Jerusalén: historia, introspección y Enrique Iglesias

Cuarto día del viaje y el del traslado: de Tel Aviv a Jerusalén. Llegaremos a Jerusalén a mediodía y dedicamos toda la tarde-noche a recorrer la Ciudad Vieja amurallada. Un día denso de los que dejan al cuerpo cansado y a la cabeza absolutamente llena.

La Ciudad Vieja de Jerusalén es un recinto amurallado de 0,9 km² rodeado por una muralla otomana de 1535-1538 construida por Solimán el Magnífico sobre el trazado de las fortificaciones cruzadas y bizantinas anteriores. Sus siete puertas activas —Damasco, Herodes, Sión, Estiércol, Dorada (sellada), Jaffa, Nueva— dan acceso a un casco que la tradición divide en cuatro barrios desde el Mandato Británico de 1920: Cristiano (noroeste), Musulmán (noreste), Judío (suroeste) y Armenio (sur). Es Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO desde 1981 y, simultáneamente, Patrimonio en Peligro desde 1982 por su situación política.

Dentro de menos de un kilómetro cuadrado coexisten tres de los espacios más sagrados del planeta: el Monte del Templo / Haram al-Sharif con la Cúpula de la Roca (691, califato omeya) y la Mezquita Al-Aqsa (octavo siglo), tercer lugar más santo del islam; el Muro de las Lamentaciones (Kotel), único resto del recinto del Segundo Templo destruido por Tito en el año 70, lugar más santo del judaísmo; y la Iglesia del Santo Sepulcro, donde se sitúan el Calvario y la tumba de Cristo desde los descubrimientos de Santa Elena en el siglo IV. Es uno de los puntos de mayor densidad simbólica del planeta y, también por eso, el lugar más fotogénico y más complejo políticamente de Oriente Medio.

Salida de Tel Aviv y autobús a Jerusalén

Recogimos el apartamento,  dejamos las llaves donde tocaba y – quizá – bajamos a desayunar en el am:pm city market de la esquina (la cadena de supermercados 24 h que es marca de la ciudad). Eran nuestros últimos pasos por las calles del centro de Tel Aviv, de momento.

Cogimos un taxi hasta la estación de Arlozorov / Savidor y de ahí salimos en el autobús de la ruta 480 hacia Jerusalén —el bus interurbano clásico de la compañía Egged que cubre el trayecto Tel Aviv-Jerusalén en unos 50-60 minutos por la autopista 1, subiendo desde el nivel del mar hasta los 750 m de altitud de Jerusalén—. Recuerdo el gran nivel de seguridad, con soldados, ellas y ellos, más jóvenes que nosotros. Tuvimos un buen viaje. Jerusalén es una de las ciudades más antiguas del mundo, de las que muchos hemos escuchado mil historias  y, sin embargo, la entrada a la ciudad por el oeste fue pura modernidad: el Puente de las Cuerdas de Santiago Calatrava —inaugurado en 2008 para el Tren Ligero— recibe al visitante con su pilón blanco de 119 metros, una arpa tensada sobre la entrada a la ciudad nueva.

Bajamos del autobús ya en Jerusalén, cogimos otro taxi y enfilamos hacia el alojamiento. Dejamos las maletas y bajamos a comer en una hamburguesería local de la cadena Burgers Bar con menú en hebreo, barra clásica y patatas con cantidades industriales.

Después salimos a callejear por la Alrov Mamilla Avenue —la avenida comercial de lujo de Moshe Safdie, inaugurada en 2007, que conecta el barrio nuevo con la Puerta de Jaffa atravesando el antiguo barrio cristiano de Mamilla—. El cuidado urbanístico es lo distintivo: cada bloque de piedra de la avenida está numerado porque fueron desmontados de las casas históricas previas a la guerra de 1948 y vueltos a montar piedra a piedra

En la ciudad vieja

La Mamilla termina exactamente delante de la Puerta de Jaffa —el acceso oeste a la Ciudad Vieja, abierto en la muralla otomana en 1538 y conectado por la antigua carretera hacia Jaffa, el puerto histórico—. La plaza interior —Omar Ibn El-Khattab Square, identificada con una placa azul— era nuestra primera estampa de la Ciudad Vieja: cambistas, tiendas de souvenirs, soldados, guías, turistas y peregrinos. Contratamos un guía por la zona, nos unimos al grupo y fue él quién nos fue contando parte de la historia, del urbanismo y la idiosincrasia actual de la ciudad.

