todo bonito por dentro pero sin sorprender más de lo que se espera — otras iglesias y abadías europeas nos han llegado más adentro que esta —. Lo que verdaderamente mola es la situación, plantada en la roca, no la propia construcción.
Momento aleatorio del día: en alguna de las salas hay un cono para señalizar algún obstáculo y Julen se queda entusiasmado: cono, cono. La palabra que se ha traído de Toy Story 2, de cuando Buzz y el resto cruzan la carretera. Los ve en cualquier lado y se emociona. Y no será la única vez del día.
«Garden of Explosions» de Cai Guo-Qiang en la abadía
Y en medio del recorrido, una cosa que me llamó la atención: la instalación temporal «Garden of Explosions» del artista chino Cai Guo-Qiang, colgada del techo abovedado en la sala de las columnas. Esferas iridiscentes suspendidas — plateadas, rojas, doradas — como planetas geodésicos en el aire; proyecciones sobre las paredes de los famosos «gunpowder drawings» del artista, dibujos hechos con explosiones controladas de pólvora sobre lienzo; una serie sobre el Centre Pompidou en llamas. Diálogo audaz entre el románico milenario y la performance contemporánea. Julen alucinaba con las bolas colgantes.
Después, la Salle des Chevaliers y la cripta de los grandes pilares — sala inferior con columnas cilíndricas de tres metros de diámetro que sostienen el coro de la iglesia —, y una rueda gigante de madera tipo treadwheel que se usaba durante la época en la que el Mont fue prisión (1793-1863), movida por presos que subían dentro como en una noria hasta el nivel superior. Y salida por la tienda: quería llevarme uno de esos billetes conmemorativos de 0 € con la torre del Mont estampada — los que venden en tantos monumentos franceses —, pero no llevaba encima el cambio en monedas para el expendedor.
Salida del Mont y terrazas exteriores
Bajada por el otro flanco — más terrazas, más vistas —. Salimos ya bastante cansados, y esta vez sí cogemos el autobús-lanzadera de vuelta al parking; Julen cae dormido en brazos antes incluso de llegar. En el coche, nos pusimos a buscar un sitio para comer. Entré en un uno y todo lleno. Un momento después, casi tenemos un accidente con una chica que puso el intermitente para salir de la carretera y luego cambio de opinión… al final comida improvisada rápida — pan y aceitunas de las que llevábamos en la nevera portátil — sin bajar del coche :-).
Utah Beach: Sherman M4 y Higgins Boat
Y aquí gira el día. En vez de volver a Saint-Malo o a Pont-Aven, decidimos subir a la costa normanda y meter una tarde de las Landing Beaches del D-Day. Casi 200 km al norte. Mi compañero Luis me había hablado de ellas hacía tiempo y tenía interés en conocerlo.
Primera parada, Utah Beach — la más occidental de las cinco playas del desembarco (Utah, Omaha, Gold, Juno, Sword), asignada al VII Cuerpo estadounidense del general Collins —. Damos un paseo por los monumentos exteriores sin entrar al museo (usamos el baño de enfrente, eso sí). Un Sherman M4 aparcado en la explanada exterior, monumentos al general Eisenhower (comandante supremo del desembarco), a la Rowe Road y a los ingenieros de combate. Y arriba de la duna, un Higgins Boat — la lancha de desembarco que se ve en cada foto de aquel 6 de junio de 1944 — expuesto de tamaño natural mirando al Atlántico. He leído en un panel del recorrido que hay hasta 150 estatuas y monumentos a lo largo de las cinco playas del desembarco — cada regimiento, cada país, cada cuerpo, ha ido plantando lo suyo con los años —. Recuerda un poco a Pearl Harbor — que también visitamos hace años — en ese uso patriótico del territorio.
Omaha Beach: «Les Braves» y memorial NCDU
Cincuenta y siete kilómetros al este por la Route Départementale des Plages du Débarquement, cruzando pueblos con casitas normandas y muchas banderas — dos coches clásicos nos adelantan por atrás, la carretera es de un carril y se llena por temporada —. Llegamos a Omaha Beach — la que se ganó el sobrenombre de «Bloody Omaha», donde el I Cuerpo estadounidense sufrió las bajas más altas del desembarco por el fuego cruzado de los bunkers alemanes del WN 62 sobre los acantilados —. En la orilla, la enorme escultura de acero «Les Braves» de la artista Anilore Banon — tres alas verticales de acero inoxidable pulido, plantadas en la arena en 2004 en el 60 aniversario —, brillando contra el sol de la tarde. Momento largo delante de ellas, con el sonido del mar. A Julen lo que más le llama la atención son los conos — «conos, conos» —.
Subiendo por la escalinata al Memorial NCDU — Naval Combat Demolition Units —, dedicado a las unidades de demolición naval que se metieron los primeros a la orilla a volar los obstáculos alemanes que impedían el desembarco de las lanchas, Nagore y Julen se quedaron en el coche, estuve pensando en todo lo que pasó. Fue un momento de emoción. Panel bilingüe, banderitas americanas y francesas, y detrás el búnker WN 65 del Atlantikwall, con la placa de artillería intacta apuntando al mar como en 1944. Un poco más al este se abre el Cimetière américain de Colleville-sur-Mer — el gran cementerio americano con las 9.388 tumbas alineadas —, y la zona donde los aliados abrieron finalmente la vía terrestre de acceso al interior. Impresiona pensar que por ahí pasaron cientos de miles de soldados, que acabarían liberando Francia.
Cena Toulorge, gasolina cara y por fin al Airbnb de Michelle e Yves
Comienza el camio de vuelta con casi dos horas de trayecto por delante para volver a Saint-Malo — donde nos espera intentar de nuevo el Airbnb de Michelle e Yves que ayer no pudimos abrir. Cena de emergencia en la Maison Toulorge Pâtisserie — pastelería-panadería local con esquinas para comer — con unos salés y algo de bollería. Cambio de pañal preventivo. Repostaje en una gasolinera de autopista Shell V-Power — 2,50 € el litro (¡carísimo!) —, por eso echo solo lo justo para llegar.
Llegada al Airbnb pasadas las diez de la noche. Y ahora sí conseguimos entrar. La anfitriona nos recibe disculpándose por lo de ayer: se había ido la olla y había dejado la llave puesta por dentro de la cerradura, y por eso la nuestra por fuera no giraba. Como compensación por el susto, no nos cobrará la noche y nos preparán el desayuno al día siguiente. Que todos los problemas sean así 🙂


