Del riad a la Koutoubia y vuelta a Jemaa el-Fna

El primer día completo en Marrakech se planteó como un día de aclimatación lenta. Habíamos amanecido en el hotel pequeño que Nagore había reservado fuera de la medina, sin más urgencia que desayunar, hacer las maletas otra vez y trasladarnos al riad de los días siguientes —dentro de la medina, ya en pleno corazón. La idea de no entrar a la medina en taxi sino haciéndolo a pie con las maletas era voluntaria: queríamos ver la ciudad bajándonos al ras del suelo, aunque eso supusiera arrastrar trolleys por callejones de tierra.

La Plaza Jemaa el-Fna que cruzamos varias veces este día existe desde el siglo XI, cuando los almorávides la abrieron como zona comercial junto al palacio fortificado. Su nombre, «yāmiʿ al-fanāʾ«, se ha traducido tradicionalmente como «asamblea del fin» o «asamblea de los muertos» —se cree que aquí se exhibían las cabezas decapitadas de los enemigos del sultán durante la dinastía saadí del XVI— pero también, y con menos drama, como «mezquita en ruinas», en alusión a un proyecto de gran mezquita iniciado por los saadíes y nunca terminado. Los hilos del lugar se reordenan según la hora: por la mañana hay puestos de zumo de naranja y vendedores de agua con vasijas de cuero; por la tarde aparecen los encantadores de serpientes, los aissaouas con sus tambores y los charlatanes que sacan dientes; por la noche, el espacio se llena de cien mesas de comida instaladas con maderas y mantas, y de los halqas —corros de público alrededor de un cuentacuentos.

Esa cultura oral que se ejecuta cada tarde sobre el polvo de la plaza fue lo que llevó a la UNESCO a declararla en 2001 como una de las primeras «Obras Maestras del Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad», y en 2008 a integrarla en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial. Marruecos es uno de los pocos países del mundo donde el oficio de hlaiqi —el contador de historias en plaza pública— sigue teniendo continuidad real con la tradición medieval, aunque cada año que pasa hay menos. Cuando los hijos de los hlaiqis no quieren heredar el negocio porque preferirían trabajar en hotelería o en informática, la UNESCO no puede hacer mucho.

De Guéliz a la medina con maletas

Bajamos a desayunar a una especie de sótano-cocina del hotel: una mesa larga, una señora marroquí preparándolo todo a la vez para los cinco o seis huéspedes, una luz azul de cocina industrial. Café o té y algo de comer. Todo lo que necesitábamos para arrancar. Después subimos a hacer las maletas, comprobamos cuentas con recepción y salimos andando hacia la medina. La distancia en línea recta era de unos veinte minutos por la Avenue Mohammed V y por Bab Nkob —una de las puertas históricas de la muralla.

Pasamos por la zona moderna de Guéliz —el barrio que el protectorado francés diseñó como ciudad nueva en los años 20, con cuadrícula, bulevar Mohammed V, Place du 16 Novembre rodeada de tiendas en semicírculo y un McDonald’s en la esquina, sí, también— y llegamos a la entrada de la medina con el sol ya alto. En cuanto cruzamos la primera bab, un chico se nos acercó a «ayudar» con las maletas. Lo de «ayudar» entre comillas porque ya sabíamos por qué iba: una cosa que en la medina pasa a todo turista que llega por primera vez con equipaje. Le enseñamos la dirección impresa, nos guio por callejones cada vez más estrechos hasta dejarnos en la puerta de nuestro riad, y le dimos cinco euros. La negociación fue rara —ni nos sentimos engañados ni satisfechos del todo— pero, vista con perspectiva, era el peaje habitual de quien entra por primera vez en una medina marroquí cargado de bultos y de buenas intenciones.

El riad Nora fue maravilloso: patio interior con bahnu rectangular, dos plantas con habitaciones alrededor del patio, azulejos vidriados de zellige en los zócalos, escayola tallada en los frisos. La habitación nuestra daba a una pared de naranjos y a un tragaluz por el que entraba el ruido de la calle, y en el mostrador de recepción nos esperaban un té y unos dátiles. Subimos a la terraza del riad —tejados, antenas, alminares, el sol de mediodía pegando— y nos quedamos un rato sin hacer nada. Esa pausa entre el ajetreo del traslado y la salida a la ciudad fue uno de los buenos momentos del viaje.