A la izquierda al entrar, los muros masivos de la Ciudadela / Torre de David —fortaleza herodiana del siglo II a.C., reconstruida sucesivamente por bizantinos, omeyas, cruzados, mamelucos y otomanos, hoy museo de historia de Jerusalén— con su minarete blanco de 1655 que es la silueta más fotografiada del skyline interior. Pasamos un rato curioseando la entrada y bajamos hacia el Barrio Armenio por la calle de la Sinagoga Karaita, vimos también la placa azul del Armenian Orthodox Patriarchate identificando la sede patriarcal armenia, una de las cuatro instituciones religiosas históricas que se reparten la Ciudad Vieja.

Entramos en el Barrio Judío por uno de los callejones de piedra restaurados tras la guerra de los Seis Días de 1967 —el barrio fue prácticamente destruido durante la guerra de 1948 y reconstruido entre 1969 y 1985 con criterios arqueológicos estrictos, lo que le ha dado ese aire de piedra ocre limpia y ordenada que contrasta con los otros tres barrios—. Bajamos por una serie de plazas y arcos siguiendo los carteles oficiales —Jewish Quarter, Western Wall, Hurva Synagogue, Cardo, Karaite Synagogue, con flechas— y nos topamos primero con el Cardo Romano, el eje norte-sur de la Jerusalén romana del siglo II que cruzaba la ciudad entera: lo que queda son columnas de granito originales excavadas a varios metros bajo el nivel de la calle actual, con un tramo restaurado en su columnata bizantina del VI.

A pocos pasos, la Sinagoga Hurva —»la ruina» en hebreo, por las sucesivas destrucciones que ha sufrido desde su fundación a comienzos del XVIII—. La estructura actual, la tercera reconstrucción, se inauguró en 2010 sobre los muros originales que quedaron tras la voladura jordana de 1948: cúpula blanca, arco-rosetón, cuatro torreones y una de las imágenes nuevas más reconocibles del Barrio Judío contemporáneo. Estuvimos un rato en la plaza arbolada delante, con los plataneros y los cafés a un lado.

Y de ahí seguimos hasta el mirador del Barrio Judío en lo alto, donde la cosa empieza a impresionar de verdad: la plataforma se asoma directamente sobre la explanada del Muro de las Lamentaciones y, justo detrás, la Cúpula de la Roca dorada del Haram al-Sharif. Es la postal de Jerusalén —la que sale en todos los manuales escolares, en todos los libros de historia de las religiones, en todos los telediarios—. Nos quedamos un buen rato allí, haciendo fotos del conjunto, selfies con la Cúpula al fondo, viendo el orden y la quietud del Kotel desde arriba antes de bajar a pisarlo.

El Muro de las LamentacionesKotel HaMa’aravi, «Muro Occidental» en hebreo— es el único resto en pie del recinto del Segundo Templo de Jerusalén, ampliado por Herodes el Grande hacia el 20 a. C. sobre la plataforma del Templo de Salomón. La fachada visible mide unos 57 metros de longitud y 19 de altura sobre la rasante; otros 17 metros están enterrados, descubiertos en el Túnel del Kotel. Los siete sillares inferiores son herodianos originales —de piedra meleke de Jerusalén, tallados con margen característico—; los superiores son de épocas omeya, cruzada y otomana. El Templo entero fue destruido por las legiones de Tito en el año 70 d. C.; el muro de soporte sobrevivió porque era infraestructura, no templo. Desde entonces es el principal lugar santo del judaísmo —el más cercano físicamente al Santo de los Santos, hoy bajo la Cúpula de la Roca—.

El acceso actual atraviesa un control de seguridad con detectores y bandera israelí, y desemboca en una explanada amplia dividida por una mampara en una sección masculina (a la izquierda) y otra femenina (a la derecha) según las normas de la ortodoxia judía. La pasarela cubierta de madera que sube al Monte del Templo —el Mughrabi Bridge de 2004— es la única vía hoy abierta para no musulmanes. El edificio cubierto a la izquierda del muro contiene el Wilson’s Arch, un arco herodiano del siglo I conservado intacto bajo el suelo de la era otomana. Es habitual encontrar ceremonias militares del IDF —juras de bandera, condecoraciones— porque para el Estado israelí el Kotel funciona como espacio cívico además de religioso. Y la tradición de las plegarias en papelitos doblados introducidas entre los sillares se documenta desde el siglo XVIII; se recogen dos veces al año y se entierran en el Monte de los Olivos.

Lamentados no, pero sí muy impresionados

Bajamos del mirador del Barrio Judío por las callejuelas que dan al control de acceso del Kotel. Pasamos el control de seguridad —el cartel «Welcome to the Western Wall» sobre la puerta y los detectores G4S con la bandera israelí— y salimos a la explanada. Entre la solemnidad del lugar, la seguridad…. con qué cara de seriedad entraríamos que una persona nos dio unas kipás blancas que se reparten en una mesa a la entrada (obligatorias para entrar a la sección masculina, sin pedir documentos: las dejas al salir) y nos dijo «Bienvenidos, sonreid» antes de acercamos al muro.

La estampa es densa: siete sillares herodianos originales en la base, todo el peso de los dos mil años encima, las hierbas colgando de las juntas, los papelitos con plegarias metidos entre las piedras, los fieles con tefilín apoyando la frente en el muro, los soldados del IDF en formación. A la derecha, la pasarela Mughrabi cubierta de madera subiendo hacia el Monte del Templo. (Que no visitaríamos). Para mí esa pasarela resume el tremendo lío que hay en la ciudad.  El Monte del Templo, que contiene la explanada de las mezquitas es según la ONU territorio ocupado en Palestina, sin embargo israel la ocupa de facto, pero a su vez Isratel prohibe a us propios habitantes acceder salvo por esa pasarela (y nunca para ir a rezar)

Nos hicimos las fotos obligatorias del grupo con kipás, observamos un rato la coreografía silenciosa del lugar —el balanceo del rezo, los pies que nunca dan la espalda al muro al retirarse, los soldados, los turistas paseando entre todo eso— y cogimos algún panfleto «Why Be Jewish?» que se reparten en la parte cubierta a la izqquierda.

Iglesia del Santo Sepulcro y Muristan

De vuelta del Kotel cogimos el camino al noroeste por la Chain Street (Calle de la Cadena) —arteria histórica que conecta el Muro con la Puerta de Jaffa cruzando el Barrio Musulmán —. El Souq Khan al-Zeit y los pasajes del bazar techado nos recibieron con olores —especias, incienso, mirra,—, banderas y camisetas de equipos europeos, postales, imanes, narguiles, postres dulces.  De nuevo una sensación curiosa. Muy antiguo, pero con merchandising turístico, muy segregado pero claro que se ven musulmanes en el barrio judío… Pasamos por el barrio Musulmán siguiendo los carteles —Al-Hakkari St., Al-Wad / Bab al-Silsila— y empezamos a entrar en el Barrio Cristiano.

Habíamos estado en la puerta con el guía y el grupo por la mañana (quién nos contó la historia de la escalera), pero la idea era entrar en la Iglesia del Santo Sepulcro. Llegamos siguiendo las flechas pintadas «HOLY SEPULCHRE» y entramos por la fachada principal —la doble portada cruzada del siglo XII con el campanario octogonal coronando el conjunto—. Dentro, el caos litúrgico habitual del lugar más compartido del cristianismo —seis confesiones (latinos, griegos ortodoxos, armenios, coptos, etíopes, sirios) con sus altares, sus campanas, sus liturgias, sus competencias—. Vimos la Piedra de la Unción  a la entrada con peregrinos arrodillados frotándola con pañuelos, nos asomamos al Edículo del Santo Sepulcro con la puerta de acceso extremadamente baja, midiendo apenas 1,30 metros de altura. Este diseño original obliga a los peregrinos a agacharse profundamente para poder entrar al recinto. Recuerdo perfectamente que entramos – yo por lo menos – sin etender lo que era y entenderlo una vez dentro

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De vuelta hacia la Puerta de Jaffa pasamos por el Muristan —la plaza con la fuente neorrenacentista y los arcos de finales del XIX, antiguo hospital cruzado de los Caballeros Hospitalarios—; subimos la mirada al campanario de la Iglesia Luterana del Redentor (Evang. Luth. Church of the Redeemer, 1898, encargo del káiser Guillermo II) que asoma desde la plaza; y enfilamos el último tramo entre las callejas del barrio cristiano —placas Greek Orthodox Patriarchate Rd— hasta volver a la Puerta de Jaffa, ya de noche cerrada y con las murallas y la Torre de David iluminadas en amarillo cálido.

 Jaffa Street y bares

Salimos al fresco de la noche, cruzamos la Mamilla Avenue otra vez —ahora con todas las tiendas iluminadas (Castro, Zara, Habanos), las esculturas de los músicos klezmer brillando bajo las luces, mucho más ambiente que por el mediodía— y subimos al centro nuevo de Jerusalén. Jaffa Street tiene un aire muy distinto al de Tel Aviv: peatonalizada en sus tramos centrales, con los raíles del Tren Ligero de Jerusalén inaugurado en 2011 marcando la calle, los bares y restaurantes ocupando las aceras, judíos ortodoxos cruzándose con árabes israelíes y turistas en una mezcla que solo tiene Jerusalén.

Nos sentamos, ya para terminar el día a tomar algo en un bar de la zona con shisha (narguile). Mientras sonaba Enrique Iglesias de fondo, tuve otro de esos momentos de «pues aquí estoy yo»: descubriendo el mundo y cambiando el significado de los nombres de las ciudades.

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