Mediodía y tarde: Koutoubia, plaza de día y comida en una terraza

Salimos a finales de la mañana hacia la Koutoubia, la mezquita mayor de Marrakech y la más antigua de las tres «hermanas» que los almohades levantaron en el siglo XII —junto a la Giralda de Sevilla y la Torre Hassan de Rabat. El alminar mide setenta y siete metros, los tres son del mismo arquitecto y los tres comparten esa belleza geométrica almohade que en Sevilla heredamos casi intacta. La mezquita en sí no se puede visitar si no eres musulmán, pero los jardines que la rodean —rosales, palmeras, naranjos— son uno de los mejores miradores de la silueta del minarete.

De la Koutoubia a la Plaza Jemaa el-Fna son cinco minutos andando. Vista de día —cuando la cruzamos a primeras horas de la tarde— la plaza es completamente otra: más abierta, mucho menos densa, sin los puestos de comida de la noche, con vendedores de agua engalanados con borlas rojas y bolsillos de cuero en bandolera. La diferencia entre la plaza diurna y la nocturna es brutal — mismo espacio, dos ciudades distintas.

Comimos en una de las terrazas con vistas, Les Premices, donde pedimos tagín y cuscús de cordero. Los platos llegaron en cazuelas cónicas humeantes, el camarero nos enseñó a destapar el cono levantándolo en vertical para no quemarse el dorso de la mano, y comimos despacio, mirando la plaza. La memoria de ese primer plato marroquí en la primera comida marroquí de nuestras vidas es de las que dejan poso.

Después dimos una vuelta por la zona de Cyber Parc Arsat Moulay Abdeslam, un jardín histórico al norte de la Koutoubia que en 2005 había sido reformado como «ciber parque» —con bancos de piedra equipados con tomas eléctricas, paneles informativos y wifi libre, una idea entonces moderna y ahora un poco anticuada. El parque en sí, con sus palmeras, naranjos y olivos, lleva ahí desde el siglo XVIII; lo que en 2007 era novedad —los puntos de internet entre los almendros— hoy se nota viejo. Pero la combinación de jardín andalusí y conectividad nos pareció tan típicamente marroquí —tradición y pragmatismo a la vez— que merece la mención.

Atardecer y noche: vuelta a la plaza

Volvimos al riad para descansar un par de horas y salimos otra vez al atardecer. La luz baja sobre la medina —tonos rojizos, sombras alargadas, el polvo en suspensión convertido en oro— es lo que la ciudad mejor sabe vender, y nosotros andamos por callejones del centro entre zocos semi-cerrados, fachadas de cuero, esteras de especias y mujeres llevando el pan al horno comunal. La medina al atardecer es un manual de olfato: comino, ras el hanout (aprendimos mucho después lo ques), cuero teñido, hierbabuena fresca, carbón vegetal, madera de cedro. Cada metro huele distinto.

A las ocho y pico ya estábamos otra vez en Plaza Jemaa el-Fna, ahora en su versión nocturna, con los puestos de comida ya humeando, los percusionistas calentando, los charlatanes gritando ofertas en árabe y francés y la luna baja sobre las palmeras del lado sur. Cenamos otra vez en una terraza —probablemente la misma de la noche anterior, justo enfrente del Café Argana— porque la vista compensa cualquier defecto de cocina; y bajamos después a meternos por última vez en el lío de abajo. Henna, zumo, tambores, fotografías que sabíamos que nos iban a salir borrosas y nos daba igual.

A medianoche pasada volvimos al riad. Nos quedaban tres días más en Marrakech, pero esa primera jornada completa, con el cambio de alojamiento, la primera Koutoubia, el primer cuscús y la plaza en sus dos versiones, era ya la que iba a marcar el resto del viaje.

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